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Full text of "Alto camino : vida de San Antonio María Claret"

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BX 4700 .C62 L47 1955 
Lerena Acevedo de Blixen, 

Josefina . 
Alto camino 



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in 2014 







https://archive.org/details/altocaminovidadeOOIere 



JOSEFINA LERENA ACEVEDO DE BLIXEN 



J^í OF PRINGO^ 
OCT 14 1981 




ALTO CAMINO 

VIDA DE 
SAN ANTONIO MARIA CLARET 



MONTEVIDEO 
1955 



NIHIL OBSTAT 

Teodolo llladel í/. ]. 
Censor 
15 de enero de 1955 



IMPRIMATUR 

£ui5 fiaeciiia 
Vicario General 
Montevideo, 30 de enero de 1955 



4 



Derechos de autor 
cedidos a la Congregación de 
Misioneros Hijos del Corazón de María 
de Montevideo 



Antonio María Claret nació en Sallent, un 
pueblito apretujado y humildísimo, de la Cata- 
luña serrana. De vida transparente era como 
un milagro de desvelo y actividad en aquellos 
lugares de soledades, que Ignacio de Loyola 
quiso para meditar y escribir sus "Ejercicios 
Espirituales". 

Y él recibirá su influencia, aunque sólo 
mencione la influencia de sus padres en su mo- 
dalidad, pero porque ellos, como todos a su 
vez, ya la habían recibido, y se habían amolda- 
do a los hábitos comunes, a los sentimientos, a 
las tendencias, a los gustos. 

Así, su espíritu recién abierto irá transflo- 
rando ya el corazón de ese pueblo apacible, que 
en 1807 tenía todavía algo de estampa, con sus 
calles de tierra, morosas y sin ecos, ateridas y 
violetas al llegar las lluvias, y ardientes en los 
días de verano con su vaho de jazmines, pero 
quietas y sencillas siempre como patios fami- 
liares. El irá viviendo la poesía resignada de 
aquel pueblo. Se irá compenetrando con su to- 
no severo y distinto, de noches de piedra, por- 
que ni siquiera se encendían las lámparas de 
aceite, si no era para las grandes festividades. 
Irá afanándose en el ajetreo de las hilanderías, 
laboriosas como colmenas del alba hasta el An- 



• 5 



gelus. Amará aquel único puente, abrazo de 
piedra que unía al pueblo. Soñará con ese río 
que briosamente venía de arriba tornasolando 
limos. En los ojos del alma llevará para siem- 
pre los paisajes casi religiosos de su valle, con 
sus ermitas olorosas de fe. Recibirá la lección 
de austeridad de los peñascales, erguidos como 
crestas. Y pensará ya vanas las esperanzas de 
aquellas torres guerreras, que como espadas se 
alzaban sobre el apretado círculo de los Piri- 
neos, queriendo volverlo muralla aisladora. 

Y entre hombres sencillos, que tenían algo 
de candor como de niños, de levedad como de 
pájaros, pero que asimismo vivían una existen- 
cia intensa y dura, él irá aprendiendo la gracia 
de la pobreza y el valor del sacrificio e irá dán- 
dose a la contemplación difícil de las cosas al- 
tas, y tomando el camino del cielo. 



Y era bella y clara la lección de aquel pue- 
blo, que, alejado de todos los orgullos, había 
adquirido un positivo sentido de la paz y que 
acaso buscaba la paz del cielo por la paz de la 
tierra. 

Levantado cerca de una frontera enemi- 
ga, como Manresa, como Calders, como Vich 
— la ciudad rica en reliquias románicas — que, 
con valentía suicida hacían frente a la guerra 
y soportaban incendios y saqueos, Sallent, in- 
sensible a esas tragedias, dejaba sus caminos 
abiertos. 

Quizá fuese porque los sallentinos no en- 



6 • 



tendían las intransigencias de la política, o por- 
que sufridos, sabían callar las mordeduras de 
las derrotas; pero en la hora del bravo dilema, 
cuando se les exigía servir, no empuñaban tam- 
poco las armas, y sólo guardaban obligadamen- 
te las puertas y las fronteras, pagando a quie- 
nes hicieran su oficio en la guerra. Y eso hizo 
murmurar. Se habló de un pueblo egoísta, y no 
se apreció su sentido de la paz. Pero conviene 
verlo, ya que tendrá luego importancia y no es 
baladí para esta historia. Tendrá importancia 
haber nacido y haber sido criado en un am- 
biente de una conformidad tan profundamente 
arraigada, de un tan hondo sentido humano, 
y que amara en verdad la paz, aun la paz llana, 
la paz buena, una paz de ojos cerrados a las 
altiveces, y casi humillada, y por eso simple, y 
por eso grande. 



El niño predestinado no tuvo cuna de oro 
ni suaves batistas ni cortinados de encaje; na- 
ció entre tornos, manivelas y lanzaderas, en 
un ambiente en que se trabajaba hasta con los 
velones encendidos. De clase muy humilde, su 
padre, Juan Claret Xambó, era tejedor de al- 
godones y su madre, Josefa Ciará Redereda ha- 
bía sido granjera. Y era el abuelo paterno teje- 
dor de linos y todos así, menos alguno que fué 
cirujano y un tatarabuelo, cardador de paños. 
Y por la rama materna, todos eran gente de la- 
bor, también allá en San Martín de Viñolas, 
donde desde hacía más de un siglo, ellos tenían 
granja. 



• 7 



Y ahora en la casa de la calle del Cos tie- 
nen en los bajos la fábrica. ¿No serán algún día 
obreros también sus hijos? 

Pero uno llegará al mundo con un sino dis- 
tinto, y como buen augurio, mientras ensaya- 
ban los coros angélicos y se preparaba el pese- 
bre. Amará como los suyos las bastas tareas 
familiares, gozará él también con las perspecti- 
vas algo limitadas de los dibujos y con los fe- 
lices encuentros de los rojos, los amarillos y 
los verdes; pero seguirá el oficio asimismo por 
obediencia, y lo dejará por la esperanza de un 
sacrificio, que durante mucho tiempo nadie pu- 
do comprender. . . 

Pero, por él, un día los peregrinos irán a 
visitar la vieja casa, y traspasarán devotamente 
aquella puerta de postigos abiertos a la vereda, 
como de venta antigua, se detendrán ante sus 
ventanas estrechas y empinadas, hechas sin 
ninguna avidez de luz; y pondrán en lo alto 
una campanica y una cruz. 



El fue el quinto de los once hermanos. Ro- 
sa, la mayor, era la que él más quería y la que 
más lo quería. Juan heredará el mayorazgo, y 
así la fábrica y la casa familiar. Dos niños, Ma- 
riana y Bartolomé van a morir en los prime- 
ros años. Y después de él vendrán José, Pedro, 
María y Manuel, entre los conocidos. Pero es 
Antonio Juan Adjutorio el que nació en las an- 
tevísperas de la Navidad, el 23 de diciembre, y 
el que fue bautizado el día del Nacimiento, co- 



8 • 



mo se dijo, "mientras se escuchaban los alegres 
villancicos y las músicas pastoriles de la fiesta". 

Ocurría en 1807, al año siguiente de Tra- 
falgar, pero no en los días que Saint Cyr toma- 
ba Rosas y se perdían las batallas de Cardedeu 
y Molinos del Rey, como parecería haber su- 
cedido por la fecha dada en los libros parro- 
quiales, ya que el sacerdote anotó 1808; pero, 
porque, como lo probaron otros documentos, él 
daba por iniciado el año el día de Navidad. 

Y consta en el libro bautismal que fue ma- 
drina en el acto, la tía del niño, María Claret, 
hermana del padre y esposa de Adjutorio Ca- 
nudas, cestero de Manresa, y que el padrino 
fue su tío materno, Antonio Ciará, molinero en 
su pueblo. Y son datos interesantes porque 
agregan al tono grave y solemne de la ceremo- 
nia, el matiz humilde que debió tener, y hablan 
una vez más de esa humildad que presidió su 
nacimiento, y que para siempre va a quedar en- 
raizada a su espíritu. 



Entre los detalles que parecen dados sólo 
para entretejer los días, hay casi siempre una 
razón que dará el clima de su vida. Así tam- 
bién en el hecho de que el niño no fuese criado 
en su casa, por enfermedad de su madre, y sí 
entregado por ello a una nodriza. Y todos los 
autores, menos Monseñor Aguilar, narran a* 
este propósito un episodio que pudiera derivar, 
como lo creen, en una gracia. Se afirma que 
durante la permanencia en casa de su ama, el 



• 9 



esposo de ésta quiso ampliar la vivienda, y que 
lo había hecho tan desafortunadamente, que los 
techos se desplomaron muriendo el matrimo- 
nio y sus cuatro niños, y salvándose el pequeño 
que, esa noche había quedado con sus padres. 

Y en un sentido humano y no divino, tie- 
ne interés también saber que durante tanto 
tiempo el niño viviera entre extraños, porque 
podría esto haber influido en su carácter. Aque- 
lla humildad que a todos dejaba impresionados, 
ese marcado sentido de la obediencia y del res- 
peto, que no va a perder nunca, ni en la cumbre 
de su carrera, ese deseo de pasar desapercibido, 
esa timidez que le hacía bajar los ojos al sue- 
lo y aun esa modestia y falta de ambición, que 
es común a los de su familia, pero que en él 
se van a hallar acusadísimas, pueden ser conse- 
cuencias de esa época de desplazamiento, de 
incomprensión, de las horas en que tuvo que 
sentirse demás y más pequeño que ninguno. Y 
quizá sea ésta la causa que va luego a florecer 
con más belleza en su destino y que va a agi- 
gantar su figura con los dones de la mansedum- 
bre y de la conformidad, tan raros en la vida. 



Pero ha interesado principalmente y los 
autores reconocen en forma unánime y juz- 
gan valioso, el clima moral y de religiosidad en 
que fue criado el niño. Las versiones coinci- 
den en destacar que las dos familias, tanto pa- 
terna como materna, eran muy creyentes, y que 



10 • 



casi todos sus miembros pertenecían a las Con- 
gregaciones del Carmen y del Rosario, por lo 
cual se ha dado también el curioso dato, de que 
entre ambas casi monopolizaban la tumba de 
la Comunidad, en el cementerio local. Y nu- 
merosos testigos han comentado la religiosi- 
dad del padre de Antonio. Se le presenta siem- 
pre como un excelente cristiano, cumplidor de 
sus deberes, que no comenzaba su dia de labor 
sin asistir a misa acompañado de toda la fa- 
milia, que de sobremesa leía a los niños libros 
edificantes y piadosos, y que lo mismo hacía 
con sus obreros, en los descansos de la fábrica. 
Hombre de limitados conocimientos, pero ver- 
sado sin embargo en Historia Sagrada, y que 
poseía cierta inclinación pedagógica, y una ma- 
nera bondadosa y firme de guiar, con el ejem- 
plo y la palabra, dió a su alrededor una ense- 
ñanza de fructíferos resultados. Y podía él tam- 
bién decir, porque así era: "¡Señor, por ti velo 
desde la Aurora!". 

De ahí que no solamente Antonio tomara 
un alto camino, sino María también, que se ha- 
rá Carmelita de la Caridad, y tres de sus nie- 
tas: Francisca Montañola, la hija de Rosa, y 
las hijas de José, Dolores y María Claret, que 
entrarán luego en la misma congregación; y 
aun una sobrina política, Rosa Ciará, que ha- 
biendo vivido en aquel mismo ambiente, se ha- 
rá monja en Vich. ¿No deberá creerse que los 
suyos aprendieron con él a amar al Señor? 
Hasta los hijos varones de José pensaron que 
debían seguir el sacerdocio y, lo comenzaron 



• 1 1 



con gran disgusto de Antonio, que no veía en 
ellos las condiciones necesarias, aunque por 
suerte no llegaron nunca a ser sacerdotes. Pero, 
¿no es todo esto como un índice del clima en que 
se vivía?... Y Manuel, el menor, aquel niño 
que va a morir tan joven, a los catorce años es- 
tudiaba ya Humanidades, que en un pueblo 
obrero y falto de cultura, indicaba posiblemen- 
te una vocación. 

En la misa se habla de un río de paz. . . 

Era el clima de aquel hogar cristianísimo, 
con aquella educación tan perfectamente enca- 
minada hacia lo alto: educación del espíritu y 
del corazón, moral y de trabajo, de comprensión 
y de ayuda, de oración y de amor. Así debía ser 
en un hogar que buscaba la armonía en la tie- 
rra y la profundidad de las cosas del cielo. Y si 
los niños no tuvieron la alegre despreocupación 
común de los infantes, se guió cuidadosamente 
sus impulsos y se encendió su fe. Y en ese mo- 
mento, Antonio, Antoñito o Antoñico, Antón, 
Antoñín, Toñín, como se le decía indistinta- 
mente y por mimo, que casi no sabía hablar, 
pero que escuchaba lo que se enseñaba a los 
hermanos mayores, vivía ya como abismado a 
las verdades eternas, con la mente en vilo y 
queriendo comprender, y con el corazón embe- 
lesado, recibiendo todo como un dulce rocío, 
como un inexplicable perfume de sueños. 



El padre, en verdad, leía historias maravi- 
llosas. Historias de hombres que hablaban con 



12 • 



Dios, de hombres que subían a los cielos, o de 
ángeles o santos que andaban por la tierra. Y 
leía libros que anunciaban cosas tremendas y 
cosas divinas, que no podrían olvidarse nunca. 
Algunas palabras tenían un sentido que dejaba 
en suspenso. Brillaban como piedras preciosas, 
y el niño las amaba, pero quedaba cegado y sin 
entenderlas todavía. ¿Cómo podría explicarse 
que siempre fuera siempre?. . . La idea marti- 
llaba en sus sienes, y en su Autobiografía, él 
narrará ese instante obsesionado en el que au- 
mentaba distancias, enormes distancias, y veía 
que todo lo que acumulaba tenía fin. Por eso 
en su camita blanca, cuando las velas se apa- 
gaban seguía pensando en la eternidad. La no- 
che cargada de sueños iba haciendo callar a 
sus hermanos; pero él continuaba con las ma- 
nos apoyadas en la cara y los codos en la al- 
mohada, desvelado por la idea atormentadora y 
magnífica. "La verdad del Señor permanece 
eternamente" . . . 

Pero se acordaba entonces de los malos, de 
los que tendrían que sufrir sin fin. "¿ Jamás aca- 
barán de penar — se preguntaba — siempre ten- 
drán que sufrir?... Habían sido malos, eran 
malos, querían ser malos, y pecaban y se con- 
denaban. Pero ya pensaba que debía hacerse 
sacerdote para hablarles y hacerlos arrepentir- 
se. Ya imaginaba que podía ser santo para po- 
nerse ante la puerta del infierno, a fin de evi- 
tar su caída. Y, tenía solamente cinco años. 

Asimismo, a su alrededor todo seguía pa- 



13 



reciendo natural, y ninguno sospechaba de sus 
tormentos ni de sus proyectos. 



No era hora de preocuparse tampoco por 
lo que pensaran los niños. Se vivía angustiosa- 
mente, con un mañana inseguro, con la guerra 
adentro y afuera de las fronteras. Cataluña 
misma se desangraba en guerrillas contra el 
invasor. El intruso seguía ciñendo la corona. Y 
en cuanto a las vastísimas tierras conquistadas 
por Isabel la 'Católica y orgullo de Carlos V, 
iban siendo amenguadas, y, arrancada ya la 
bandera roja y gualda que había quedado cla- 
vada en América. Cisneros había sido echado 
de Buenos Aires; se agitaban Venezuela, Chile 
y Perú; se independizaba Paraguay; se suble- 
vaba México y Elío era derrotado en San José y 
en Las Piedras. ¿No iba siendo el fin de la 
dominación y la pérdida de cuantiosas esperan- 
zas y riquezas? 

Hasta en las inocentes aldeas, los hombres 
como conjurados hablaban con temor, porque 
todo era adverso, y no se podía pensar sino 
en librarse de los enemigos, y esperar que lle- 
gara la justicia divina. 



Ahora entre las sierras empezaban a bri- 
llar otra vez las bayonetas de los soldados fran- 
ceses que se presentaban con sus casacas azu- 
les, sus altos morriones, prepotentes, desdeño- 



14 • 



sos, seguros de la victoria, prontos a invadir el 
pueblo. 

Y los de Sallent huían a los bosques, con 
los colchones, los niños, los utensilios caseros. 
Con ellos iba Antonio, que tenía ya seis años. 
No era llevado en brazos, como antes, sino que 
iba corriendo, él también, entre todos. Pero co- 
rría deteniéndose, mirando hacia todas partes, 
porque Juan Ciará, el padre de la madre, no 
estaba con ellos. 

Y para hallarlo deshizo el camino. Volvió 
al pueblo sin que lo vieran. Tal vez el viejo ha- 
bía quedado en la casa por su propia voluntad 
y para no ser estorbo en tan difícil trance, ya 
que estaba medio paralítico y medio ciego. Pe- 
ro la presencia del niño debió parecerle un au- 
xilio inesperado, que lo conmovió y lo decidió 
a seguirlo. Y en la zozobra de la huida pudo ser 
un bello espectáculo, el anciano con sus pasos 
torpes y lentos y el pequeño héroe, guiándolo, 
lleno de ternura, en una demorada marcha, ya 
casi bajo la presión del fuego. 



Son palabras suyas: "Desde muy pequeño 
me sentí inclinado a la piedad y a la religión". 

Estas dos anécdotas tempranas lo prue- 
ban, en efecto. El niño se arriesgaba a los cin- 
co años en esa búsqueda de ideas que tocan 
el misterio y corresponden a la fe. Y a los 
seis años daba pruebas de poseer una exquisita 
sensibilidad, realmente rara en las criaturas. 
¿No comenzaba ya a hacer el bello, difícil, he- 



• 15 



roico, resplandeciente, magnífico camino, que 
ninguno podía imaginar?. . . 

Para los del pueblo, y aun para los suyos, 
era todavía un niño insignificante, más apagado 
que los otros, más taciturno, más tímido, hu- 
milde y obediente como un pobrecillo. En la 
iglesia, aun en las largas funciones, se quedaba 
de pie, porque dejaba siempre su asiento a los 
ancianos, con los que tenía delicadas deferen- 
cias. Se sacaba la gorra al encontrarlos en la 
calle, y si tenía que hablarles, lo hacía balbu- 
ceante. Pero desde luego, tampoco a los compa- 
ñeros, habló con audacia o enojo. Sus palabras 
eran escasas, insuficientes más bien, y su misma 
afectividad era silenciosa. Era poco demostra- 
tivo, ya que no tenía esas explosiones de entu- 
siasmo de los otros niños, ni sus violentos gri- 
tos. Y en la casa, como en la fábrica, era un 
goce para él, ayudar y ser útil. 



Tenía Antonio siete años y empezaba a ir 
al colegio, en el tiempo en que Fernando VII, 
abandonando por gracia especialísima, su lujo- 
sa prisión de Valengay, entraba a Madrid, a 
donde el pueblo lo recibía con alegría, gritan- 
do, ¡Viva Fernando ! ¡ Abajo la libertad! 

Su retorno significaba otra vez la implan- 
tación de la Horca y el establecimiento de la 
Inquisición; significaba la venganza; y, pron- 
to la desconformidad de todos. Pero Cataluña 
vivía entonces una breve hora de independen- 
cia, de lógico entusiasmo, de calma, de dulzura. 



16 • 



Era cuando los padres de Antonio acaba- 
ban de comprar una casa de cuatro pisos, que 
daba a dos calles, en pleno centro, cerca de la 
plaza y ubicada en la calle Grande núme- 
ro 1 ; una casa de muchas ventanas, todas des- 
iguales, y con un gran balcón en el último 
piso que tomaba la esquina. Pero la fábrica vol- 
vió a ser instalada en los bajos, porque el pa- 
dre de Antonio estaba conforme con su oficio, 
v lo era de nacimiento y por tradición, conside- 
rándolo muy honroso, y queriendo que todos 
los hijos lo siguieran y no se apartara ninguno, 
como habrá de verse. 



Empezaban ahora los años escolares tan 
deslucidos, pues si llamó la atención del di- 
rector del colegio, un bachiller de la Univer- 
sidad de Cervera, don Antonio Pascual, él no 
dice de un alumno brillante, ni profundo, 
sino que quedó asombrado con su conduc- 
ta, con su obediencia, con su mansedumbre, 
que era al fin su manera de saber callar. Y 
así fué juzgado durante aquel tiempo más o 
menos por todos. Hablará el cura párroco tam- 
bién de su "natural excelente", y dirá que dis- 
frutaba de la suerte de las almas buenas. Y 
sus compañeros, exclamarán: "Antonio es un 
santo''. 

Alguno, sin embargo, agregará una ob- 
servación interesante, pues verá su mansedum- 
bre, admirará su humildad, esa preciosa docili- 
dad suya, pero advirtiendo que poseía asimismo 



• 17 



una naturaleza viva. Y años después volverá es- 
to a ser comprobado. Se hablará asi después de 
su mansedumbre heroica, de una serenidad que 
no era apatía, de una dulzura que no es la que 
deriva de un espíritu indolente, de una voluntad 
perezosa, y que era virtud y nunca defecto. Al- 
gún día, muchos años después, se dirá que en 
él se veía el candor de un niño, el más inocente 
y sencillo, junto a una perspicacia de entendi- 
miento y a una viveza de imaginación poco co- 
munes. 



Ahora extraña asimismo aquella miopía 
casi general de los que estudiaron los primeros 
años del niño. No habló ninguno sino de una 
inteligencia mediana. Sin embargo, se sabe que 
el niño enseñaba a sus compañeros lo que no 
entendían, y que de vuelta a su casa iba dando 
las lecciones para que ellos lucieran al día si- 
guiente. ¿Ninguno de los maestros, al expresar 
un punto, comprendió que él lo captaba? ¿Nin- 
guno siguió nunca su pensamiento? ¿Ninguno 
consideró que su silencio era debido a su mo- 
destia y a su timidez? Solamente su padre va a 
advertir que el niño está en otra cosa, que va 
por otro camino. 



Es que el padre lo halló transportado an- 
te el altar. Era cuando le hablaba a la Virgen 
lleno de confianza — como dirá en su Autobio- 
grafía — y, cuando sin explicarse lo que eran te- 
légrafos eléctricos, se figuraba que desde la ima- 
gen, delante de la cual oraba, había como un hilo 



18 • 



de alambre hasta el original, en el cielo, y que 
subían las oraciones y bajaban las gracias. 

Naturalmente que entonces, la gramática, 
la geografía, la geometría, eran materias para 
los otros. El sólo quería saber de los episodios 
de la Historia Sagrada, de Job, de Moisés, de 
David, de Jesús. 

Y como dice Pío Zabala, quedaba en la 
iglesia como una estatua, inmóvil, con los ojos 
fijos y los brazos cruzados. 

Ya muchas veces oía voces que lo llamaban 
al templo . . . 

Era entonces cuando decía, "que se las 
entendía con el Señor", y también, cuando ya 
pensaba: "¡Oh Dios mío, quién os hubiera ama- 
do siempre!". 

Por eso más tarde, al acordarse de estos 
tiempos, al pensar en esta fe de ahora, se la- 
mentará de haberla perdido y censurándose, di- 
rá: "soy un monstruo de ingratitud". Porque 
así hablará para su castigo y su mayor confu- 
sión, según sus escritos. 



Era pues una fiesta para él, poder ir con su 
hermana Rosa, a la ermita de la Virgen de 
Fusimanya que quedaba a cinco kilómetros del 
pueblo. Hacían siempre el largo camino reco- 
giendo flores para depositar en el altar, y co- 
rriendo alegres, entre pinos, carrascos, viñedos, 
olivares y romeros. Pero, en cuanto llegaban 
a la vieja parroquia de la masía de San Martín 
de Serrahima, que estaba en una altura desde 
donde se divisaba la blanca ermita con su puer- 



• 19 



ta cuadrada y aquellos tres cipreses oscuros 
que hacían guardia a su lado, el niño caía de 
rodillas, siempre con la intensa emoción de la 
primera vez y oraba largo rato con la cara en 
llanto. Después seguían ya en un tono grave, 
distinto, y cantando o rezando el rosario. 

"Madre mía, aquí tenéis a vuestro hijo". . . 
Y entraban como dos peregrinos. 



La capilla había sido levantada en el siglo 
XVIIpara sustituir a otra mucho más antigua, 
que estaba en ruinas. Sencilla, sólida, con su 
crucero bien proporcionado, ornada de ramajes 
blancos como sus paredes, ostentaba entre ellos 
cinco medallones con los motivos gozosos del 
rosario. Y en el altar, de estilo plateresco, en 
oro, una pequeña virgen se daba a los fieles 
guardada en una hornacina. Los que la vieron 
dicen de su rostro gracioso y lleno de bondad, 
y se sabe que los campesinos creyeron siempre 
verla sonreír. Y que de tal modo la adoraban, 
que la hacían llevar hasta cuatro y cinco ves- 
tidos superpuestos sobre su ropaje de estatua, 
porque ese era su homenaje y su agradecimien- 
to, y la agobiaban poniendo una sobre otra dia- 
demas de metal, que pesaban sobre su frente 
coronada de gubia. 



La visita a la Virgen será para Antonio 
uno de los actos más deseados. Irá siempre que 

20 • 



pueda, ahora y mientras sea estudiante, y luego 
de sacerdote y aun de Arzobispo. Pero en ese 
momento podía imaginarse que era un premio 
que recibía, un regalo, una gracia. 

No acompañó nunca en sus paseos a los 
demás muchachos, ni cazó con ellos pájaros con 
la honda asesina, ni subió a las tapias y a los ár- 
boles para robar frutas, por lo cual no tendrá 
que arrepentirse de ninguna travesura, como su- 
cediera a San Agustín. Pero tanta gravedad, y 
esa modalidad tan pura, tan recta, lo separaba 
cada vez más de sus compañeros. No podía se- 
guir sus diversiones, porque, si en verdad no 
los censuraba, no quería ser como ellos. Y esto 
lo hizo vivir aislado, reconcentrado y aumen- 
tó aun más su timidez. ¿ No se dice que frecuen- 
tó la escuela sin hacer ninguna falta? El era 
siempre el modelo de sumisión, de taciturnidad 
y respeto... Así, los compañeros sabían que 
para divertirse no contaban con él. y hasta le 
decían: — "Vete, Antonio, que vamos a hablar 
mal". . . 

La advertencia era ingenua, pero la tenían 
por diabólica, y la hacían con punta de fuego. 
Y sin embargo, Antonio no se enojaba, sino 
que agradecía que se le evitara escuchar lo que 
iba a molestarle, y aunque ellos sonrieran, él 
no se ofendía. 

Llegará, pues, a la santidad, casi sin des- 
viarse, sin conceder nada al mundo, sin hacer 
como San Pablo y San Francisco un camino 
curvo, ya que por su pureza, por su limpidez, 

• 21 



por su vida intachable y angélica, se acercará 
a San Luis. 



A los diez años enseñaba el catecismo y el 
rosario a los compañeros, y trataba de llevarles 
a Dios. Y el cura del pueblo al advertir sus con- 
diciones, lo colocaba a su lado para que ayudara 
a explicar el catecismo. 

Pero, nadie podía prever todavía que al- 
gún día sería levantado en un sitio público de 
Sallent, en una plazuela entre árboles y flores, 
un bronce al catequista, que va a ser después, 
y que para siempre está dando su lección. 

Su camino era todavía silencioso. Estudia- 
ba latín, pero aun podía parecer que lo hacía 
como cualquiera. Y todos ignoraban su secreta 
posición, y que, cuando el azar ponía en sus 
manos algún libro piadoso, al terminarlo, lo 
apretara contra su pecho y agradeciendo con 
toda el alma haberlo podido leer, pronunciara 
estas palabras : "¡ Oh, Señor, qué cosas tan bue- 
nas yo ignoraba!". . . 



¿No debió ser tremendo entonces que su 
padre lo llamara una mañana, para decirle que 
era necesario dejar los estudios y hacerse 
obrero?. . . 

Habrá que creer que la resolución debió 
ser meditada y exigida por las circunstancias, 
y hasta que fué demorada; pero para el niño 
tuvo que ser asimismo insólita. Sólo que, con su 



22 • 



mansedumbre, con su modo de saber acatar las 
cosas, con esa obediencia tan dulce, respondió 
sin asomo de amargura: — "Haré corno usted 
dice... ¡Que se haga la voluntad del Señor!" 

Y a los once años, todavía con sus panta- 
lones cortos, entró a formar parte del plantel 
estable de los tejedores, y desde el día siguien- 
te trabajó en la fábrica, como si aquél hubiera 
sido su gusto. 

Algunos biógrafos dicen que el padre ex- 
plicó al hijo que los tiempos eran malos y. que 
no podía seguir pagando los maestros; Mon- 
señor Aguilar da la versión de que había muer- 
to su profesor de gramática, y que el padre ale- 
gó que no era fácil hallar quien lo reemplazara, 
por lo cual tomaba esa resolución; pero de 
cualquier modo que fuere, en el taller no pa- 
reció su actitud de sacrificio. ¿Era porque to- 
davía tenía esperanzas? Porque se ha dicho, y 
lo dice en su obra el Padre Cristóbal Fernán- 
dez, que el muchacho trabajaba sin perder con- 
tacto con aquellas materias y pensamientos que 
lo atraían, y que así, mientras la mano derecha 
estaba ocupada en voltear la manivela y la iz- 
quierda en gobernar los hilos, los ojos seguían 
con frecuencia la lectura de un libro que logra- 
ba colocar a su alcance. Y también que esto 
llamaba la atención de sus compañeros, y (pie 
maliciosos y con palabras irónicas le preguntar 
ban entonces para qué estudiaba, y, que él, lle- 
no de candor y sencillez, decía siempre que iba 
a ser cura. 

Esta respuesta causaba invariablemente 



• 23 



risa, sobre todo a las mujeres, cjue eran ignoran 
tes, ordinarias e irrespetuosas de las cosas del 
cielo, y que reían porque no lo comprendían. 
¿Cómo podía ser cura si estaba entre ellos? Y 
lo miraban y se miraban, y le tenían ya lásti- 
ma, porque sabían que estaba engañado. Pero 
allí mismo él se ofrecía a Dios, y le decía: "Hu- 
manamente no veo esperanza ninguna, pero 
Vos sois poderoso y si queréis lo arreglaréis 
todo"... 



Hasta ahora hemos ido señalando faces 
más o menos claras y precisas de su personalr 
dad, faces que pueden sintetizarse así : espíritu 
religioso, amor a Dios y a la Virgen, humildad, 
mansedumbre, obediencia, desinterés en todo, 
hasta por los elogios, sencillez, generosidad en 
su manera de darse. Más adelante subrayare- 
mos el heroísmo de su santidad, su modo de 
someterse, de dominarse, de sacrificarse, de 
mortificarse. Pero también su temperamento 
violentísimo, que por la fuerza de la inmensa 
voluntad del Santo fué talmente vencido, que 
parecía de suavidad inalterable y perfecta. 

Tenía once años cuando empezó a tener 
ese dominio sobre sí. 

Acababa de constatar horrorizado que iba 
tomando aversión a su madre. Nunca explicó 
por qué. Pero sufría. Y comprendió que debía 
castigarse para corregirse y para devolver a su 
corazón amargado el bálsamo de la sinceridad 
y del amor, y se esforzó por tratarla con más 



24 



ternura. Xo tuvo nunca gestos de malhumor 
para ella ni días de indiferencia, y salió de aque- 
lla tormenta sin que la madre descubriera las pe- 
nalidades de su niño. 

Pero como en su espíritu, que estaba des- 
conforme todavía, quedaba una duda, consul- 
tó con su confesor, que al decirle Antonio de 
su conducta y de su expiación, respondió, apro- 
bándolo: "Dios es quien te guía, hijo mío. Sé 
fiel a la gracia". Porque aquél vió una gracia 
en esa manera de torcer los necios pensamien- 
tos y de encontrar su paz sin auxilio alguno. 



Otro episodio va a poner en evidencia las 
bondadosas maneras de este muchacho, que 
recién cumplía catorce años. Demuestra en él 
una preciosa comprensión, un sentido de her- 
mandad y una sincera piedad. 

El era en la fábrica uno de los mejores 
obreros, más ágil que los otros y más conscien- 
te de su deber. Así, en el tiempo en que los de- 
más terminaban una pieza de tela, como se dice 
entre tejedores, él ligaba una y media. Y sus 
trabajos eran aún más prolijos, más perfectos 
y sus puntos más apretados. Halagado el pa- 
dre, animado también de poder hacer de Anto- 
nio un buen obrero, y en parte además, para su 
beneficio, dispuso que el muchacho y uno de 
los compañeros, revisaran todos los trabajos 
antes de darlos por terminados. 

Para cualquiera pudo significar eso una 
distinción, la constatación de una superioridad. 



• 25 



y es probable que así lo juzgara el otro. Pero 
para Antonio era tarea dolorosa la de corregir 
los errores o negligencias de los demás. Sufría 
más que quienes eran amonestados y quería 
que sus palabras no tomaran acento de correc- 
ción. Entonces comenzaba siempre por mos- 
trar lo bueno de cada trabajo a fin de indi- 
car luego los defectos. 

— Para que la labor pueda considerarse per- 
fecta sólo habría que modificar este detalle y 
aquella otra cosa. 

No es esta una forma corriente. Esos mi- 
ramientos para no herir ni desanimar mostra- 
ban delicadísimas condiciones de nobleza y de 
comprensión. Pero él no consideró nunca que 
en ello hubiera mérito. Decía que procedía así 
sin saber por qué, aunque más tarde diga: 

— "Con el tiempo he sabido que era una es- 
pecial gracia y bendición de dulzura con que 
el Señor me había prevenido". 

Y en esa forma iba ganándose sus corazo- 
nes, conquistando sus buenas voluntades, y lle- 
vando a sus compañeros hacia Dios, ya con su 
prédica, ya con su ejemplo, ya con ese ascen- 
diente que tenía ahora sobre ellos. Y con él 
rezaron un rosario todos los días y un avema- 
ria cada hora. 



Hablaba a todos con palabras medidas, con 
palabras igualmente cordiales, suaves, serení- 
simas. No se arrebataba nunca. No discutía 
ningún tema. Los otros se ofuscaban con fre- 



26 • 



cuencia, gritaban. Era un momento de apasio- 
nados debates políticos, cuando España estaba 
enconadamente dividida, entre los que acom- 
pañaban a Fernando VII y los que condena- 
ban sus actos, porque había gran desconformi- 
dad al no haber sido puesta en vigencia la 
Constitución. ¿Quién hubiera podido dejar de 
sostener con calor una de las posiciones? 

Pero Antonio seguía sin hablar de aquel 
problema candente. Era extraño que no tuvie- 
ra una secreta posición, aunque sus biógrafos 
piensan que no podía estar sinceramente ni con 
el Rey ni con don Carlos. Y así debió ser, a pe- 
sar de que en Sallent, como dijo, hasta el aire 
que se respiraba era constitucional. 

Sin embargo, él andaba como un sonám- 
bulo entre las discusiones, como sin escuchar 
a los que reñían. Solamente hablaba de má- 
quinas y de dibujos, como si ignorara las cosas. 
Y dice el Padre Aguilar, en su obra sobre Cla- 
ret, que esa posición de prescindencia no impi- 
dió que historiadores inescrupulosos lo presen- 
taran asimismo como interviniendo en política. 
Pero ¿en cuál de los partidos? Algunos sostu- 
vieron que era partidario del Rey; otros habla- 
ron de sus ideas liberales, y hasta dijeron ha- 
berlo visto "con su fusil de chispa y su enorme 
morrión" gritando: "¡ Viva la Constitución!" 



La Historia va a dar ahora un vuelco, pues 
Fernando, sabiéndose inseguro, no sólo pondrá 
en vigencia la Constitución, con lo cual apaci- 



• 27 



guará por ahora a España, sino que se presen- 
tará como el más ardoroso partidario, y dis- 
pondrá que cada ciudad o pueblo, llame a su 
plaza principal, de la "Constitución". Y los de 
Sallent, como los otros, van a estar también de 
fiesta, pues se ha decretado que todo se reali- 
ce con pompa y alegría. 

Es un acto de paz, que une a realistas, re- 
publicanos, liberales y católicos, y que va a ser 
festejado con entusiasmo, quizá porque todos 
creyeron en la sinceridad de las palabras del 
monarca, o porque el hecho en sí, bastó para 
dar satisfacción a todos. Y en medio de aque- 
lla efervescencia, entre aquellos preparativos, la 
casa de Antonio, es decir, la casa de su padre, 
fué adornada rumbosamente con grandes col- 
gaduras, quien sabe si por disposición de las 
autoridades que todo lo disponían, aunque no 
se dice que Juan Claret no lo hiciera por deci- 
sión propia. Y, si eso puede pensarse, es debido 
a que las órdenes llegaban a los pueblos de- 
talladas y expresas, sin que nada se dejara a 
voluntad de los habitantes. Se levantaría así 
un espacioso tablado en la plaza que iba a bau- 
tizarse; se colocaría en ella un gran retrato 
del Rey, con velo para descorrer a la hora de la 
ceremonia; se pronunciarían discursos enco- 
miásticos, y se disponía por edicto que asistie- 
ran en corporación las autoridades y el clero, 
aquéllas en traje de etiqueta, y los sacerdotes 
con bonete y manteo, y que luego en las igle- 
sias fuera explicada la Constitución, para que 
se hablara de ella, desde el pulpito. Y todo de- 



28 • 



bía ser grandioso y solemne y, todo también 
entusiasta y espontáneo. 

Así, por la noche las fiestas continuarían 
para solaz del pueblo, que debía bailar tres días 
en las calles y plazas, a modo de adhesión. Ha- 
bría profusión de salvas y campanas; se toca- 
ría el himno; y frente a la casa de don Diégo 
Artigas, allí en la plaza, se mantendrían encen- 
didos hasta el alba diez hachones de cera, ya 
que para todos debía ser hora de júbilo. 

¿Por qué Antonio permanecía ausente?. . . 
¿Veía ya más (pie los otros?. . . 



Aquella alegría general era en verdad una 
prueba de esperanza. 

Pero la Constitución no iba a ser cumpli- 
da. Había sido aprovechada para pacificar y 
crear un clima benigno, hasta que llegara el 
momento de imponer de nuevo el despotismo 
absolutista. De ahí que los que festejaron de 
buena fe aquella conquista, indignados al sen- 
tirse defraudados, al verse burlados, empeza- 
ran a sublevarse otra vez, y que en Cataluña 
como en Aragón, grandes bandas de campesi- 
nos armados recorrieran las campiñas para in- 
citar a un movimiento de guerrillas. 

La desconformidad era pues cada día ma- 
yor. Se había perdido la confianza, y hasta el 
ejército se mostró desconforme. 

La situación de España iba siendo grave. 
Y fué cuando el Rey pidió entonces apoyo a 
su primo, el de Francia, que le envió aquel ejér- 



• 29 



cito que mandara el duque de Angulema y fue- 
ra conocido con el nombre de los Cien mil hijos 
de San Luis. 

Es que Fernando había dejado de ser cons- 
titucionalista, y ya sin la máscara de aquella 
conveniencia, atacó ensañadamente a los que 
se habían mostrado sinceros partidarios, con lo 
que se creó un momento de confusión en toda 
España. ¿Acaso se podía hablar todavía de co- 
razón a corazón? Fué época de venganzas y te- 
rror, porque nadie estaba seguro al hablar de 
no ser delatado, y todos eran traidores, o po- 
dían serlo. 

¿Por que eligió Antonio ese preciso mo- 
mento de agitación y terror, para ir a estudiar 
a Barcelona? Evidentemente porque se hallaba 
alejado de los sucesos y debemos considerarlo 
como indiferente a los problemas políticos. 

Su vida seguía siendo retirada, aunque no 
tan fuera de las cosas del mundo. Y habría que 
decirlo : por un instante primó en él la vocación 
laboral. Se había propüesto mejorar su situa- 
ción de fabricante. Quería ser un buen obrero. 
Fué así un tiempo de pausa, sino de claudica- 
ción, momento en que se desviaba, que hacía 
otro camino... Pero acaso él todavía no se 
daba cuenta. O quizá no quería darse cuenta. 

Quería trabajar a ejemplo de San Pa- 
blo, para pagar el sostenimiento y los estudios, 
y así lo hizo. Se empleó en una fábrica, la de 
Vagatans, mientras se matriculaba en la casa 



30 • 



de Lonja, a fin de aprender dibujo. Otras ma- 
terias, como gramática castellana y francesa, 
matemáticas, geografía, astronomía, las estu- 
diaría particularmente y de noche, a fin de no 
perder el tiempo. Y en la Casa de la Lonja ya 
obtenía premios, y en la fábrica adonde tra- 
bajaba se le empezaba a poner en las tareas 
de los obreros avezados. Se producía, evidente- 
mente, un cambio de rumbo en su vida. Lle- 
garía a ser un fabricante muy capacitado, y así 
se pensaba, ya que los grandes industriales qui- 
sieron hablar con su padre, al que propusieron 
una sociedad, en la que se colocaría el mucha- 
cho al frente de los negocios. ¿No copiaba ya 
las telas, y hasta sabía mejorarlas? Veían to- 
dos en él una adquisición, y el padre hubiera 
aceptado con entusiasmo, sólo que el mucha- 
cho, no se sabe por qué, no se resolvía, y ale- 
gaba ser demasiado joven. Pero parecía asi- 
mismo dispuesto a seguir en la fabricación. 

Ya no sería cura. Va no tenía la misma de- 
voción. No ponía medallas y estampas en su 
telar, como antes, no trataba de catequizar a 
sus compañeros, ni rezaba él rosario junto a 
ellos. Lo rezaba a solas, en su cuarto, sin ha- 
blar a nadie de su fe. Pero la populosa ciudad, 
que tanto lo había cambiado, no había termi- 
nado su obra. El no entraba a un despacho de 
bebidas; aun no miraba a las mujeres con la 
cabeza levantada; y si podía no les hablaba. Se- 
guía siendo tímido, puro, severo en su conduc- 



• 31 



ta. Pero se conformaba con muchas cosas que 
antes le hubieran parecido tremendas. Así, iba 
a la última misa, de San Justo, aunque dicién- 
dose siempre por el camino (pie eso no estaba 
bien, porque si por alguna causa inesperada no 
hubiera misa, se quedaría sin misa. Sólo que 
ahora se reconvenía sin corregirse. 



El Padre Fernández, uno de sus biógrafos, 
dice que los que pasan por estos períodos, le lla- 
man estados de tibieza, y que los místicos, 
atentos a las luchas interiores, y a las peno- 
sas energías que se desarrollan, los titulan "no- 
che oscura del sentido". Y en eso estaba. 

Los elogios y los triunfos habían desperta- 
do en él también, la común y humana vanidad, 
que aferra a las cosas y aleja del cielo. 

El dirá que, entonces, hasta el mismo cum- 
plimiento de las obligaciones religiosas iba re- 
sultándole un verdadero martirio. . . Oía la mi- 
sa distraído, con la mente en los inventos, en 
las máquinas, en las difíciles y apasionantes 
soluciones... Y tanto fué así, que empezó a 
preocuparse. Había llegado a vivir en un es- 
tado de alma no previsto. Estaba fuera de su 
órbita. 

Fué a su confesor, al Padre Amigó, un 
hombre talentoso y comprensivo, que respon- 
dió tranquilizadoramente. Sin duda quiso arro- 
jar un cabo al muchacho que empezaba a per- 
derse, que se había alejado de sus deseos y que 
sin darse cuenta, ya no sentía con su corazón... 



32 • 



"Atendiendo a todo, le dijo, usted cumple y 
emplea bien su tiempo". Y esto consta, como 
está dicho, en los libros que tratan su vida y 
según éstos, en el Proceso Informativo de Bar- 
celona. 

El espíritu del mundo, que lo rodeaba, se 
iba apoderando de él. ¿Cómo defenderse?... 
¿Por qué defenderse?... Posiblemente ambas 
posiciones alternaban en su mente. Quería se- 
guir siendo él mismo. Pero ya no lo era. Tal 
vez ya no veía tampoco la necesidad de seguir 
siendo como antes, puesto que había cambiado. 
]£1 proceso de transformación debió ser lento. 
Y si al principio él se había resistido, sus com- 
pañeros lo presionaban constantemente con 
sus hábitos, sus gustos, sus tendencias, con 
sus mismas expresiones. Y ahora se le ofre- 
cían corazones también, como a los demás, o 
como a ellos solamente cuerpos. ¿Qué hacer? 
¿No consideraban todos ridicula su pureza, su 
rectitud, su lealtad? 

Pero él seguía manteniendo aquella con- 
ducta que los otros no comprendían. Y asimis- 
mo, la mujer de uno de sus amigos se enamoró 
de él, o como mujer coqueta, quiso jugar con él, 
colocándolo en la desairada posición de tener 
que huir de ella. ¿No era porque conservaba 
escrúpulos morales y principios religiosos? 



Pero en otros aspectos ya había empeza- 
do a ceder. Trabajaba afanosamente, pero lo ha- 
cía para ser rico. Sus compañeros debieron ver 



• 33 



esa debilidad suya, y como una serpiente uno 
pudo deslizarse a su lado, amigo artero, que 
iba a proponerle el canto de los negocios, y le 
dijo que solamente tendría que entregar las 
sumas. No precisaba entender aquel manejo 
complicado que el otro tan bien sabía. Le ha- 
bló de que tenía buena cabeza, y él creyó/ Le 
dijo que empezarían por jugar a la lotería. De- 
bió parecer inocente, y Antonio lo dejó ha- 
cer. . . 

Luego entraron en otros juegos, en otros 
negocios. El no los comprendía. Eran cosas lí- 
citas; pero que sólo sabían los que estaban en 
esas cosas. Y ganaba mucho dinero. . . En rea- 
lidad no vió nada más. Pero quería ser rico. 
No era malo. Por eso el golpe fué terrible. 



Un día supo que su socio estaba en la cár- 
cel. Había especulado y había estafado con su 
dinero, a causa de su debilidad, de su estupi- 
dez. Quedó horrorizado. El lo había ayudado, 
sin darse cuenta. Y ahora se veía unido a un 
delincuente. Ciertamente que tuvo vergüenza. 
Ya ni quería salir a la calle. Pensaba que todos 
lo miraban. Le parecía que lo señalaban con 
el dedo. 

¿Cómo no cortó, sin embargo, definitivamen- 
te con aquella existencia?... Vivía casi ence- 
rrado. Pero no dejó la turbadora ciudad. No se 
fué. Estaba asqueado del mundo. Y seguía en 
él. Se encontraba y hablaba con aquellos com- 
pañeros peligrosos y divertidos. ¿Acaso lo ha- 



34 • 



cía, lo admitía, porque la fabricación lo tenía 
fascinado? 



Con esos amigos fué aquella tarde también 
a la playa de la Barceloneta. Era verano, y 
contento como un niño, corrió descalzo por 
la arena mojada, dejándose llevar por el vér- 
tigo de la hora límpida. Así, cegado de luz, de 
color, de gozo, no vió la gran ola que se había 
alzado, ya sobre él, y que en su reflujo, lo 
arrastró mar afuera. 

Gritaron en vano sus compañeros. Grita- 
ron cobardemente sin arriesgarse, sin animar- 
se a auxiliarlo. Pero quedaron aterrados, por- 
que lo vieron desaparecer, como lo vieron to- 
dos los que estaban en la playa. Y, consterna- 
dos se alejaron al fin, comentando el hecho. 

El también comprendió que debía morir. 
Estaba lejos, no sabía nadar, y ya la orilla se 
perdía a sus ojos. En aquel segundo angustio- 
so, en el que empezaba a irse, acaso se acordó 
de sus padres, pasó todo como ráfaga, su pue- 
blo, su fe de niño. Y esta fué su ancla. Se hi- 
zo como una luz. Invocó a la Virgen y le pidió 
ayuda. Casi la había olvidado, y ella oyó su sú- 
plica desesperada, ardiente, sincera, y como de 
antes. Quedó entonces sobre el mar, sin que ya 
el agua tocara su boca, sin que mojara sus la- 
bios, acostado como sobre un lecho de olas. 

Igual que en un sueño, suavemente las olas 
lo llevaron a la orilla, a la playa y lo dejaron 
en la arena con sus ropas secas, con sus manos 
secas. 



• 35 



La emoción saltaba en su pecho. Y ja- 
deante se puso de píe, comprendiendo el mi- 
lagro. ¿Era una advertencia?... Estaba páli- 
do... 

Después corrió para alejarse, y llegó a la 
casa, casi a un tiempo que sus compañeros, que 
lo miraron atónitos y sin comprender. Había 
desaparecido a su vista. ¿Cómo estaba con 
ellos? Hicieron preguntas... Se hablaban sin 
darse cuenta. . . Veían sus ropas secas, sus ma- 
nos secas . . . 

El se encerró en su cuarto a sollozar, y con 
las manos en la cara, rezó de rodillas ante la 
milagrosa, emocionado y agradecido. 



Algunos autores piensan que en ese mo- 
mento nació en Antonio la idea de hacerse car- 
tujo, y que fué cuando recapacitó y volvió en 
sí. Otros hablan de un episodio posterior y de- 
cisivo. Habría sido en su pueblo, cuando fué 
para las fiestas de San Sebastián. Pero aquí 
de nuevo se dividen las informaciones, y así, 
mientras unos dicen que había ido a casa del 
notario Camps, adonde se bailaba festejando 
un bautismo y, por voluntad propia, otros di- 
cen que fué llevado a la fuerza. Y una versión, 
la primera, alude a que mientras bailaban, pa- 
só el viático, y que él, al oirlo, propuso un mo- 
mento de recogimiento, que fué rechazado, sa- 
liendo entonces con su compañera al balcón y 
que, mientras rezaban de rodillas, los techos de 
la sala cayeron, muriendo los demás bailarines. 



36 • 



Que ella habría entrado en un convento y él 
habría decidido hacerse cartujo. 

La otra versión, que el Padre Clotet tu- 
vo más verídica, dice que fué llevado al baile 
entre muchos amigos y a la fuerza, y que en 
cuanto pudo desasirse de sus brazos y salir 
a la calle, los techos se derrumbaron y se ha- 
bría producido la tragedia. 

De acuerdo al primer relato, Antonio no 
habría llegado a Sallent con intenciones defi- 
nidas; según el segundo, podría haber tenido 
ya el proyecto de hacerse monje. Pero la fami- 
lia recibió la noticia con sorpresa, y el padre, 
que estaba satisfecho de que su hijo triunfara 
en el mundo quedó apenado. Sin embargo, a 
ese deseo mundano iba a contraoponerse su re- 
ligiosidad. Era demasiado creyente para dis- 
gustarse con aquella decisión. Y si en su fondo 
íntimo, hubiera querido no perderlo tan total- 
mente, sólo dijo: No quiero quitarte la voca- 
ción; pero piénsalo bien, encomiéndalo a Dios 
y consulta con tu director espiritual. Y si éste 
dice que es la voluntad de Dios, la acato y la 
adoro, por más que lo sienta mi corazón." 

Eran palabras traspasadas, pero devotísi- 
mas; hablaba con emoción y con gravedad, co- 
mo correspondía a la hora, que era de sacrifi- 
cio. Y luego añadió: "Si fuera posible que en 
lugar de meterte a fraile, te hicieras sacerdo- 
te secular, me gustaría más"... Deslizaba la 
frase tímida, con el anhelo de que sirviera de 
insinuación, pero sin acentuarla, pronuncián- 
dola apenas, como negándose el derecho de de- 



• 37 



cirla, y agregó enseguida: "Pero con todo, que 
se haga la voluntad de Dios". 

Había dolor en cada una de sus palabras, 
acento humano; pero el hijo estaba resuelto y 
mantuvo su voluntad de ser cartujo. 



Sin embargo el Padre Amigó, su confesor, 
consultado por él sobre este nuevo punto, no 
estuvo seguro de la vocación del muchacho. 
Creyó más bien en una exaltación pasajera, 
tal vez en un efecto accidental. Y sin desani- 
marlo ni tampoco animarlo, le dijo que espe- 
rara, que siguiera por ahora en sus trabajos, 
y que dejara que la Providencia resolviera. De 
ahí que Antonio, dócil como siempre, partiera 
otra vez para Barcelona, dispuesto a hacer un 
compás de espera. Pero ya su vida era otra, 
retirada y de estudio, lo que probaba que, si 
la resolución no había sido muy meditada, era 
asimismo firme. Estudió en ese momento 
muy especialmente latín. Algunos dicen que, 
con don Juan Riera, su viejo profesor, y que 
al morir éste, unos meses después, lo estudió 
con don Francisco Más Artigas, Francisco 
el ciego, como se le llamaba, porque así 
estaba. Y se dijo y él lo confirmará, que en 
poco tiempo decoraba verbos, y que tenía tan 
satisfecho a su maestro que, cuando años más 
tarde éste publique un diccionario latino-caste- 
llano, lo dedicará en recuerdo de estas clases, a 
quien será ya entonces el Excelentísimo Se- 
ñor Claret, 



38 • 



Y en verdad existieron motivos para esa 
satisfacción del maestro, ya que en nueve me- 
ses, como atestiguó un condiscípulo suyo, que 
fué luego presbítero, Ignacio Alemany, apren- 
dió el latín, incluso su complicada gramática, 
sin poseer casi ningún conocimiento anterior 
de esa lengua. Seguía además, los estudios de 
otras materias y todo esto lo hacía sin aban- 
donar asimismo su oficio de tejedor. 

En ese instante, una circunstancia extraña 
a él, va a ayudar a encaminar su vida. Es el ca- 
samiento de su hermano Juan con la hija del 
delegado del Obispo de Vich en Sallent, que 
viene a vincularlo inesperadamente a elemen- 
tos de la Iglesia. María Casajuana, ahora su 
cuñada, supo pues de aquella decisión, que tan- 
to preocupaba a la familia y la comentó a su 
vez, llegando también la noticia al propio Obis- 
po Don Martín de Jesús Corcuera, que se inte- 
resó entonces por conocer al joven y pidió ie 
fuera llevado a su presencia. Pero, ¿quién te- 
nía interés en que se realizara la entrevista? Xo 
por cierto los padres, que debían preferir que 
el asunto no se resolviera tan prontamente; ni 
él, que temió, que a insinuación de la familia, 
tratara de disuadirlo de su propósito. Pero 
cuando el Obispo y Antonio se encontraron, és- 
te quedó resuelto a no volver a Barcelona y a 
estudiar en Vich filosofía y las materias nece- 
sarias a su nuevo estado. Y ya nadie habló de 
que no fuera cartujo, puesto que el apoyo del 



• 39 



Obispo concluyó con las vacilaciones, porque 
era persona muy reconocida, sacerdote de con- 
sejo y venerado en aquellos lugares. 



Así, el día de San Miguel, Antonio, el p i - 
dre y la madre, oyeron sin luz la primera mi- 
sa, con los ojos rojos de insomnio, y partie 
ron a pie, bajo una lluvia mansa y persistente, 
que duró todo el día, como el largo camino 
que llevaba a Vich. Había melancolía en el 
aire y en los rostros, melancolía en los pasos, 
como en las palabras innecesarias que cambia- 
ban, sin que dijeran lo que querían decir. Iban 
con sus cartas de recomendación, sin duda 
terminantes para decidir un destino. 

A momentos rezaban los tres. Debían que- 
rer hacerlo una vez más, mientras todavía es- 
taban juntos, porque tenían que pensar que él 
no volvería. Y, sin prisa se acercaban a la no- 
che, y a la ciudad real y episcopal, como se le 
llamaba. 

Nunca más volverían a encontrarse en su 
casa, al abrir una puerta; no se volverían a ver 
en ninguna calle, en ningún camino. El iba :i 
enclaustrarse, y hacía un viaje sin retorno. 

Era imposible que el padre y la madre no 
pensaran que cada paso que daban los alejaba 
del hijo, que desgarradamente no imaginaran 
que tenía esto algo de muerte, y que no se di- 
jeran en las pausas sin palabras: 

— "¡ Dios, dadnos un amor ardiente por Vos, 
un vivo temor de ofenderos, un gran deseo y 



40 • 



un gran cuidado en complaceros, fuerza para 
cumplir nuestros deberes, paciencia en nues- 
tras aflicciones". . . 



Penetraron en una ciudad de calles de som- 
bra, de casas de sombra, adivinando apenas sus 
torres, sin vislumbrar sus jardines. 'Casi no la 
vieron los ojos cansados de los que iban car- 
gados de penas a entregar a su hijo a aque- 
lla ciudad de brazos abiertos para quienes lle- 
gaban, generosa y simpática con los estudian- 
tes, acojedora con los que venían pobres a en- 
contrar en sus casas asilo y facilidades para 
poder estudiar. 

Levantada sobre una planicie, que los ria- 
chuelos volvían sonora, circundada de montes 
en los que se había refugiado la historia y la 
leyenda, que el mismo Quijote conoció y en 
los que tuvo encuentros y aventuras, predispo- 
nía a recibir su encanto. Era amable con to- 
dos y recogida, sabia por su Seminario, severa 
por sus hábitos. La vieja Ausona, festonada 
de murallas, que se abrían en nueve puertas, 
de las cuales una ostentaba los leones y armas 
de la ciudad, guardaba entre sus antiguas cons- 
trucciones aquel Seminario, de altos y espesos 
muros, casi no abiertos al exterior, y que re- 
gía la vida cristianísima de los habitantes, has- 
ta poderse decir, que estaban siempre concurri- 
das sus veinticuatro iglesias, y vacío su único 
teatro. 

Eminentes sacerdotes, llenos de sabiduría 
y virtudes, hicieron famoso aquel seminario. 



• 4; 



Miles de estudiantes, entre los que se encontra- 
ban en ese momento Balmes, Xifré y Claret, 
seguían allí serias disciplinas y lecciones que 
culminaban en la Suma Teológica. Y un gran 
público asistía diariamente a la lectura de la 
Biblia, que escuchaba de pie, y que los semina- 
ristas leían de rodillas. 



Con la buena recomendación de don Mauri- 
cio Casajuana, Antonio fué recibido por el sa- 
cerdote Fortián Bres, Mayordomo de Palacio 
alojándose ambos en una lujosa casa, que más 
tarde perteneció a las Beatas Dominicas y cu- 
yo propietario les alquiló el segundo piso. 

Era una mansión importante, con entrada 
a la calle Dos Solas y un ala extendida sobre 
la calle de los Angeles. Tenía ancha escalera 
de piedra, galería volada sobre un umbroso jar- 
dín, con vista a la montaña, e incrustada en un 
torreón del muro exterior, una capillita, entre 
árboles y flores. Antonio tuvo en esa casa su 
alcoba y su estudio, que separaba una cortina. 
Piezas ambas desmanteladas, como convenía a 
su espíritu y correspondía a su situación. Allí 
tenía su mesa de trabajo y en ella una calavera 
al pie de un crucifijo, y en las paredes, una ima- 
gen de San Bruno, fundador de la Orden de la 
Cartuja y un cuadro que representaba un alma 
pecadora cayendo a los infiernos. 



Ahora sus días comenzaban con la aurora. 
Porque si recién a media mañana debía entrar a 



42 • 



clase, rezaba, meditaba y estudiaba mientras 
la ciudad dormía. 

Su vida iba siendo de más en más espiri- 
tual. Y así, luego de su frugal almuerzo y an- 
tes de volver al seminario, pasaba largo tiempo 
arrodillado en la capillita de la Virgen de los 
Angeles, allí en su jardín, y tan profundamente 
ensimismado, que su oración parecía un éx- 
tasis. 

Por eso cuando las hijas del dueño de casa, 
llevadas por un azar, lo sorprendieron, queda- 
ron tan admiradas, que desde entonces busca- 
ron pretextos para levantarse de la mesa, a fin 
de espiarlo, cosa de la que el meditativo jamás 
se apercibió. Pero el padre de ellas, extrañado 
por aquel desasosiego no acostumbrado, las si- 
guió cierta vez, obteniendo de las niñas esta 
encantadora respuesta: Venimos a ver rezar al 
seminarista porque nos parece un santo. 

Sin saberlo, habían pronunciado las mis- 
mas palabras que sus condiscípulos de los años 
escolares. Hacían el juicio que habían hecho 
sus camaradas de taller. Lo habían juzgado co- 
mo comenzaban a hacerlo sus compañeros de 
seminario. Porque Cuando uno de los semina- 
ristas, Vilamitjana, recuerde estos tiempos, 
siendo ya doctor en Teología, Obispo de Tor- 
tosa y Arzobispo de Tarragona, dirá: "Creo 
que ya era un santo". . . Y el muy ilustre doc- 
tor Sauquier afirmará algún día con el mismo 
convencimiento: "Desde sus comienzos existía 
en él esa heroica santidad que todos admira- 
mos". 

• 43 



La opinión era unánime. Antonio era ya 
un santo. 



Modestamente, sin embargo, aquel hom- 
bre no aspiraba a la santidad; sólo se prepara- 
ba para ser cartujo. 

Pronto vestirá el pardo sayal de los mon- 
jes, encerrado en la Cartuja de Montealegre, 
y, según su voluntad, llevará permanente cili- 
cio. Joven, desdeñará las conversaciones mun- 
danales. Enfermo, pasará los días de rodillas 
sobre las lozas. Porque ese es el camino que 
ha elegido. 

Y no ignora que su penitencia puede ser 
larga, muy larga, ya que durará hasta que Dios 
lo mande quedar bajo tierra. 

El Padre Bach, del Oratorio de San Feli- 
pe de Neri, de gran ascendiente con los semi- 
naristas, ha aprobado su decisión y corre en ese 
momento con los trámites. 

Pero a su alrededor nadie más conoce su 
proyecto. 

Y parte sin que sus compañeros sepan 
adonde, despidiéndose de ellos con un cordial 
"hasta la vista", que sólo para él, quiere decir 
"hasta la eternidad". 



Llega la hora de la reclusión, cuando la 
Torre de Diamante del Palacio Real de Madrid 
ostenta la bandera blanca que anuncia al mun- 
do el nacimiento de la Princesita Isabel, la hi- 

44 • 



ja de Fernando VII y de María Cristina de Ña- 
póles. 

La Marquesa de Santa Cruz, aya de la 
princesa, recién la llevará en brazos para ser 
bautizada en la Capilla Real, rodeada de una 
corte fastuosa y cerrada; y él por su parte, ya 
no andará más por el mundo. ¿Cómo podrían 
encontrarse sus destinos? 

Ni estaba previsto siquiera que ella llega- 
ra a ser reina, porque la ley sálica, puesta en 
vigencia por Felipe V, prohibía reinar a las 
mujeres, y no teniendo hijos el Rey, el trono 
pasaría al hermano de éste, Don Carlos, el tío 
de la Princesa. Y esa ley no había sido aún de- 
rogada. Además, el porvenir era lejano. 

¿ Podría imaginar alguno, sin que pareciera 
desvarío, que ese muchacho de manos hechas 
para las tareas fabriles, modesto, hijo de obre- 
ros, de naturaleza apocada, al que muchos ne- 
gaban talento y que aspiraba solamente a en- 
cerrarse en una celda, pudiera ser personaje en 
la Corte?. . . Cierto es que Ximenez, que tan- 
ta preponderancia tuviera en España, ya que 
fué confesor de Isabel la Católica, Arzobispo 
de Toledo, Primado de Iberia, y que el otro Fer- 
nando tuvo intención de designar, para ocupar 
a su muerte, la Regencia, era como 'Claret, de 
muy bajo origen. Pero este novicio era más 
llano, más tímido, más humilde; y sólo quería 
imitar a San P>runo. 

Pero nadie penetra los designios de Dios, 
hacedor de destinos. Y Antonio, que salió de 

• 45 



Vich para no volver nunca, no llegó a la Car- 
tuja. 

¿ Qué pasó? 

iban muchos viajeros por un camino que 
la tormenta había llenado de noche, cuando 
una turbonada con lluvias torrenciales, hizo 
que todos corrieran a buscar refugio. El anda- 
ba con ellos todavía. Pero ya no los acompañó. 

Estaba enfermo, aunque él no se creyera 
grave. Acaso sus pulmones no resistían aque- 
lla existencia de privaciones y trabajos. ¿Sin- 
tió que se ahogaba al huir ante la tempestad? 
Esa es la explicación más verosímil y la más 
admitida. Como una advertencia, quizá, quedó 
un punto de sangre en su pañuelo. 

Vió sin duda que su cuerpo enfermo, que- 
brado, roto, no era ya digno de ser ofrecido a 
Dios. Y que era demasiado fácil así pagar los 
pecados del mundo. Porque no es con peniten- 
cias tan breves que se forjan salvadores de 
hombres. 



Su retorno no sorprendió en el seminario, 
puesto que sus compañeros lo esperaban. Y 
ninguno sospechó la razón de su viaje, hallan- 
do natural que estuviera otra vez entre ellos. 
Pero se sabe que dió detalladas explicaciones a 
su confesor, y que éste lo oyó sin aprobar ni 
reprobar su conducta, sólo diciéndole: "Hay 
que esperar a que la Providencia resuelva su 
destino". 

Así volvió a clase, vencido, callado y hu- 
mildísimo, estudiando ahora hasta en los re- 



46 • 



creos, y durmiendo apenas. Y hasta en las va- 
caciones que pasaba con su familia en Sallent, 
llevaba vida conventual. 

Habló su hermana María de su encierro, 
de sus sacrificios, de sus privaciones. Había sa- 
cado los jergones de su cama, para hacerla 
más incómoda. No salía de su cuarto sino a la 
hora de comer. Ella misma sorprendió sus za- 
patos llenos de piedritas, que llevaba para mor- 
tificarse. Y una criada halló disciplinas debajo 
de su almohada, y una corona de espinas, que 
tenía para ceñirse las sienes. Y ésta, curiosa 
de encontrar esos instrumentos de dolor, lo es- 
pió a altas horas de la noche y vió que se daba 
latigazos, y le oyó decir quedamente: "¡Como 
Vos en el pesebre y yo en tan blanda cama! 
¡Vos en la Cruz y yo en regalado lecho! "Y en 
el libro de Cruz Ugalde se dice que, con cada 
azote que se daba, recitaba a modo de letanía 
"ora pro nobis". 

Iba así cumpliendo su programa de sacri- 
ficios, y a un tiempo haciéndose a una humildad 
y a una pobreza, que no dejará nunca. 

Tal vez pensara en las palabras de San 
Mateo, que dicen que el que se hiciere humilde 
será el mayor en el reino de los cielos. . . 



Antonio quiere ya sentirse más opaco y 
más insignificante cada día. Sólo aspira a ser 
como un parvulito, a fin de complacer a Jesu- 
cristo. Busca la humillación y hacerse oscuro y 
parecer el último, como otros, como tantos, bus- 



• 47 



can el triunfo y los honores. Y a manera de 
premio, que casi no merece, desea servir a los 
desheredados. 

Por eso pasa ahora las tardes de los do- 
mingos en el hospital, dedicado a tareas de en- 
fermero o de sirviente y ocupado en los más 
desagradables menesteres. 

Jamás se le ocurre reunirse con sus con- 
discípulos en los parques, cuando bajo el sol 
de invierno, en los mediodías claros, vigorizan 
su salud mientras tratan o discuten temas de 
clase, ni cuando en los lentos atardeceres de 
estío, buscan bajo la espesa fronda, el agrada- 
ble descanso, con el necesario apoyo del bre- 
viario. 

Ajeno a ellos y a lo que ofrece el mundo, 
medita en su alma la gran verdad. 

Medita, y se desvela por los hombres. Va 
a ellos para aliviarlos y consolarlos, con pala- 
bras dulces y actos llenos de abnegación. 

Sin embargo, a veces, un enfermo tiene es- 
crúpulos de dejarse servir por el seminarista, 
pues no considera que sean tareas propias pa- 
ra él. Pero es tanta la sinceridad y ardor que 
pone Antonio en que se le dejen cumplir sus 
propósitos, que todos ceden, porque compren- 
den que, inflamado por un santo deseo, como el 
de Asís al curar a los leprosos, está haciendo 
caridad divina. 



"Quiero pasar por la tierra haciendo bien 
como Jesús..." le oirá decir alguno. "Quiero 



48 • 



llevar la salud a los cuerpos y a las almas". . . 
Y alterna así sus estudios, con esos actos de 
piedad. 

En el libro que Puigdessens escribiera so- 
bre el Santo, se dice que desde el comienzo y 
cuando aún su virtud no había llegado al heroís- 
mo, demostraba ya poseer un corazón hermoso 
y verdaderamente grande. Y habla de su cora- 
zón nobilísimo y generoso, pronto siempre a la 
caridad, a la compasión y pleno de extraordina- 
ria y no común delicadeza. 

Está así junto al que sufre, al que pasa 
miserias. Alguno, sabiéndolo, indica un tugurio 
o una casa, de esas que no tienen llave, y a las 
que no hay interés en entrar. Y él va siempre. 

Una tarde, al empujar una puerta, halló a 
un hombre enfermo rodeado de niños que llo- 
raban de hambre. Los veía por primera vez, y 
ya estaba disponiendo todo como en su propia 
casa. En un rincón, como mueble inútil, estaba 
el telar del enfermo, con el que éste trabajara 
para mantener la familia. Y al verlo, Antonio 
dijo : 

— "Yo tejeré para que nada le falte". 
Y al retirarse, agregó que volvería al día 
siguiente. 

Volvió todas las tardes y hasta de noche, 
mientras dormían y ya no faltó el pan. 

Quisieron los niños saber su nombre. 
El padre dijo: — Es un ángel. 

— ;Es uno de los ángeles de San Isidro el 
Labrador? . . . 



• 49 



Ellos conocían la bella historia y hallaron 
precioso el encuentro. . . 

Aclaró el padre: — No es uno de aquéllos; 
es otro ángel. 

Volaban las ruedas del telar, de día, de no- 
che. Y hubo dinero para remedios, hasta que 
la tos de aquel padre atribulado cedió y desapa- 
ció su fiebre. 

Un día, pasados ya muchos días, dijo: 
— "Ahora me iré por el mundo a llevar a 
bocas hambrientas de Dios, el pan de la divina 
palabra". Y añadió con voz exaltada: "Siento 
que unas voces me llaman de lejos, de todo el 
mundo" . . . 



Antonio se superaba y se exigía mayores 
sacrificios cada día. Hacía un constante ejer- 
cicio de la humildad, de la caridad. Pero el sa- 
cerdocio exige muchas virtudes, muchas priva- 
ciones, muchos renunciamientos. Y él estaba 
en los comienzos. 

¿Lograría la perfección que anhelaba? 

En ese momento no pareció así, sino que 
todo estaba perdido, que iba a sucumbir. 

Se había propuesto el difícil camino sin 
sombras de San Luis. Y una mañana, que es- 
taba enfermo y la fiebre había puesto sus ner- 
vios en tensión, se apoderó de él un pensa- 
miento turbador. Era persistente. Iba dominán- 
dolo. 

Antonio invocó a su ángel. 

Pensó en su vocación que se desvanecía. 



50 • 



Ya no podría ser sacerdote. Ansiosamente ro- 
gó entonces al Señor para que lo librara de sus 
malos deseos. 

Iba desesperándose. 

Quizá, horrorizado contemplo aquella al- 
ma pecadora, grabada en la lámina de su es- 
tudio, y que veía descender a los abismos. ¿No 
tendrían eco sus ruegos? 

— ¡ Qué la Virgen me ampare ! Llamó así 
en su auxilio a la abogada de los pecadores. Y 
de nuevo ella oyó su llamado. 

Al darse vuelta en la cama, la encontró en 
el aire de su cuarto, ''hermosísima y graciosí- 
sima", como él dijo, con su ropaje carmesí, su 
manto azul, su cabello ondulado. . . Ella lo mi- 
raba con sus ojos dulces. . . En las manos sos- 
tenía una guirnalda de fragantes rosas, tan fra- 
gantes y bellas, como él no había visto otras 
iguales. . . ¿No estaba salvado? 

Extasiado miró su rostro luminoso... Y 
se vio a su lado, no como hombre, sino de ni- 
ño, puro, inocente, arrodillado y con las manos 
juntas. Se vió como antes. 

Y más atrás santos y santas, y en el fondo 
vió demonios . . . Los ojos milagrosos lo mira- 
ban. Los labios se movieron. Oyó su voz... 
"Antonio, esta corona será tuya si vences". . . 
Sintió la mano sobre su cabeza, y el niño que- 
dó coronado. 

Cesó de oir aquella voz. La imagen se bo- 
rró. Pero la voz y la imagen quedaron para él, 
en su corazón. Y dirá siempre: no fué un sueño, 



• 51 



no fué una ilusión; y victoriosamente soporta- 
rá ya todas las pruebas, porque para ello le bas- 
tará acordarse de aquella presencia, pensar en 
aquellas palabras . . . 



Muchos son los que van a atestiguar su 
impresión, mantenida a través de los años, los 
que van a oir a relatar el milagro, y dirán de 
una voz temblorosa todavía, encendida de 
amor, agradecida, de una voz que vivía el ins- 
tante, de una voz cálida de fe, preciosa de segu- 
ridad. 

Así, cuando el Santo sea Arzobispo y Di- 
rector del Escorial, narrará un día a sus discí- 
pulos esta aparición, pero sin nombrarse y co- 
mo si él fuera otro; y el Obispo Aguilar, que va 
a estar entre ellos, escribirá: "El rostro del Pa- 
dre Claret se animaba por grados al referirse 
al suceso; sus ojos parecían buscar o contemplar 
todavía a la Virgen; su voz era conmovida, y 
notábase en todo él algo extraordinario". . . 

Y este obispo, que fué su biógrafo, dirá 
también, cómo todos ellos al salir de la capilla 
se quedaron comentando el hecho: la seguri- 
dad con que hablaba, la viveza con que descri- 
bía la pena del joven y sus esfuerzos por resis- 
tir a la tentación, y el calor con que recordaba 
aquella alegría del que viera a la Virgen . 

Además, en otros lugares, distantes en el 
tiempo, también, de aquel suceso, se hicieron 
análogas constataciones. Y así, las Beatas Do- 
minicas, vieron que al entrar a su recibidor, 



52 • 



quedó en suspenso ante una imagen de la Vir- 
gen, que tan viva fué su emoción que todas cre- 
yeron que algún daño le sucedía. Pero que él 
dijo : 

— "Es que esta imagen me recuerda la apa- 
rición de Nuestra Señora, a un amigo mío". . . 
Y hablaba siempre así, porque su humildad le 
impedía expresarse de otro modo. 



Después, su agradecimiento a la Virgen 
va a estar dado por todos sus actos, por todas 
sus palabras. Y decía frecuentemente: "Alma 
cristiana, acude a ella en todas tus necesidades, 
ámala con fervor, sírvela con fidelidad, obsé- 
quiala con devoción". Es que aquel auxilio tu- 
vo hondísima repercusión en su vida y hasta en 
su obra futura. 

El Padre Puigdessens destacará después 
con qué frases tan vivas se refería a ella. El Pa- 
dre Aguilar hará conocer una oración, desde 
cuyas primeras palabras se advierte el ofreci- 
miento : 

"Yo, Antonio María Claret, Arzobispo, 
quisiera tener todas las vidas de los hombres 
para emplearlas en el servicio de la Madre de 
Dios; quisiera tener todas las vidas de los San- 
tos y Santas del Cielo para amar a la Santí- 
sima Virgen María Madre de Dios, con aquel 
perfectísimo y ardentísimo amor con que ellos 
actualmente la aman"... 

En cada palabra de la oración, en éstas y 
en las que siguen, está dado ese amor que hizo 



• 53 



decir al Padre Gorricho, ai estudiar al Santo, 
que: "difícilmente, aún nombrando a San Bue- 
naventura, a San Bernardo, a Luis de Mont- 
fort, a San Ligorio, pudiera hallarse hijo más 
encorazonado de María". 

¿No afirmaba la hermana de Antonio, que 
aquel amor era tan total, que sacudía todas 
las fibras de su espíritu y que sus directores 
espirituales nunca llegaron a comprenderlo ple- 
namente? 



Pero volvamos atrás. Estamos en el mo- 
mento en que cursa su segundo año de filoso- 
fía, época en la que, a los ojos del mundo no 
se presenta todavía como mejor que los otros. 
Y esto vuelve más extraordinario el suceso ya 
narrado de la aparición de la Virgen. 

Por el momento es casi como cualquiera, 
aunque algunos profesores le reconocieran co- 
mo buen estudiante. Pero ¿eso importa ante lo 
que luego va a ser? En matemáticas especial- 
mente, en álgebra y geometría, es el primero 
de la clase. En cambio no destaca en las espe- 
culaciones del espíritu. El Padre Gorricho, al 
buscar una explicación de esto, dice que Anto- 
nio había desarrollado actividades distintas a 
las de sus compañeros, ya que al principio se 
movía en un campo más práctico que especula- 
tivo. Y así puede ser, porque luego, al profun- 
dizar sus estudios, cursará con brillantez los 
siete años de teología. 

Y su biógrafo, el Padre Aguilar, advierte 



54 • 



por otra parte que, en ese momento, la clasifi- 
cación de mediana era la más alta que daba el 
Seminario, pues sólo se decía: "reprobado", 
"aprobado'' y "mediano", y que de este modo 
"mediano" venía a significar curiosamente la 
máxima clasificación. 

Pero asimismo se discutirá mucho si tenía 
o no talento, y aun si era o no inteligente. Tal 
vez, sus demás extraordinarias condiciones, sus 
virtudes, impedían que resaltaran demasiado 
los dones de su intelecto. Con todo, un insigne 
historiador y canonista, a quien cita a estupro- 
pósito uno de sus biógrafos, y que era uno de 
sus condiscípulos, Vicente Lafuente, va a sos- 
tener que "tenía mucho talento"; el doctor Ma- 
riano Puigllat, Obispo de Lérida, a quien tocó 
ser su profesor de teología, en carta dirigida al 
propio Papa, dirá también de su "esclarecido 
talento, además de sus indiscutidas condiciones; 
y el Pontífice Pío XI en la alocución pronun- 
ciada en la solemnidad de sus virtudes heroi- 
cas, empleará para juzgarlo, la palabra "ge- 
nial", con lo cual hay que dar por agotado el 
tema. 



Antonio María Claret fué un ser notable. 
¿Acaso no basta eso? Y en este aspecto hay 
absoluto acuerdo. El padre Bach sostenía va 
entonces que veía en él algo extraordinario, ta- 
les sus términos. El Obispo de Vich, don Mar- 
tín de Jesús Corcuera se expresaba en forma 
idéntica. 



• 55 



Y también el doctor Sarrarica. ilustre ca- 
tedrático, a quien el seminarista fuera a con- 
sultar sobre algún punto, luego de sostener con 
el muchacho una larga entrevista, quedó di- 
ciendo: "Ya veremos, ya veremos, lo que con 
el tiempo llegará a ser este estudiante". . . Y 
más tarde, el padre Puigdessens, en su obra ti- 
tulada "El espíritu del Venerable Padre Anto- 
nio María Claret" hablará de su plenitud inte- 
lectual. Dirá que en él se juntaban de modo 
no común todos los factores esenciales: com- 
prensión, dirección, invención y censura, sin 
que ninguno de esos factores se hallara ate- 
nuado o disminuido. 

Este sacerdote, que era escritor y psicó- 
logo, clasifica su inteligencia dentro del tipo 
concreto. Lo muestra como un talento prácti- 
co, inclinado a las ciencias concretas y con afi- 
nidades artísticas, con gusto y facilidad para el 
dibujo e inclinación para la poesía y la música, 
que en efecto, va a ensayar también. Y luego 
de hacer resaltar sus rasgos de tipo concreto, 
su indiscutida disposición para las matemáti- 
cas, llega a la conclusión de que "disfrutó de un 
equilibrio intelectual que dista mucho de ser 
frecuente". 



Este paréntesis hecho para señalar al lec- 
tor las condiciones intelectuales del Santo, nos 
ha apartado de su vida, haciendo olvidar que 
estamos todavía en sus horas de estudiante, y 
que cursaba su tercer año de filosofía, cuando 



56 • 



Sus superiores consideraron que podía recibir 
la tonsura. 

Con asombro de sus compañeros se le in- 
corporó al estado eclesiástico antes de lo esta- 
blecido. Casi en seguida se le dieron las órde- 
nes menores y no mucho tiempo después fué 
designado presbítero y luego vicario de parro- 
quia. 

Y lo interesante, es que, mientras tanto, 
Antonio seguía sus estudios y daba exámenes, 
hasta que, por decoro de los cargos, según se 
le dijo, debió continuar su carrera privadamen- 
te. ¿Es que podía convenir que un sacerdote es- 
tudiara entre los seminaristas? Y porque en él 
se habían abreviado etapas, se produjo esta sin- 
gular situación. 

Así, recibía el subdiaconado a tiempo que 
Balmes, varios años adelantado a él, recibía el 
diaconado. Y de ahí que juntos cantaran la mi- 
sa de la ordenación, Balmes en el Evangelio y 
Claret en la Epístola. 

Y unos meses después, en junio, el día de 
San Luis Gonzaga, dijo su primera misa; y en 
julio del mismo año recibió permiso para con- 
fesar y en setiembre subió al pulpito. 



El novel sacerdote iniciaba su ministerio 
en tiempo de persecusiones para la Iglesia. 
Ocupó su primer cargo eclesiástico, casi al co- 
menzar la Regencia de María Cristina, aquella 
princesa extranjera, esposa de Fernando VII, 
a la que el pueblo no quería, que no tuvo tam- 



• 57 



poco el apoyo del partido católico — que deci- 
didamente, se había puesto de parte de don 
Carlos, el pretendiente de la Corona — y que, 
a causa de sus dificultades para gobernar, ha- 
bía buscado respaldo en el partido liberal, que 
la obligó a una política de violencias para la 
Iglesia y de persecuciones a los sacerdotes. 

El clero pasaba, pues, momentos dificilí- 
simos. 

Y agravó y complicó grandemente este es- 
tado de cosas, un hecho desgraciado, que se 
aprovechó para engañar la opinión y desen- 
cadenar sus iras contra la Iglesia. 

Un barco que había llegado de ultramar 
a uno de los puertos españoles, traía a su bordo 
enfermos de cólera, y ésta se propagó de una 
ciudad costanera, a otras muchas ciudades y 
pueblos, causando enorme mortandad y páni- 
co entre todos. Y un descuido de las autorida- 
des, un error de la sanidad, y su falta de cor- 
dones sanitarios, que provocó miles de muer- 
tes, se quiso hacer recaer sobre los monjes, pro- 
pagando criminales versiones, y diciendo que 
los monjes, descontentos con la política del go- 
bierno, habían envenenado las aguas de los ríos, 
con lo cual habían originado aquella terrible si- 
tuación. 

La reacción del pueblo fué la que se había 
previsto y querido. En una noche fueron incen- 
diadas numerosas iglesias, conventos, bibliote- 
cas católicas y archivos de gran valor histó- 
rico, además de ser asesinados muchos sacer- 
dotes y monjes. 



58 • 



V esto creó lógicamente un momento de 
tremenda confusión, de odios, de saña, de crí- 
menes. Pero el joven sacerdote puso en juego 
un gran tino y una inesperada diplomacia, a fin 
de poder tratar con las enervadas autoridades 
locales sin chocar en nada, y cambió notas con 
la Diputación, siempre en un tono elevado, con 
lo cual pudo sostener su posición, porque sus 
palabras acertadas, corteses y firmes asimismo, 
no molestaban y los asuntos se arreglaban con 
beneficio para ambas partes. De ahí que, cuan- 
do la Iglesia dispuso que pasara a otro lugar, 
a un cargo que significaba para él un ascenso, 
allí, sin distinción de tendencias, y tanto auto- 
ridades como particulares, solicitaron que le 
fuera concedido el ascenso sin sacarlo del pue- 
blo, que lo quería y lo respetaba. 



Casi adolescente era así cura párroco. Y 
como ejercía el cargo sin haber terminado sus 
estudios, y atendía a un tiempo sus deberes de 
confesor y predicador y demás tareas inheren- 
tes a la parroquia, estudiaba durante la noche. 

Y ese doble esfuerzo que cumplía, no lo hi- 
zo descuidar nunca tampoco a los enfermos y 
a los pobres, que acudían a él y que esperaban 
todo de él. Así ellos se apiñaban en su puerta, 
en su escalera; sin que ninguno se retirara sin 
ser socorrido, pues hasta daba su almuerzo mu- 
chas veces a los que llegaban con hambre, aun- 
que él debiera quedar entonces casi en ayunas. 
Y, si alguno iba harapiento en busca de vesti- 



59 



dos, que no tenía, enviaba a su hermana María 
a alguna casa pudiente del barrio, a fin de que 
la limosna no dejara de hacerse. 

Además, Antonio daba a sus pobres todas 
sus rentas y sueldos, y había pensado vender su 
biblioteca, aun cuando por sus estudios la ne- 
cesitaba mucho. Pero quien sabe si pensaba en 
las palabras del gradual, que dicen: "La sabi- 
duría de este mundo es necedad ante Dios". . . 

Y si puede sospecharse que ese fuera su 
pensamiento, es porque para cumplir su misión 
nunca hizo uso de los grandes conocimientos 
que llegó a poseer, sino que habló a todos con 
sencillez, claridad y humildad, sin emplear la 
hojarasca de las vanidades, hablando de Dios a 
los hombres como si fueran niños, con palabras 
puras, como de agua. 



Esta actitud era lógica en quien, como él, 
estuvo siempre apartado de los intereses pro- 
pios, sin los anhelos y pasiones de los demás 
hombres. Y esto sucedía porque era limpio de 
corazón y sano de espíritu, y hallábase total- 
mente en una actitud de acatamiento y confor- 
midad. 

Se cuenta así el caso de que hasta su pro- 
pia madre ignoraba sus simples gustos y prefe- 
rencias. ¿Es que no deseaba en verdad nada? 
Ella pudo creer que a su hijo todo le era igual, 
porque así era en él, como flor que recibe con 
la misma gracia, el sol y la lluvia. En vano ella 
buscó darle los comunes y pequeños halagos. 



60 • 



No los necesitaba, porque para él todo era bue- 
no. ¿Qué podía entonces desear? 

— "Lo que usted me da, siempre me gus- 
ta", era la respuesta que obtenía. 

Y si ella insistía, deseosa de arrancar su 
secreto a aquel hijo sacrificado, no conseguía 
sino la misma angélica respuesta: 

— "Lo que usted me da, es siempre lo que 
más me gusta". 

Y esto probaba una conducta ya trazada. 
Había aprendido a tomar la diaria gota de 

agua, con sus variaciones corrientes, siempre 
como elixir precioso, y disfrutaba de una ín- 
tima, inalterable felicidad, acaso de la felicidad 
que se halla en el mayor sacrificio, que se halla 
en la conformidad absoluta. 

Una cosa, sin embargo, deseaba ardiente- 
mente y de ahí su pedido a los hombres: 

— "Rogad para que pueda derramar mi 
sangre por Jesús". 



¿Qué camino debía tomar para realizar su 
único deseo? 

Pensó en el camino de las misiones. Lle- 
varía la cruz a los descreídos, a los ignorantes, 
a los salvajes. 

En esas "Cartas de los Angeles", que aca- 
baba de publicar, mostraba condiciones que lo 
señalaban como elemento a propósito para 
evangelizar. Pero, ¿cómo llegar a ello? 

Soñó con fundar una congregación de mi- 
sioneros. Consultó el proyecto, y en general, se 



• 61 



le aconsejó que lo aplazara. Eran tiempos de 
muy mala voluntad para esa clase de empre- 
sas. Balmes, Sauquier y Francisco de Asís 
Aguilar — los consultados — consideraron que 
era hora difícil. 

¿Qué debía hacer entonces?... Fué a Coll- 
sacabra a fin de conversar sobre el proyecto con 
el padre Bach. "Si él juzga que aún no es opor- 
tuno, me voy a las misiones extranjeras". 

Y con estas palabras se despidió del padre 
Aguilar, añadiendo: "Me iré porque tengo sed 
de derramar mi sangre por Jesucristo". Volvía 
a repetir lo que había dicho siempre. V como la 
respuesta de Bach tampoco era la que esperaba, 
partió para Roma. 



Hacía tiempo que Antonio soñaba con la 
lucha heroica; pero los hombres no aprobaban 
sus proyectos, hablando asimismo de esperar. 
Por eso partiría sólo. 

Debió leer pues, y releer muchas veces 
aquel versículo del Libro 10 de Isaías, que pa- 
recía haber sido escrito para este momento: 
"No temas, que estoy contigo; no declines, por- 
que yo soy tu Dios''. Y eran palabras que im- 
pedirían que desmayara. El Señor guiaría sus 
pasos. El lo llevaría de la mano. 

Terminado el verano de 1839 emprendió 
un viaje cuyo destino podía ser Asia, Africa, 
América. 

Por última vez pasaba ahora delante de las 
casas cerradas de su pueblo, y hacía su despe- 



62 • 



dida al suelo y a las cosas, en aquella hora in- 
móvil y sin sombras, que precede al día. Se ale- 
jaba sin tener que pronunciar un adiós ni oír 
una voz amiga. Empezaba a andar por campos 
en los que la escarcha iba levantándose, bajo 
olivos oscuros, ya por las laderas de los Piri- 
neos, que subía y bajaba a grandes zancadas, 
como era su costumbre, y ahora con más razón, 
porque iba a ser largo el camino. 

Ya a cruzar a pie el sur de Francia, en 
busca de un puerto, recogiéndose apenas en los 
pueblos de paso, albergado por caridad en los 
conventos. Y lo hará sin llevar una presenta- 
ción, sin pertenecer a ninguna orden religiosa, 
sin que se sepa quien es, y en muchos lugares 
le pedirán asimismo que se quede para siempre. 
¿Por qué? 

Iba a ellos con su sotana ordinaria, con un 
libro de oraciones en la mano, un montón de 
rosarios en el bolsillo, sin dinero y sólo con su 
gran paraguas y un hatillo de percal que la es- 
casez de la ropa que había guardado tornaba 
ligero de llevar. Era un cura pobre y sólo se 
sabía que venía de lejos, que iba lejos. 

Era bajo, muy bajo, flaco entonces, de ras- 
gos vulgares y de piel cetrina, como la de los 
enfermos biliares, aunque en su pasaporte se 
dijera "buen color". Tenía los cabellos casta- 
ños, como los ojos, de un castaño claro tam- 
bién, que en el pulpito parecerá a todos más 
claro, y de una mirada suave, pero penetran- 
te, que veía más allá de lo que los ojos hu- 



• 63 



manos suelen ver, y a veces más allá también 
de lo que él quería ver; y los llevaba de conti- 
nuo bajos, entornados siempre. Y hablaba con 
una voz dulce, a pesar de lo áspero del acento 
catalán, una voz que entenderán todos, aun sin 
saber el idioma, que arrastrará a los públicos, 
que sobrepasará a los auditorios, y que inex- 
plicablemente llegará a oyentes ausentes. . . 



En cada lugar hallaba quien lo guiara, co- 
mo si anduviera siempre con su ángel a su la- 
do. Generalmente eran hombres que se acer- 
caban a él, sin que él los interrogase, y como si 
estuvieran esperándolo. En Marsella, un joven 
distinguido lo acompañó por la ciudad durante 
los cinco días de permanencia, y como un guía 
lo llevó al consulado, se ocupó de sus pasapor- 
tes, fué con él a las agencias marítimas, y lo 
hizo visitar iglesias, conventos, bibliotecas, 
museos, como si su deber fuera atenderlo. Lo 
esperaba en la puerta de la casa en que se hos- 
pedaba, pronto para cuando saliese, sin hablar 
nunca de comer ni de beber y, cuando fué a 
embarcarse, tomó el equipaje, "tan ocupado 
de mí — dijo Antonio — que más parecía un 
ángel que un hombre", y añade que desapare- 
ció en el muelle, sin que pudiese explicarse có- 
mo, y como otras veces había sucedido con 
quienes se acercaban a servirlo. 

El barco salió con las velas desplegadas y 
brisa favorable. El fué a la cubierta, que era 



64 ♦ 



su sitio, y se instaló junto a un cañón que le ser- 
viría de almohada para apoyar la cabeza, al 
lado de unas cuerdas arrolladas, que serían su 
cama. 

Había una promisoria paz azul, y mien- 
tras la luz dejaba ver todavía la lejanía de las 
costas, él leía sus rezos. Se sentía bien en aquel 
medio incómodo, con aquellos compañeros de 
travesía que discutían sin entenderse, hablando 
a gritos, con ese espíritu de camorra de los que 
han de molestarse con sus vulgaridades, con el 
lloro de sus niños, con el olor rancio de sus ro- 
pas y de sus comidas, con sus risas y bromas 
agresivas. Pero él había estado muchas veces 
en sus casas, o en casas como las suyas: había 
curado en los hospitales a hombres como és- 
tos y sucios como éstos; había tratado con gen- 
te de la misma incultura, y, no le incomodaban. 
Y esa noche, serenamente seguía su oración. 

Habían entrado ya ahora en las tinieblas 
dormidas. Estaba el mar en calma, y también 
en calma el barco. Sólo velaban los que tenían 
la responsabilidad de las vidas de los viajeros 
y él, porque se sentía responsable de sus almas. 

En el silencio hubo como un imperceptible 
silbido de serpiente. El aire estaba quieto y 
dejó oírlo. El mar estaba quieto, sin murmullos. 
Se dieron órdenes breves y se plegaron las ve- 
las, y después volvió todo a la quietud. 

Era un viento lejano, que no se veía, un 
viento que se escondía en los horizontes. Arri- 
ba seguían encendidos los astros, y abajo todo 
era sueño. 



• 65 



Pero de pronto el huracán bailó sobre los 

palos, y como una sorpresa crujieron las made- 
ras y las olas se encresparon. En un segundo 
todos los ojos se abrieron con espanto. Los 
hombres corrieron con sus pequeñuelos, asus- 
tados, sin saber qué hacían, con sus paquetes, 
con sus ropas. Bajaron las escaleras, entraron 
en los salones, tomaron por asalto los camaro- 
tes. 

El mar balanceaba la nave como a una ha- 
maca. Era un mar blanco en la noche negra, 
que pasaba sobre la cubierta en la que única- 
mente habían quedado dos benedictinos y el 
cura. Estaban de rodillas y bajaban sus cabe- 
zas ante cada ola que se derramaba sobre ellos, 
sin interrumpir sus oraciones. 

— "Hágase la voluntad del Señor". . . 



El amanecer trajo una lluvia gris sobre un 
mar que se iba haciendo lacio. 

Ninguno de los viajeros pensó desde luego, 
en volver. Así, en las cubiertas desamparadas 
que lavaban las nubes, sólo permanecían los tres 
religiosos, con sus hábitos chorreando mar, sus 
meriendas saladas y frío desde la piel a los hue- 
sos. 

A la tarde, el cura pudo abrir su libro y re- 
zar las horas menores. Había amainado el tem- 
poral y ya no llovía. Los viajeros comenzaban 
a volver. Antonio estaba con la sotana arru- 
gada y húmeda todavía, cuando un señor in- 
glés, que había ido a mirar el aire y los hori- 



66 • 



zontes, emocionado al ver aquel cura, le ofre- 
ció un óbolo. El dudó. Después lo aceptó para 
los benedictinos, que lo precisaban de veras. 

El donante supo de aquel desprendimien- 
to, o tal vez observó la escena, porque lleno de 
admiración se acercó al sacerdote para ofrecer- 
le, esta vez, su casa en Roma. 

Halló extraño que en la situación en que 
estaba el cura no admitiera un socorro. Pero 
Antonio iba a seguir a pie por Italia, como des- 
de el comienzo del viaje. Y así haría el camino 
de Civitavechia, sin incomodarse por el suelo 
áspero, ni por las nubes de polvo que levanta- 
rían los coches al pasar junto a él. 

Iba a su vocación, amando las dificultades, 
amando la pobreza. Las penalidades esculpi- 
rían a martillazos su cuerpo y su corazón, y él 
seguiría diciéndose: 

— "No digas nunca basta" . . . 

— "Alma cristiana, camina siempre hacia 
la perfección' , . . . 



Al azar anduvo por la gran ciudad con una 
carta de presentación que el mar había deste- 
ñido, y que estaba dirigida al Obispo Vilardell, 
que acababa de partir para el Líbano, e iba a ser 
difícil orientarse. Golpeó la puerta de un con- 
vento, de la Orden Carmelitana, el primero que 
halló a su paso, y el principa] de aquella casa, 
catalán como él, lo acompañó hasta San Basi- 
lio, adonde encontró refugiados españoles, y 
entre ellos a Xifré, su antiguo compañero. 



67 



Sin embargo, no era su propósito perma- 
necer mucho tiempo en Roma, sino partir para 
las misiones, y mientras daba término a su pro- 
yecto, fué a hacer los ejercicios del año, que 
aún no había hecho, en un convento de la Com- 
pañía de Jesús. Todo fué casual; pero allí, en 
cuanto se enteraron de sus proyectos, lo ani- 
maron a que se agregara a la Compañía, de- 
mostrándole que era peligroso y menos eficaz, 
hacer las misiones solo. Y, aunque era verdad, 
y lo reconocía, él vacilaba. Se consideraba sin 
cualidades para formar parte de aquel grupo 
de sacerdotes tan virtuosos y sabios, y pasaron 
algunos días antes que presentara su memo- 
rándum. 

Tenía que indicar sus méritos, condiciones, 
deseos e intenciones, además de los estudios 
efectuados y de sus datos personales; y cando- 
rosamente escribió, así: "Tengo buena salud, 
poca estatura, y memoria no muy fácil. Me 
agradan mucho las cosas espirituales, sobre to- 
do, visitar enfermos, oír confesiones, exhortar 
al pueblo, tanto que en estos ejercicios soy in- 
fatigable, como yo mismo lo he experimentado 
en estos últimos cuatro años". 



Nada más dijo a su favor, y probablemen- 
te no tenía nada más que decir. Pero fué admi- 
tido, por lo cual volvió a ser novicio. 

Era este un noviciado severo y muy im- 
portante, en el que comprendió que iba a apren- 



68 • 



der mucho; pues se hallaría entre religiosos 
muy adelantados en virtud y ante quienes se 
reconocía inferior. Ellos practicaban sacrificios 
preciosos, actos devotísimos y secretos, cum- 
plidos en la soledad de sus celdas, sin que fue- 
ran divulgados como propios, pero que, para 
estímulo de los demás, debían ser detallados en 
un papel anónimo, y echados a un buzón de la 
celda del prior, a fin de que en las vísperas de 
las grandes fiestas, cuando se reunía la comu- 
nidad, fueran leídos a modo de letanía. Y los 
vió así cumpliendo actos magníficos, y cum- 
pliéndolos calladamente, ejemplares en su for- 
ma y en su fondo, de una virtud viva, de una 
devoción sincera, y, agradeció a Dios el favor 
que le había hecho al llevarlo a Roma. Antonio 
se encontraba en aquella casa como en una es- 
cuela de santidad. V con su humildad, con su 
fervor y su deseo de sacrificios, estaba ansioso 
por recibir las bellas enseñanzas. El que esta- 
ba dispuesto a dar su sangre por el Señor, com- 
prendió cómo se podía dar gota a gota, en aque- 
lla diaria humildad, en aquella paciencia de to- 
dos los momentos, en una sobriedad absoluta, 
en la mortificación, en el desprendimiento, en 
las privaciones. 

Veía a un venerable sacerdote, sentarse en 
el refectorio siempre junto a una pequeña me- 
sa baja, al lado de la grande, sin que se le sir- 
viera sino un jarro de agua y un pedazo de pan. 
Y Antonio que se privaba del vino, de la car- 
ne, de los manjares delicados y apetitosos, re- 
cibió allí una lección. 



• 69 



— "Bendito seáis, Dios mío, que tan bueno 
y misericordioso habéis sido conmigo!''. 



El agradecía que se le enseñara a vencerse 
y a sufrir. 

Se le privó de la Biblia, aquel libro que te- 
nía siempre en las manos, y no se le entregó 
hasta el momento de su partida. Y fué en ver- 
dad una manera de probarlo. Había que acep- 
tar las privaciones, saber obedecer alegremen- 
te. Y ¡cuán dulce y dura resultó a Antonio 
aquella lección! Pero estaba asimismo conten- 
to. Sabría hacerse digno de entrar en la Com- 
pañía y hacía su noviciado obediente y fervo- 
roso, con la gran esperanza de las misiones, 
cuando una mañana un terrible dolor le impi- 
dió levantarse, pues, según sus palabras, "es- 
taba tullido". 

Antonio fué llevado en seguida a la enfer- 
mería y atendido solícitamente. Pero no se cu- 
raba, ni siquiera mejoraba. Pasaron de este 
modo muchos días, y el Prior, ante la insistencia 
del mal, le dijo: 

— "Es voluntad de Dios que usted vaya 
pronto a España". Y frente al desconcierto del 
novicio, añadió: 

— "¡ Animo ! No tenga miedo" . . . 

Era evidente que no podía ser misionero, 
como no había podido tampoco, ser cartujo. 

Debía volver a su país revolucionado, e in- 
tentar una acción que no sería probablemente 
eficaz. Y ni siquiera sabía a qué ciudad o pue- 
blo debía dirigirse. 



70 • 



Los jesuítas le aconsejaron que íuera a 
Manresa, aquella ciudad religiosa e ignaciana, 
como dijeron. Otros sacerdotes le hablaron de 
Berga, un pueblo que estaba al margen de la 
política y acaso al margen de todo. 

Pero Antonio fué a Vich. 

Y de Vich fué enviado a Viladrau. 



Cuando él llegó, los campos estaban en 
primavera. Era 1840, en aquel pueblo mísero, 
de carboneros y leñadores, levantado en ple- 
na selva, entre abetos, hayas, nogales y fres- 
nos, en tierras quebradas y de abundantes 
aguas, que azotaban sin piedad los temporales. 
El predicaría, confesaría, diría su misa. 

El pueblo ya había sido destruido trece ve- 
ces por la guerra, había sido' trece veces sa- 
queado. Los que pudieron abandonarlo, lo hi- 
cieron. Hasta los médicos se habían ido. Y por 
ello las farmacias habían cerrado. La miseria y 
el dolor eran así pavorosos. Los enfermos se 
morían sin ser atendidos. 

El enseñaba a rezar. Explicó el catecismo, 
que desconocían, leyó ante ellos los Evange- 
lios, e hizo que esa pobre gente rezara el rosa- 
rio y cantara el Trisagio también, el cual adqui- 
ría tal grandiosidad en aquellas alturas, entre 
los cerros, que se hizo famoso y quedó incor- 
porado a las costumbres locales. Cumplía su 
misión. Pero vio que debía enseñar también las 
letras y todo lo primario, porque no podía de- 
jarse a todos en aquella ignorancia. 



• 71 



Antonio cuidaba así sus espíritus, salvaba 
sus almas con una estricta conciencia y celo 
perfecto. Pero ellos continuaban enfermándo- 
se, y sus cuerpos sin medicamentos, sin auxi- 
lios, parecían condenados. Xi siquiera se les po- 
día aliviar ej dolor físico. 

Por piedad, para ayudarlos, compró, en- 
cargó, mandó buscar, algunos libros de medi- 
cina práctica y se hizo enseñar por un herbo- 
rista, conocido suyo, las propiedades de algu- 
nas plantas medicinales, que él mismo recogía 
recorriendo la selva, para hacer con aquellos 
buenos yuyos, infusiones, lavados o cataplas- 
mas. Y consiguió que algunos se sintieran me- 
jor, y hasta sin explicarse cómo, que muchos 
curaran. 

Para suerte de los habitantes del pueblo, 
este sacerdote, no era solamente un hombre 
piadoso y devotísimo, sino que era también un 
hombre de voluntad y de acción, que no queda- 
ba pasivo ante sus desgracias, sino que obraba 
con inteligencia, energía y eficiencia y que supo 
adaptarse a las apremiantes necesidades de 
aquellos desgraciados y se ocupó de ellos sin 
darse reposo. De ahí que todos acudieran en- 
seguida a él. Querían verse libre de los dolores, 
paliar las enfermedades y además, ahuyentar la 
muerte. 

Antonio les daba su corazón. Volvían fe- 
lices y llenos de salud. Los curaba con yuyos, 
o a veces solamente con agua. . . 



72 • 



Pero los curaba, él mismo pudo consta- 
tarlo. 



Un día lo esperó en la calle un muchacho 
paralítico. Lo habían traído de un pueblo veci- 
no, después de haber recorrido todos los pue- 
blos y ciudades de los contornos y luego de ha- 
ber sido desahuciado por todos los médicos. Su 
madre pedía angustiosamente que lo curara. 
Pero, ¿qué podía hacer él?. . . Tuvo lástima. 
Sólo podría darle unas horas de ilusión. Vaci- 
laba; y ellos insistían. Ya lo había dicho, él no 
era médico. Pero cedió ante aquella desespera- 
ción y recetó un tratamiento inofensivo. 

Y unos días después, el muchacho, comple- 
tamente curado, estaba escuchando su misa. 

Así empezó la fama del Santo. 



Un mal, que no se conocía, atacó simultá- 
neamente a unas muchachas del pueblo. Su- 
frían mucho y no podían trabajar; y, con ge- 
neral asombro, él dió un remedio para aquella 
enfermedad. Después fué una epidemia que se 
propagó entre los niños. De todas las casas lo 
llamaban a un tiempo, y con una sola aplica- 
ción de un remedio que dió, quedaban sanos. 

Llegaban ya los enfermos de otros pue- 
blos. Y aunque se resistía a atenderlos, era du- 
ro dejarlos partir sin hacer nada por ellos, y 
por eso, aunque advertía que no era médico y 
que no sabía nada de medicina, los curaba. An- 



• 73 



tonio comprendía que había invadido un campo 
desconocido. Pero los enfermos llegaban cada 
día en mayor número. Pidió entonces a Dios 
que le diera luces. Y se dice que recetó reme- 
dios que durante años se siguieron usando con 
eficacia en todos los pueblos de la comarca, y 
que algunos médicos juzgaron más adelante, 
"como cosa extraordinaria en un hombre extra- 
ordinario" . . . 

Devolvía la vista a los ciegos, hacía cami- 
nar a los paralíticos. 



Pero tuvo que ausentarse. Se alejaría so- 
lamente por unos días. Los humildes lugareños 
quedaron desolados al saberlo. El los tranqui- 
lizó diciendo que volvería pronto. Y volvió. 

Fueron así pocos días los que estuvo au- 
sente, y, sin embargo, el breve alejamiento 
bastó para que olvidaran sus beneficios y su 
doctrina. 

Llegaba el Santo en uno de los días de car- 
naval. 

En la plaza, numerosas parejas estrafala- 
riamente arregladas, bailaban con desenfreno. 
Quedó atónito. Les había dado lecciones claras 
como el agua y que parecieron haber compren- 
dido. Pero ya las habían olvidado. Estaban con 
los espíritus oscuros como antes, llenos de con- 
fusiones, y como tocados por un histerismo co- 
lectivo, ahora todos reían y gritaban a un tiem- 
po, contorsionándose con estúpida alegría. 

El llegaba de hacer misiones y quedó es- 



74 • 



pantado. Eran los mismos que cantaban el ro- 
sario por las calles, que cantaban el Trisagio 
por los cerros . . . 

Tomó un crucifijo, y alzando el brazo se 
lo mostró. Así entró a la plaza severo y se- 
guro. Y con el crucifijo los detuvo. Dió vuelta 
entre todos. Las parejas se separaban. Dejaban 
de bailar, dejaban de reir. Retrocedían. Muchos 
se fueron a sus casas. Muchos se alejaron aver- 
gonzados. 

Pero otros retrocedieron y siguieron el 
baile un poco más lejos. Se sintió vencido. Ellos 
ofendían a Dios. 

Y las autoridades se desentendieron, sin 
ayudarlo. 

Abrumado, fué a arrodillarse ante el Sa- 
grario, para pedir clemencia para los pecado- 
res. Fué a rogar por los que reían al desobede- 
cerle, por los que ultrajaban sus hábitos, por 
los que cantaban como si estuvieran ebrios, por 
los que en verdad, no sabían lo que hacían. 
Pero comprendió que era inútil quedarse con 
ellos. 

Lo llamaban de otras partes; y, resolvió 
partir para Vich, esa ciudad que fué siempre 
su refugio. 



¿A qué quedarse y sacrificar días que a 
otros resultarían benéficos? ¿A qué seguir ha- 
blando con ellos, si en sus mentes todo se bo- 
rraba? ¿No era como escribir en la arena? 

Parecieron civilizados y estaban como an- 



• 75 



tes, en sus costumbres primitivas. No había lo- 
grado dar a esos carboneros una conciencia 
moral, a esos leñadores, a esos pastores. . . 

A pesar de su celo no se iluminaron sus 
espíritus y quedaban sin religión y como sin 
Dios. 

El misionero se iba con pasos melancóli- 
cos. Su predicación, caída en terreno infértil, 
no daría casi flor. 

Se alejaba meditando. 

Dialogaba con el Señor misericordioso que 
todo lo comprende. 

Caminaba con los ojos bajos, sin ver un 
resplandor que como una aurora encendía el 
horizonte. 

Cuando miró ardían los campos del herbo- 
rista Boffil, el que le había enseñado a conocer 
los yuyos buenos para la medicina. Muchos 
hombres se agotaban en desesperados esfuer- 
zos, sin lograr apagar el incendio, y las llamas 
ya encerraban la casa. 

El llegó haciendo en el aire la señal de la 
cruz, por un lado, por otro, por los cuatro la- 
dos. Y su bendición apagó el fuego. 

— ''¡Milagro!" gritaron todos llenos de 
emoción, y cayeron de rodillas. "¡ Milagro ! ¡ Mi- 
lagro !" 

—"¡Es un Santo!" 



Ahora se le había dicho de predicar en 
Vich. 

La ciudad lo esperaba llena de viajeros que 

76 • 



acudían a escuchar su palabra de predestinado. 
Se llenaron las posadas, muchos debieron ser 
alojados en las casas, hasta en las salas, en los 
patios y numerosas familias acamparon en los 
alrededores por no hallar alojamiento y confor- 
mes asimismo, porque querían asistir a sus ser- 
mones, aunque tuvieran que pasar las noches 
frías de marzo, sin techo alguno. 

Las autoridades no consideraron que era 
aquel un panorama corriente. Avisaron al Go- 
bernador, y porque éste también tuvo miedo a 
la influencia del misionero, se prohibió que su- 
biera al pulpito. 

La Iglesia, sin objetar nada, acató la or- 
den, debido a que en aquellos tiempos de in- 
transigencias, violentos y duros, había que evi- 
tar rozamientos. Y se aceptó que él callara su 
doctrina de paz, que los gobernantes tenían 
por palabras de guerra. 

Y, él, al saberlo, dijo: 

— "Obedezco sólo a mis superiores, sola- 
mente a ellos, porque si así no fuera, aunque se 
me hubiera querido detener con la amenaza de 
un puñal, habría predicado. 

Pero, asimismo, el acatamiento de la Igle- 
sia no tranquilizó al Gobernador. Este tomó 
nuevas medidas. Prohibió que Claret ejerciera 
su ministerio en la región, cosa que también 
aceptaron las autoridades eclesiásticas, dispo- 
niendo entonces que pasara a Puit, un pueblo 
sin importancia, perteneciente a otra provincia, 
encerrado entre montes y casi aislado. Y en 



77 



aquel retiro fué donde el Santo recibió su título 
de Misionero Apostólico, que le enviara la San- 
ta Sede. 



De la actividad pasó al silencio, como lue- 
go del retiro volverá a las misiones. 

No pudo predicar durante algún tiempo. 
Y sin embargo los milagros seguirán entremez- 
clados a sus pasos, y llenando de asombro a 
todos. ¿Cómo sucedían las cosas? ¿En qué mo- 
mento ocurrió cada hecho?... No importa el 
orden, ni hacer listas interminables, ni conocer 
detalles y nombres que fueron presentados en 
los Procesos de Beatificación, donde se estu- 
diaron cuidadosamente durante nueve años. 
Su cantidad abrumaría al lector, sus semejan- 
zas serían tomadas muchas veces por repeti- 
ciones. Pero todo fué escrito y firmado por 
quienes dijeron, "yo vi", o "yo sé". 

Los hombres iban a él con muletas, en ca- 
millas, con lazarillos, sufrientes, demacrados, 
quemados por las fiebres. A veces los hallaba 
agonizantes. Los médicos se habían retirado. 
Se les habían dado los sacramentos. Y él los 
curaba. 

De alguno de los pueblos españoles fué a 
él una mujer con un niño contrahecho. Llega- 
ron a la casa rectoral consumidos por la des- 
gracia. Habían dado sus dineros en vano, y 
ahora hacían el viaje para desengañarse. 

El misionero les dijo que no era médico. 
Lo decía siempre. Lo advertía a todos, e insis- 



78 • 



tía en ello. Pero la madre y el hijo sabían que a 
muchos había curado. ¿Es que tendrían que re- 
gresar sin que intentara la curación? Lo mi- 
raban interrogantes, con ojos angustiados. 

— Dios lo curará si conviene, fué la res- 
puesta. 

Después rezó con las manos puestas sobre 
el niño, que volvió a su pueblo con el pecho liso 
v la espalda sin joroba. 

Habían llegado casi sin esperanzas, y se 
iban alegres, porque el niño estaba ya sano y 
curado. 



Algunos testigos hablaron de una mujer 
que había sufrido años y años de terribles do- 
lores, sin que nadie pudiera aliviarla, y a la que 
él devolvió la salud y el bienestar. Otros narra- 
ron el caso de una enferma grave, cuyo mal 
había sido constatado por distintos médicos, y 
que se halló absolutamente sana, apenas él 
traspasó el umbral de la puerta de su casa. 
Fué verificado lo sucedido con la hija de 
un rico labrador, que no había podido caminar 
nunca, y a la que él consoló, diciéndole que tu- 
viera esperanzas en Dios. Y se dijo que la niña 
paralítica empezó a mejorar en seguida, que ca- 
minaba unos días después, y que para siempre 
fué una mujer activa y robusta, como muchos 
la conocieron. 

Hay que tomar los hechos casi al azar. To- 
dos son interesantes, valiosos, y en realidad, 
extraordinarios. 



• 79 



Había ido a él una madre apenadísima, 
una madre cuyo hijo se moría. El enfermo era 
un muchacho todavía, un seminarista, que es- 
taba tuberculoso. El Santo la escuchó con lás- 
tima, pero dijo entonces también, que él no era 
médico. No quería engañar. No quería que se 
hicieran ilusiones imposibles. Y la pobre mujer 
se iba sin insistir, doblada por el dolor, muda, 
resignada. 

— Mujer, le dijo al verla así: aunque lo que 
le digo es cierto, rogaré a Dios por tu hijo. 

Era todo lo que podía hacer, y lo que hizo. 

Y el joven seminarista sanó y celebró sus 
bodas de oro sacerdotales. 

Era como si se vivieran otra vez las horas 
bíblicas. 



Un niño había quedado ciego, sin que se 
supiera por qué. Hacía más de un año que no 
veía, que no se conseguía devolverle la vista. 

Su hermano que era presbítero lo llevó al 
Santo. 

— "Ya curarás, ya curarás", le dijo éste. 

Y aunque pasaba el tiempo y la ceguera 
persistía, aquellas palabras habían sembrado 
confianza en el enfermo. 

Llegó el Viernes Santo. El predicaba el 
Sermón de la Agonía. De pronto, en medio de 
una frase se detuvo y anunció que, cual Longi- 
nos, alguien en ese momento recobraba la vis- 
ta, en virtud de la sangre de Cristo. 

El niño estaba lejos de aquel lugar en ese 



80 • 



preciso instante. Estaba en su casa, en una ha- 
bitación en la que su madre y su hermana co- 
sían, porque eran costureras, y junto a ellas, 
dio de pronto un grito: 

— "¡Veo este verde redondel de la mesa! 
¡Veo las otras cosas! ¡Veo todo!" 

Y vió ya para siempre. 



El Santo daba a los hombres su oración y 
su palabra, toda esperanza y toda consuelo, y 
los que sufrían sin remedio acudían a él. 

Un padre le llevó a su hijo cubierto de lla- 
gas y envuelto en lienzos. 

— ¡ Pobrecito ! ¡ Cómo habrá sufrido ! ex- 
clamó el misionero al ver el cuerpo llagado. Y 
dirigiéndose al niño le dijo: 

— Sé buen cristiano, que curarás, si con- 
viene. 

Después tocó con sus manos al niño le- 
proso y rezó encomendándolo a Dios. 

Con su oración, con sus manos, el niño 
quedó curado; y los del pueblo lo vieron irse 
ya con la piel tersa y blanca como el pétalo de 
una magnolia. 

No podía pensarse en azares. Los casos se 
sumaban, se multiplicaban. Llegaban a él de 
distintos lugares. Y sus manos pasaban por los 
cuerpos como bálsamos, comunicaban un soplo 
de vida; su bendición daba salud. Y era igual 
en todas partes, en Espinelvas, en Seva, en 
Igualada, en Santa Coloma, en cada villorrio, 
en los caminos, en las ciudades, en Manresa, en 



• 81 



Vich, en Barcelona. Y los hombres decían cada 
vez en mayor número: "Yo sé", o "Yo vi". 

Rodeaban su puerta los enfermos, los ne- 
cesitados, los que sufrían. 

Con razón el Padre Masnoll sostenía ya: 
"Claret es único. . .". 



El misionero acababa de llegar a una de 
las ciudades catalanas. Un carpintero que es- 
taba paralítico, al tener noticia de su presencia 
en el lugar, hizo que lo llevaran en su camilla 
a un sitio por el cual el Santo pasaba todos los 
días, al ir de la iglesia a la casa arzobispal, don- 
de había sido alojado. 

Al poco rato, en efecto, llegó Claret acom- 
pañado de algunos sacerdotes, e iba a pasar de 
largo junto al enfermo, cuando éste le pidió que 
lo curara. Se repitió allí el diálogo de siempre: 
su advertencia de que no era médico, su impo- 
sibilidad de curarlo, y los ruegos del otro, has- 
ta que aceptó que lo llevaran a la casa del Arzo- 
bispo, hacia adonde él se dirigía. 

Se hallaba por primera vez en aquella ciu- 
dad sin conocer a ninguno de sus habitantes. 
Pero en cuanto se presentó el enfermo, lo amo- 
nestó por su mala vida pasada. Le dijo sus pe- 
cados. Lo mandó confesarse, y luego añadió 
que podía irse. Y el carpintero salió ya llevando 
él mismo su cama. 

En cuanto al suceso, fué narrado por la 
hija de un prestigioso general carlista, que al 
día siguiente dió trabajo al obrero. Lo conocía 



82 



de antes, lo sabía paralitico, como lo sabían las 
personas del barrio, y todos lo vieron traba- 
jar como si nunca hubiera estado enfermo. 

Un niño, ciego de nacimiento, se había he- 
cho poner también en una vereda por donde 
Antonio pasaba cada mañana, y al saber que se 
acercaba a él, angustiosamente empezó a pe- 
dirle que le curara los ojitos. 

Como siempre, él se negó, al principio. No 
quería atender enfermos. Y el niño le dijo: 

— Si usted quiere puede curármelos. . . 

Ambos estaban rodeados de una multitud, 
segura como el niño, del poder del Santo. 

Este encargó entonces que lavaran los ojos 
del pequeño enfermo con agua fría. Solamen- 
te mandó que lavaran los ojos. Y luego los tocó 
y rezó con las manos puestas en ellos. Y desde 
ese instante, el niño vió. 

Porque bastó que tocara los ojos sin luz, 
para darles luz. 

Tocó también los párpados de una mujer 
que tenía, desde hacía veinte años, una horrible 
fístula, y ella fué también curada. 

Rezó con las manos puestas sobre un reli- 
gioso mercedario que estaba seriamente enfer- 
mo, que había tenido recién un vómito de san- 
gre tan fuerte, que en el hospital le daban po- 
cos días de vida. 

— w j Anímese Padre Pedro, que pronto me 
ayudará a enseñar el catecismo y a predicar ser- 
mones !" Y, aunque parecieron sólo palabras 
de esperanza, su oración fué suficiente para de- 
volver al enfermo la salud. 



• 83 



Y se dijo que al día siguiente el Padre Pe- 
dro estaba de pie, dispuesto a continuar sus tra- 
bajos apostólicos. 

Sin embargo, humildemente, él dirá des- 
pués : 

— "Yo estoy que los curaba por la fe y la 
confianza con que venían, y que Dios Nuestro 
Señor premiaba su fe con la salud corporal y 
espiritual". 



Muchos, sin embargo, llegaban inocentes, 
y también los curaba; o llegaban sin fe, y los 
curaba igualmente. 

— "Sé buena y curarás'', le había dicho a 
una niña a quien la ciencia consideraba perdida, 
y apenas rezó por ella, quedó sana. 

Y así, como esta niña iban muchos seres pe- 
queños, muchos seres puros, iban los que no 
habían pecado, los que aún nada entendían, y 
los curaba. 

Una madre llegó con su hijita de dos años, 
que se había roto un brazo. El acarició sus me- 
jillas pálidas. Después rezó y levantó en alto 
un racimo de uvas, y dijo: 

— Toma, nena, esto es para tí. 

Y se dice que la niña del brazo roto, lo le- 
vantó como antes y que riendo tomó el racimo. 

¿Cómo pudo ser?... Solamente se dice 
cómo fué. 



Eran epilépticos que parecían embrujados 
y salían sanos. Algunos eran llevados a la fuer- 



84 • 



za, porque no creían y no querían ir, y asimis- 
mo los curaba. Y habrá que decir: se curaban 
y se convertían. 

En el libro del Padre Puigdessens se narra 
una curación, que el mismo Padre Claret rela- 
ta así : 

"A un joven de veinticinco años que se 
hallaba sin sentido y a punto de expirar visité 
a la una de la noche, le apliqué un simple re- 
medio, cobró los sentidos y a los dos días es- 
taba completamente curado". 

Les mandaba tomar yuyos, o un simple re- 
medio, o agua, o una naranja, y a veces, nada. 
Y el resultado era igualmente maravilloso. Sin 
embargo muchos autores temen pronunciar la 
palabra "milagro". Le llaman hecho extraordi- 
nario, caso asombroso, algo (fue parece sobre- 
natural . . . 



En la ciudad de Vich, un conocido médi- 
co, el doctor Campó, observó que sus enfermos 
tomaban a menudo remedios que él no manda- 
ba. Y dice que, si al indagar le decían que era 
el Padre Claret el que los indicaba, mandaba 
que los tomasen, porque aunque para la cien- 
cia fueran a veces disparates, comprendía que 
el Santo se servía de aquellas medicinas para 
ocultar su poder milagroso. Y la misma com- 
probación la hicieron luego otros médicos. 

Se narró el caso asombroso de una Herma- 
na de Caridad que padecía horriblemente, y 
cuyo mal fué diagnosticado cáncer al estóma- 



• 85 



go. Ya no podía alimentarse, ni tenía fuerzas, 
ni se levantaba; y, asimismo quedó curada. 

Por eso el Padre Cristóbal Fernández sos- 
tiene en su biografía del Santo, que, si las de- 
claraciones no fuesen tan recientes y tan au- 
ténticas, casi todas de testigos oculares, o bien 
de los propios enfermos, o de sus parientes más 
cercanos, podría pensarse en una leyenda que 
la imaginación o, credulidad de los siglos me- 
dios hubiera ido tejiendo con el correr de los 
días. Y que todo fué cierto y pasó como se ha 
dicho. 



En algún momento él mismo se enfermó. 
Pero sufría sin quejarse ni buscar cura ni ali- 
vio a una llaga que se le había formado en un 
costado. Y, cuando algunos síntomas trascen- 
dieron y fueron llamados de urgencia varios mé- 
dicos, ya la herida, que era profunda y muy 
dolorosa, empezaba a gangrenarse. Había que 
intervenir en seguida y así lo resolvieron, di- 
ciendo de operar a la mañana siguiente. Pero, 
¡cuál no sería su sorpresa, al presentarse en su 
habitación y no hallarlo, y cuánto más, al ver- 
lo llegar de celebrar su misa, con el rostro plá- 
cido, y diciendo que estaba curado! 

Fué entonces cuando mostró a aquéllos, 
que no quedaba de su mal, sino el leve tono ro- 
sado de una cicatriz recién cerrada. Y explicó 
que, durante la noche había rogado a la Virgen 
para que lo curase, y que ella lo había curado. 

Y los médicos, testigos de este sorpren- 



86 • 



dente caso, voluntariamente escribieron y fir- 
maron lo antedicho. 



Alrededor del Santo, lo natural y lo coti- 
diano, iba siendo ya lo extraordinario, y los 
hombres no pedían ahora el remedio sino el 
milagro. Y a estos hechos se añadían otros dis- 
tintos, aunque igualmente maravillosos. 

Así fué, en efecto, el caso documentado 
por un misionero de la Congregación del Cora- 
zón de María, escrito y firmado por el Obispo 
doctor Puigmitjá, que ha sido cuidadosamente 
conservado : 

Sus palabras iniciales, afirmativas, encabe- 
zan el relato con estos términos: 

"Yo puedo responder de la autenticidad de 
la relación que he oído y que fuera contada 
así" : 

El Santo predicaba en un pueblo llamado 
Mieras, de la Provincia de Cataluña, y lo hacía 
sin haber bajado del pulpito, ni haber interrum- 
pido su discurso. Y los fieles, que lo estaban es- 
cuchando, vieron entrar corriendo y azorados a 
los curas del pueblo, sin que ninguno de los 
fieles se explicase la causa de aquella súbita 
entrada. Y hasta aquí, sólo sabemos que entra- 
ron todos juntos en medio de la prédica del 
Santo. 

Pero luego, los que tenían solamente este 
hilo del suceso, supieron que Claret, que no se 
había movido del pulpito, como ellos pudieron 
atestiguarlo, había estado asimismo en la casa 
rectoral, donde esos curas jugaban a los naipes, 



• 87 



que los había amonestado en tono severo, por 
el mal ejemplo que daban con su conducta, y 
que obedeciendo a esa amonestación, los curas 
habían hecho la brusca entrada que presencia- 
ron los fieles. 

¿Cómo llegó hasta ellos? Eso no se expli- 
ca. ¿ Cómo supo, desde el pulpito, lo que pasaba 
en la casa rectoral? Todo pertenece al miste- 
rio. Pero tanto los curas, como los fieles, jura- 
ron que asi había sido y el Obispo Puigmitjá 
firmó el relato. 



Pero, ¿es menos sorprendente este su- 
ceso?. . . 

El Santo terminaba de celebrar su misa en 
el pueblo llamado Olost. Numerosos penitentes 
esperaban en su confesionario, y él empezaba a 
escuchar a los primeros, cuando dejándolos, sa- 
lió de prisa. Fué a su casa corriendo y dijo: 

— Me voy a Vich. 

Allí quisieron ensillar un caballo. Pero él 
no esperó. Y cuando un mozo salió montado, 
con intención de alcanzarlo, y aun cuando fué 
casi enseguida y llegó hasta un pueblo llamado 
San Salvador, que distaba de aquél, cinco kiló- 
metros, no logró encontrarlo. Y en Olost que- 
daron sorprendidos y sin explicarse lo suce- 
dido, sobre todo, porque siendo aquél el único 
camino, el jinete no pudo descubrir tampoco 
sus pasos en la nieve. 

Sin embargo, el Santo ya había llegado a 
Vich. 



88 • 



¿Qué razón tuvo esa partida precipitada y 
la vertiginosa marcha? 

Aquel sacerdote, Fortunato Bres, que lo 
protegiera en sus años de seminarista, al salir 
de celebrar misa en la iglesia, había caído en la 
plaza y se había roto una pierna. 

En el instante mismo que ocurrió el acci- 
dente, Claret lo presintió, sin que lógicamente 
hubiera sido advertido. Y cuando recién se ha- 
blaba de llamarlo, abría la puerta y entraba en 
la habitación del herido, extrañando con esto a 
los presentes, que asimismo tomaban su apari- 
ción por coincidencia. 

Sin embargo, el reloj de la casa de Bres, 
daba en ese momento las siete, y a las siete 
menos cuarto, es decir, quince minutos antes, 
el Santo había terminado de decir misa en Olost, 
ese pueblo que estaba a veinticinco kilómetros 
de Vich. Y en una mañana de campos nevados, 
llegaba sin barro, sin nieve, y absolutamente 
descansado. 

De ahí que, al ser constatados los hechos 
y relacionados entre sí, ocho testigos, presen- 
tes en aquel instante, escribieran y firmaran un 
acta que figura en los archivos claretianos. 



El Santo vivía permanentemente en lo mi- 
lagroso. No existían para él muros ni distan- 
cias. Así, se detuvo una vez en mitad de un ser- 
món para prevenir que, entre el auditorio esta- 
ba una madre (pie había dejado en su casa un 
niño en la cuna, el cual se encontraba en pe- 
ligro. 

• 89 



— Que corra esa madre, había insistido. 

Y una mujer salió de la iglesia apenas oyó 
sus palabras, y sólo tuvo tiempo de tomar en 
brazos al niño, con la cortina de la cuna ya en 
llamas. 

Hablaban todos de cosas extraordinarias. 
No solamente curaba a los hombres. Tenía un 
poder que impresionaba, que no se compren- 
día. 

Y se dijo que un niño lo había alzado y 
que había atravesado con él en brazos, el río 
Besos. Y el hecho se conoció narrado por el 
mismo Santo. 

Cerca de Manresa iba esta vez con la cus- 
todia en alto seguido de una procesión para 
llevar el Santísimo de un pueblo a otro, de una 
iglesia a otra, cuando una corriente de agua 
que venía despeñándose con gran impetuosi- 
dad impidió su paso. Y cuando los que lo se- 
guían hablaban de volver, porque pensaban que 
iban a ser arrastrados, el Santo puso entonces 
su pie en las aguas, que se tornaron escasas y 
mansas en el acto. Y pudieron todos cruzar. 



Así iba enseñando la doctrina. Era como 
un sembrador que no dejaba campo alguno sin 
arrojar semillas. 

Estaba en ese momento en Barcelona, en 
una gran iglesia devotamente callada. Habían 
acudido en multitud a escuchar al Santo, lleva- 
dos por la fe, por la esperanza, pero uno entre 
ellos era impío. 



90 • 



No quería ir, y un amigo insistiendo, 
rogando, lo había obligado. Su presencia era 
como un engaño. Sus oídos atendían con iro- 
nía. No estaba dispuesto a arrepentirse, ni 
quería creer. Y para sí y entre dientes murmu- 
ró alguna cosa, que ninguno oyó. Pero el sa- 
cerdote se detuvo y dijo : 

Es verdad hermano, yo soy un pre- 
dicador como los otros, porque todos somos 
enviados de Dios para anunciar su voluntad 
a los hombres; con la diferencia de que soy 
peor que los otros predicadores... Pero tú, 
hermano, oye la voz divina que te llama a peni- 
tencia; deja el camino extraviado por el que 
corres y emprende el de tu salvación por el 
cumplimiento de la Santa Ley. Y aún añadió 
cosas particularmente claras para aquel hom- 
bre y que lo. aludían. Y así, al retirarse, éste 
dijo al amigo: 

Este predicador es un brujo o es santo, 
porque no sólo supo lo que yo dije, sino tam- 
bién lo que yo había pensado. 

Y el hombre descreído empezó a intere- 
sarse. Volvió a escucharlo. Y llegó él también 
al camino de Dios. 



Claret conocía el pasado y el futuro de los 
hombres y leía sus pensamientos. Llegó a una 
casa en el momento en que cinco niños juga- 
ban a los sacerdotes y por turno oficiaban en 
un altar de juguete. Pero el más pequeño, apar- 



91 



tado por los otros, lloraba compungido por no 
poder decir su misa. 

Varias personas de la familia presenciaban 
la escena sin dar importancia al hecho. Pero 
el Padre Claret, al observarlos, exclamó lleno 
de seguridad: 

— "¡ Lo que son las cosas! Ninguno de es- 
tos cuatro será sacerdote; en cambio este pe- 
queño, no sólo llegará a serlo, sino que será mi- 
sionero y salvará muchas almas". . . Aquél fué 
luego el Reverendo Padre March y Solorneu, 
de la Compañía de Jesús, que murió en Mali- 
nas en 1897. 

Y esta predicción fué constatada por mu- 
chas de las personas que presenciaron aquella 
escena. 

A un naturalista le anunció que moriría 
mártir. Y ese naturalista fué después misione- 
ro, el Padre Cler. Pero en el momento en que 
le fuera hecha esta predicción, ni estaba en Cu- 
ba, que luego misionó, ni siquiera se había ins- 
talado allí la congregación en la que él entró. 

Claret tenía el raro don de saber lo que 
nunca sabrán los hombres y es lo que les de- 
para el destino, y luego también la de conocer 
lo que callaban, pensaban o querían. Sor Ana 
de Arlés, por ejemplo, afirmaba que apenas 
arrodillada en el confesionario, él se adelanta- 
ba a enumerar sus pecados. Y como ella lo dije- 
ron muchas personas, entre quienes se encon- 
traba otro religioso, el Hermano Segurañes. 

Y se cuenta que un negrito, a quien con- 



92 • 



fesara durante su estadía en Cuba, al acudir a 
otro sacerdote, sorprendido de ser él quien de- 
biera decir sus faltas, le dijo: 

— "¡Adivine usted, como lo hacía el santo 
Padre"!. . . 



La veracidad, la autenticidad de esa ex- 
traordinaria condición del Santo, la dan estas 
palabras suyas: 

"Leo en las conciencias como si leyera en 
un libro abierto; las leo con toda claridad, sin 
tener que hacer estudio alguno". 

Y no hay jactancia en sus expresiones, si- 
no más bien preocupación, ya que esa confe- 
sión tan sincera, la hizo a sus allegados, en 
forma de confidencia, y añadiendo que a veces 
le daba miedo . . . 

Pero se trataba de una vida no encuadrada 
en los límites corrientes, una vida más alta y 
más iluminada. 

L'n dia, al llegar por primera vez a un vi- 
llorrio, preguntó a una niña la dirección del 
cura del lugar. La niña, ya una jovencita, se 
prestó a acompañarlo y caminaba a su lado, en 
respetuoso silencio, cuando al despedirse, el 
Padre le dijo: 

— Hija mía, lo que vas pensando lo verás 
realizado muy pronto. Serás religiosa como lo 
deseas. 

El Santo no tenía conocidos en aquel pue- 
blo. Nunca había visto a la niña, no sabía nada 
de su familia, ni desde luego, que ésta se opo- 



• 93 



nía a esc proyecto mencionado. Y como él lo 
dijo, un tiempo después, ella entró en un con- 
vento de monjas. Ni siquiera debió ver el deseo 
en sus ojos, él, que no miraba a los ojos. Como 
San Agustín no precisaba ver rostros. No co- 
nocía, él tampoco, a sus penitentes. Sólo veía 
almas. Eran almas las que pasaban por detrás 
de la reja de madera de su confesionario, du- 
rante horas y horas. Podía no haber oído ja- 
más sus voces. Pero sentía sus pecados y pro- 
nunciaba las palabras que con frecuencia que- 
maban los labios de los pecadores y que había 
vergüenza o dificultad para recordar. . . 



Con sus viejos zapatos, con su sotana re- 
mendada, iba haciendo el camino a pie, ab- 
sorto en sus oraciones. Así andaba siempre por 
las calles, por los campos. 

Un arriero, que desde lejos lo venía ob- 
servando, pensó que era un pobre cura, a causa 
de su humildad, de su ropa humilde, de su tono 
humilde. Y le dijo con burla: 

— "Señor cura, ¿quiere confesar a mi bo- 
rrico?"... 

Se asegura que así, con esa insolencia, había 
detenido al Santo. 

Tenía la risa fácil del osado, el chiste torpe 
. del ignorante. Creyó desconcertar al cura, qui- 
zás indignarlo. Esperaba sin duda, una recon- 
vención de la que podría también reírse. 

Pero el Santo no se inmutó, y le dijo, casi 
complacido : 



94 • 



— "Tú eres el que debe confesarse, puesto 
que hace tantos años que no te confiesas, e in- 
dicó con precisión su número. Y al decirlo, le 
recordó también todos sus pecados, por lo cual 
el arriero, fuertemente impresionado, cayó de 
rodillas y llorando le pidió la absolución. 



¿A qué hacer mofa de él? Pero no todos se 
daban cuenta de que era necedad. Y entonces 
aprovechaba los torpes actos de los que busca- 
ban reir a su costa. 

Un misionero, llamado Jaime Ribas, re- 
cordaba siempre uno de estos episodios, que 
había presenciado y que lo narraba así: 

Estaba Claret de misiones por Cataluña y 
en ese momento iba seguido de varias perso- 
nas, de la iglesia de un pueblo a la casa recto- 
ral, por calles llenas de gente, porque era ve- 
rano. Y en la vereda de una taberna estaban 
sentados algunos hombres, alegres y bromis- 
tas, por lo mucho que habían bebido. 

Uno de ellos, creyéndose ocurrente o con 
el espíritu más oscurecido, exclamó al pasar el 
misionero : 

— Si este saco de carbón ardiese podría- 
mos encender en él nuestros cigarros. 

El acento era provocador, y el tono, el 
estúpido de los que no saben sino de cosas ba- 
jas. 

El Santo nunca andaba enteramente en la 
tierra. Aun en medio de las gentes meditaba. 
Pudo así no oir la vulgaridad del bebedor. Pe- 



• 95 



ro se detuvo, extendió la mano, y en su palma, 
que no se quemaba, mostraba un ascua ar- 
diendo. 

A veces enseñaba sin palabras. Y ya mu- 
chos le llamaban entonces "cazador de almas". 



Hechos extraordinarios sucedían mientras 
el Santo iba bendiciendo a los hombres, mien- 
tras predicaba a los pueblos. Y el doctor Cla- 
pers, a quien el autor Cruz Ugalde juzga "can- 
delero de oro de la Catedral de Lérida", excla- 
maba emocionado : 

— "El Padre Claret té un cop d'ala del Es- 
perit Sant". . . 

Eran los tiempos de su evangelización en 
la región catalana. Los pueblos lo seguían, pero 
era asimismo imposible que no entrara a la 
Iglesia gente sin fe y hasta para hacer escán- 
dalo. 

Ese día, un muchacho mal intencionado, 
por dos veces arrojó naranjas al pulpito. 

El misionero, que pudo darle una respues- 
ta, continuó su discurso como si nada advir- 
tiera. Algunos, indignados se aprestaban a in- 
tervenir, pero ante su actitud no lo hicieron. 

Después, cuando todos se hubieron reti- 
rado y el sacristán iba a cerrar la iglesia, en- 
contró sentado en su banco al muchacho de las 
naranjas. Le advirtió que debía irse, sin que 
aquél se moviera y fué entonces a comunicar 
el hecho al predicador. El que se atrevió a ata- 
carlo, había quedado clavado en su sitio, sin 

96 • 



poderse mover, sin poder irse. Estaba parali- 
zado, mudo. Y debió el Padre ir a hablarle, y a 
darle permiso para que se retirara. 

No había sido una lección fuerte, pero ha- 
bía sido una lección clara. Al dia siguiente, 
aquél fué a confesarse, cambió de vida, se mos- 
tró arrepentido, y él y con él, muchos, enten- 
dieron cómo debían proceder. 



Estos hechos preocupaban a las autorida- 
des, temerosas por la influencia que él ejer- 
cía. Trataban pues de comprometerlo, pero an- 
daban con prudencia. 

Ya las multitudes rebasaban las iglesias 
para escuchar sus sermones y como había su-* 
cedido en Santa María del Mar, en la ciudad de 
Barcelona, miles de devotos quedaban afuera, 
en las tres plazas que rodean el templo, y mi- 
lagrosamente lo escuchaban, como si estuvie- 
ran en las naves, sin perder una sílaba y sin que 
el Santo tuviera que levantar la voz. 

Era aquella sin duda una gracia que todos 
recibían. Y tantas gracias, tantos milagros, 
creaban alrededor del Santo una ola de gran 
devoción. 

Estaba ahora en Figueras, un lugar aldea- 
no, cuya iglesia era pequeña para reunir a to- 
dos los que habían acudido desde otros pue- 
blos. Y fué como una escena bíblica, la de aque- 
llos creyentes reunidos en un paseo para oír 
su plática, a plena luz, en plena naturaleza. 

Era en un camino, pero ninguno precisaba 



• 97 



seguirlo ya, sino detenerse para escuchar la di- 
vina palabra. Sin embargo, un hombre incré- 
dulo y díscolo, que venía con su carreta, halló 
molesto el acto, incómodo aquel gentío que le 
impedía pasar, y fastidiado, gritó para que se 
apartaran: 

— ¡A ver si le dais agua al predicador que 
ha de encontrarse reseco y sediento! 

Y ya se hubiera hecho un gran tumulto, 
si el Santo no hubiera tranquilizado a su pue- 
blo, diciendo: 

— Dejadle, hermanos, dejad a ese hombre, 
que a él y a sus animales les va a sobrar pron- 
to el agua. 

Y con esas palabras la concurrencia se 
abrió al paso de la carreta para que el sermón 
continuara. 

Pero unos días después, el hombre chusco 
que había pasado riendo por entre el rebaño de 
aquel pastor, moría ahogado junto con sus ani- 
males, tal como le fuera profetizado. 



Todos los pueblos habían recogido su ex- 
periencia y su milagro. Las poblaciones salían 
a recibirlo con palmas y flores y al irse el San- 
to lo seguían por los caminos rezando el rosa- 
rio. Se arrodillaban a su paso. 

Decían todos que los ángeles le protegían 
y que la lluvia no le tocaba ; y se comprobó que 
una mañana, bajo un fuerte aguacero, sólo él, 
entre todos los que iban, quedó con la ropa se- 
ca, sin que una gota cayera en su sotana. . . 



98 • 



Esa tarde debía ir a Oristá, y un mozo de 
Viéh, llamado Ramón Prat, lo quiso acompa- 
ñar por el desolado camino. 

El misionero insistía para que el mozo re- 
gresara antes que fuera tarde. La luna entre 
los árboles empezaba a alargar las sombras. Y 
su compañero no se animaba a dejarlo en un 
camino, que era de malos encuentros. 

Y mientras el Santo pedía que volviera, 
aquél rogaba para seguir a su lado, cuando, sin 
explicarse cómo, vió que junto a ellos, sin ha- 
berlo visto venir, estaba un caminante desco- 
nocido, vestido asimismo a la moda del país. 
Esa presencia tenía algo de ultramundana. 
¿A dónde iba?. . . La respuesta que dió era con- 
vincente: iba también para Oristá. Y el Santo, 
volviéndose a su acompañante, exclamó: 

— Ya ves Ramón que tengo compañero. 

Ramón, que no se explicaba aquella apari- 
ción, siguió en el mismo sitio sin poder mo- 
verse. Y al alejarse los dos caminantes, com- 
probó sobrecogido hasta lo íntimo, que sólo los 
pasos del santo dejaban huella sobre la nieve. 



Los hechos sucedían en lugares distantes 
unos de otros y los testigos de ellos no se co- 
nocían, por lo cual no se puede pensar en una 
sugestión colectiva. Andaba Claret esa mañana 
por un sendero fronterizo, sirviéndose de su 
bastón y con aquel pañuelo de algodón en que 



• 99 



llevaba la ropa. Un hombre, que iba al parecer 

en su misma dirección, ajustó sus pasos a los 
del misionero, con gran beneplácito de éste, que 
gustaba de dichos encuentros, que casi siem- 
pre resultaban fructíferos. Hablaban de los 
campos, de los animales, de los pastos, de la 
labranza, de las próximas lluvias y asi llegaban 
a su destino. 

Pero estaban ya por despedirse, cerca de la 
frontera, que el otro debía pasar, cuando el ca- 
minante se puso lívido, y lleno de miedo, con 
voz queda le confesó que llevaba tabaco y que 
podrían prenderlo. Habló de que se arriesgaba 
por sus hijos, para que no tuvieran hambre, pa- 
ra que no pasaran miserias. Y el misionero, 
sin decir una palabra, tomó la bolsa de aquél, 
le entregó sus ropas, y fué hacia los aduane- 
ros. 

Los detuvieron. Y el misionero dijo que 
llevaba alubias. Pero asimismo abrieron la bol- 
sa para ver las alubias y las vieron, y ellos pu- 
dieron irse. 

Había salvado a aquel desgraciado padre, 
que ya no iría a la cárcel. Pero éste pensaba 
en su tabaco. 

Sin embargo, al llegar a su casa, el tabaco 
estaba en la bolsa. 

No podía comprender. El había visto las 
alubias. Y habló a todos del suceso y hasta a 
los mismos aduaneros, que lo negaron, porque 
ellos sabían que no habían sido engañados. Y 
discutieron en las tinieblas, y tardaron mucho 



loo • 



en ver claro; porque ver claro, a veces, es di- 
fícil... 



Un día habló de dejar una prueba, algo co- 
mo en prenda y para que apreciaran la veraci- 
dad de lo que predicaba. Decía entonces su 
sermón en la plaza de una aldea. Y afirmó : "Y 
para que sepáis que os predico la verdad, os 
digo que no pasarán muchos días, sin que esta 
plaza en que estamos reunidos, quede conver- 
tida en arenal"... Hablaba de lo que nunca 
había sucedido. Ellos lo oyeron atentos, pero 
probablemente, no hallaron que fuera posible 
que sucediese. 

Sin embargo, aún no habían pasado los 
días de la luna nueva, cuando el río, hinchán- 
dose con las lluvias, invadió la villa. Y cuando 
las aguas se retiraron, hallaron la plaza cu- 
bierta de arena como una playa. 



Pero el Santo ya estaba lejos de ellos. De- 
bía seguir siempre sin detenerse, porque lo lla- 
maban de todas partes. 

El Canónigo Soler dijo al Padre Masmit- 
já: "Señor! Si todo el mundo pide por él. En el 
solo mes de enero me parece haber oído de bo- 
ca del Señor Vicario General, que no bajaban 
de setenta las cartas que había escrito, sólo pa- 
ra responder a las demandas por el Reverendo 
Claretr 



• 101 



Y en cada pueblo confesaba ya de doscien- 
tos a trescientos penitentes diarios. 

En algún lugar veinticinco sacerdotes de- 
bieron ayudarle a dar la comunión, que tenía 
que administrar comúnmente ahora, en las 
plazas. Y cierta vez que el rosario fué rezado 
afuera también, la respuesta de tantos fieles, oí- 
da en lontananza, hizo pensar, a la gente des- 
prevenida, en un ruido de truenos, a pesar de la 
limpidez del cielo. 



En Lérida decían al verlo: 

No hay más remedio que convertirse, o no 
asistir a la misión. . . 

Y así era en todas partes. 

Los penitentes hacían turno en su confe- 
sionario y lloraban si no podían confesarse. La 
noche entera esperaban a la puerta de la igle- 
sia, y en Reus, por ejemplo, a las tres de la 
madrugada la plaza estaba llena con la gente 
que esperaba. El Vicario de Mataró dijo, al alu- 
dir al Santo, que su confesionario era un pueblo. 
Cuando fué a predicar a Solsona, muchos hi- 
cieron hasta diez horas de camino a pie para es- 
cucharlo. En algunos lugares, a la noche se 
reunían por pueblos para regresar juntos. En 
Tordera, por donde había pasado, los peniten- 
tes iban de rodillas a besar su confesionario. 

Un monje Cisterciense del Monasterio de 
Poblet, el Reverendo Vallverdú, afirmó que al 



102 • 



llegar a un pueblillo llamado Cornuella, donde 
se le esperaba, encontró a todos en las calles 
y plazas, como de feria, y que esto sucedía con 
nieve en la cabeza. 

En algún lugar uno de los penitentes tuvo 
la idea de hacerse abrir la iglesia a medianoche 
para poder confesarse temprano, y se encon- 
tró con que estaba llena de gente que había 
pensado lo mismo. En Yalls, se dijo que el 
pueblo entero había cambiado de costumbres. 
En Seva, adonde la política había dividido a los 
hombres en irreconciliables bandos, después de 
oírlo, fueron a saludarse unos a otros, a abra- 
zarse, a pedirse perdón, llorando por haberse 
ofendido y dejaron para siempre de perseguirse. 



Predicaba ahora en una de las iglesias de 
Barcelona. Y haciendo una pausa, dijo: "Spiri- 
tus Dómine super me". . . Los fieles quedaron 
atónitos. 

Y él volvió a repetir: "Spiritus Dómine su- 
per me". . . 

Quedaron como paralizados en un gran 
silencio. No acertaban a comprender. Cierto 
que no era fácil entender tales palabras. 

Y en medio de aquella inmensa emoción 
que se había comunicado a todos, el sacerdote 
exclamó: "Tan cierto es lo que estoy diciendo, 
como que dentro de algunos días habrán 
grandes inundaciones, derrumbes y desgracias 
en esta ciudad". . . 



• 103 



Lentamente se fueron retirando todos, 
preocupados. Habían oído cosas deslumbrado- 
ras, y otras terribles. Pero cuando lo anunciado 
fué ya, como había sido dicho, su palabra ad- 
quirió ante ellos un sentido divino, tan divino, 
que hubiera sido pecado no creer. 



Allí, en Barcelona, se iban recogiendo ya 
tan numerosos frutos, que alguien a quien esto 
desconformara exclamó : 

— Si este predicador no sale de la ciudad, 
van a quedar desiertos los teatros, los cafés y 
todos los sitios de recreo y diversión. 

Su influencia inquietaba. Y las autorida- 
des estaban ahora ya dispuestas a prenderlo. 
•El propio General Manzano se lo dijo al 
Santo, cuando se encontraron en Cuba, uno de 
Gobernador y el otro de Arzobispo. Y aún le 
confesó, que él había recibido la orden de 
arrestarlo, que luego no se cumplió, por temor 
a disturbios mayores. 

Tenía en verdad un influjo inmenso sobre 
los pueblos. Y el Doctor Palau, dijo, por eso: 

"La obra de este predicador es más eficaz 
que la de todos los predicadores de Barcelona". 

Llegaban allí para oírlo hasta de cuaren- 
ta millas a la redonda, y de treinta a cuarenta 
pueblos. Lo pedían de todos los conventos, de 
todas las parroquias. "Aunque se le pudiera 
partir en veinte, en cincuenta trozos, para to- 
dos habría destino", es lo que contestaban a los 
solicitantes. Dijeron que hacía más de medio 



104 • 



ano que se le había dado la ruta que debía 
seguir sin interrupción. 

Y en ese tiempo, casi inicial, ya predicó 
cincuenta sermones durante una cuaresma. 
Después lo hará todavía en mayor escala, y 
predicará en Tarragona, doce veces en veinti- 
cuatro horas; en Almería, cuatro veces en seis 
horas; y así en Málaga, en Murcia, y en todas 
partes. Y luego el Obispo Aguilar afirmará ha- 
berlo visto predicar durante una hora seguida 
con los ojos vueltos al cielo. . . 



La sugestión que ejercía sobre los pueblos 
era extraordinaria, pero no era menor la que 
ejerció separadamente sobre los hombres. El 
Padre Aguilar, recién nombrado, dijo que sien- 
do muy joven lo oyó hablar, y que decidió su 
carrera eclesiástica. El Padre Esteban Sala no 
se separó de él desde que lo oyó predicar por 
primera vez. El Padre Sala fué quien le suce- 
dió en la Presidencia del Instituto de Misio- 
neros, llegó también a ser preconizado arzobis- 
po y había sido designado para reemplazarlo en 
Cuba, cuando pidió a Dios que lo librara de 
aquella carga y murió enseguida. Y es este sa- 
cerdote que admirara tanto al Santo, y sobre 
quien éste tuvo tanto ascendiente, el que da la 
clave de aquel poder de su palabra, diciendo: 

— "Es que para hablar de Dios como Cla- 
ret, hay que amar a Dios como Claret". . . 

La superioridad de sus discursos, la efica- 
cia de su palabra, estaría pues explicada en su 



• 105 



amor a Dios. Cierto es que lo amaba, transfi- 
gurándose ante el Santísimo, como lo observa- 
ron muchas personas. Quedaba con frecuencia 
en éxtasis, con los ojos fijos, el rostro trans- 
parente, nimbado de luz. Así lo vió el Reveren- 
do Padre Coma, del Oratorio de San Felipe, 
rezando en la Iglesia de Santa Eugenia de 
Berga. Y su testimonio figuró en el Proceso de 
la Beatificación. Lo vió entre resplandores 
también Isabel II, en la Capilla Real, y su de- 
claración figuró en el Proceso de Madrid. Con 
una aureola de luz lo vió la Superiora del Con- 
vento de Santa Teresa, en Lérida. 

Por su parte, uno de sus biógrafos, el Pa- 
dre Fernández, al explicar esa luz misteriosa, 
ese resplandor externo, dice que era como una 
irradiación de la luz que bañaba su alma y que 
se proyectaba sobre las conciencias. Y el Padre 
Puigdessens escribe: "Es que en el fondo de su 
alma y por debajo de sus potencias naturales 
latía una fuerza superior que dinamizaba y su- 
bía de punto el poder de aquéllas, una luz que 
penetraba todo su ser volviéndolo diáfano y 
hermoso, un ritmo divino que concertaba y da- 
ba unidad a todo el juego de sus actividades". 
Estaba pues en él esa luz que el Doctor Angé- 
lico atribuye al particular influjo de un alma 
que está llena de la Divinidad. Y puesto que se- 
gún su teoría, esa transfiguración y embelleci- 
miento, provienen de que, no pudiendo ence- 
rrar en sí ese tesoro el santo lo difunde a ma- 
nera de luz, no maravilla comprender que fuera 



106 • 



la luz de la gracia la que vieran en él tantas 
sorprendidas pupilas. 



Monseñor Cruells tenía razón al exclamar 
ya: "Todo en él es un prodigio". Sorprendía su 
luz, sorprendían también su elocuencia, su sa- 
biduría, sus virtudes, su penetración, su ac- 
tividad. En los medios eclesiásticos de Catalu- 
ña, comenta el autor Fernández, era corriente 
oír decir que poseía la ciencia infusa, y que era 
un milagro viviente de Dios. ¿Era así? El Doc- 
tor Masmitjá afirmará haber escuchado decir 
al propio Padre Claret, que predicaba por Ma- 
ría, enviado por ella, y "que ella misma le dic- 
taba sus sermones". . . Por su parte, Francisco 
Más y Artigas, el latinista, que lo escuchaba 
llorando de emoción, sostenía que, lo que decía 
no había podido adquirirlo por medios natura- 
les. 

— "Lo que predica Mosén Claret no es de 
la tierra sino del cielo, porque los hombres no 
llegamos a tanto", exclamaba también al salir 
de un sermón el Doctor Yentalló, catedrático 
de la Universidad de Barcelona. 

Y el Canónigo Soler, embelesado excla- 
maba : 

— "Las palabras fluyen de su boca como 
de una fuente de gracia". 

Las opiniones coinciden, pues, y no pue- 
de ya ponerse en duda de que en él había algo 
extraordinario. Hasta Balmes, ese sacerdote fi- 
lósofo de reconocido talento, dirá que su in- 



• 107 



fluencia no podía explicarse por medios natu- 
rales y que las mismas cosas dichas por él pa- 
recían distintas y hacían un efecto distinto. 



Es que, como el carpintero de Judea, el 
tejedor de Sallent sorprendía ahora a los sa- 
bios con su sabiduría. ¿Cómo había adquirido 
esos conocimientos? Cierto es que dormía ape- 
nas dos o tres horas apoyado en una mesa o ti- 
rado en el suelo, y que gastaba cada noche un 
velón de aceite, estudiando y meditando, pero 
no era suficiente. Y no hay que olvidar que en 
sus comienzos ni siquiera se creyó que tuviera 
talento, y que llegó a ser maestro de maestros. 

Y el Decano del Supremo Tribunal de la 
Rota, Fernández Montaña, hablará de su cono- 
cimiento profundo en las Sagradas Escrituras 
y en muchas otras ramas del saber, y dirá que 
tenía una vasta erudición en ciencias eclesiás- 
ticas, bíblicas y exegéticas, en teología dog- 
mática y moral y en historia eclesiástica y pro- 
fana. Don Francisco Besalú, que será Rector 
de la Iglesia de Monterrat, admirará también 
su sabiduría. El Obispo Aguilar elogiará su 
erudición, sosteniendo: "creo que se le puede 
llamar verdaderamente hombre de ciencia y de 
doctrina". Y el Padre González Mendoza, que 
después de él ocupará la dirección de El Esco- 
rial, confesará que su ciencia le inspiraba tanto 
respeto, que a pesar de su benevolencia y de 
su modestia, hablaba con cuidado en su pre- 
sencia. 



108 • 



Por otra parte, tenía también una memo- 
ria privilegiada, que recordaba todo lo que leía, 
diciendo a este respecto el Padre Barjau, que 
podía preguntársele, por ejemplo, cualquier 
punto de la "Suma" de Santo Tomás, y que él 
respondía casi palabra por palabra y podía in- 
dicar en que edición se encontraba tratado así, 
y diciendo en tal página, y al principio, a la 
mitad, o al final de ella. . . 

Y sólo podía estudiar de noche, porque de 
día confesaba, predicaba o misionaba. Y toda- 
vía pasaba muchas noches en oración. 



El Padre Aguilar, su autorizado biógrafo, 
dice además que "pocos hombres han poseído, 
en tan alto grado como él, la habilidad de decir 
una misma cosa con diferentes palabras", y 
añadía: "haciéndose comprender por los igno- 
rantes y gustando a los doctos". Y que no ha- 
cía alarde de su sabiduría, aunque se viera que 
sabía. Y Pío Zabala dice en su obra, que: "Co- 
mo el maestro de Avila no revolvía muchos li- 
bros para componer sus discursos", ni los so- 
brecargaba de Escritura, porque "su deseo no 
consistía en que salieran los fieles del templo 
alabando las lindas cosas que acababan de es- 
cuchar, sino que lo hicieran calladamente, baja 
la cabeza, compugido el corazón y removida la 
conciencia", y que "prefería con San Agustín, 
que lo criticaran los gramáticos a que no lo en- 
tendieran los rudos". Pensaba con San Ligorio, 
al que muchas veces recordaba, que la morali- 



• 109 



dad debía ser el fruto del sermón del pueblo, 
y hablaba imitando a Jesucristo, a los Após- 
toles, a los santos, a los doctores eclesiásticos 
y a los españoles del Siglo de Oro, especial- 
mente al Beato de Avila; y lo hacía sin apar- 
tarse del Evangelio. "Me valgo de sus seme- 
janzas — decía — y uso su estilo, hago ver las 
obligaciones que tiene el hombre para con 
Dios, respecto a sí mismo y a sus prójimos, y 
cómo las ha de cumplir". Poseía la técnica del 
apóstol cristiano, dicen los distintos autores y 
alguno de ellos agrega que tampoco se apar- 
taba de los cánones del buen decir ni de los 
principios básicos y universales de la litera- 
tura. 

En sus discursos existía "la superestruc- 
tura del discurso"; y, dicen algunos que había 
pujanza y frescura en su elocuencia, que poseía 
todos los recursos de la imaginación y del sen- 
timiento, con el dominio de sí y de las situacio- 
nes y un maravilloso poder de sugestión. 



Y porque él consideraba que todos los ma- 
les del mundo provenían de haber retirado a la 
Iglesia la que llamara "palabra de vida, pala- 
bra de Dios", se empeñaba por devolvérsela, se- 
guro como estaba de que "todo propósito de sal- 
vación sería estéril mientras no se restaurara, 
en toda su plenitud, la gran palabra católica". 

Su obra entera tuvo así ese móvil. De ahí 
la actividad y eficacia de aquella propaganda 



HO t 



de años, que sorprendió a su tiempo. De ahí 
también el fervor con que hablaba a los hom- 
bres; de ahí que hubiera adquirido a fuerza de 
sinceridad y de amor, el arte de persuadir, que 
significaba dar a todos el regalo de la fe. 

Y habló siempre por eso, con un tino ex- 
quisito y una comprensión extraordinaria, 
uniendo la fortaleza a la suavidad, como se di- 
jo, cuidando siempre de no exasperar, de no 
llevar a ninguno por las sendas de la locura, ni 
del terror — de éste decía; causa más daño que 
provecho — y hablando con claridad, con sen- 
cillez, con gracia, sin amenazas, "porque los 
malos se endurecen y los flacos corren el ries- 
go de caer en la desesperación". 

Cada discurso suyo era una obra maestra 
de catequización, de persuación. Era vigoroso 
y prudente a un tiempo, y unía la profundidad 
al sentimiento. Pero decía: "Prefiero mostrar 
la verdad a demostrarla, hacerla gustar a im- 
ponerla, presentarla amable e inteligible, a ves- 
tirla con los arreos de la ciencia". Sabía que una 
verdad que se ama, es una verdad que se entien- 
de. Y que, "el hombre siente más placer en los 
emblemas, alegorías y comparaciones de las 
cosas sensibles, que en la verdad desnuda, por- 
que ésta es rígida y aquéllas son risueñas". 

Y observaba: 

— "No hubiera agradado Esopo a sus lec- 
tores por espacio de veinticinco siglos, si, en 
lugar de fábulas, hubiera escrito verdades aus- 
teras", añadiendo: "Ni nuestro divino Salva- 



• 111 



dor hubiera instruido a su pueblo con discur- 
sos, tan eficazmente como con sus parábolas". 



Algún día los diarios de Cuba lo compara- 
rán con Bossuet, Massillón y Lacordaire, sos- 
teniendo que todavía los sobrepasaba. 

"Nunca se ha oído hablar así", escribían. 

"Claret es único" exclamaron muchos. 

Un viajero lo oyó hablar sin saber a quien 
escuchaba, y de regreso a su pueblo habló al 
cura de aquel predicador, y preguntaba quién 
podría ser, y dicen que el cura respondió sin 
vacilar: 

— "Pues, quién ha de ser sino el Padre 
Claret!"... 

Y cuando pasados años y años y las cosas 
de la época se iban borrando de la memoria, un 
sacerdote, viejo ya, decía todavía: 

— "Nunca he podido olvidar aquel acen- 
to, tan diferente del nuestro en su modo de 
hablar, aquel cariño, aquella dulzura"... 

Tenía embelesados a los hombres cate- 
quizados. Era un santo ya. ¿No fué visto por 
muchos como suspendido en el aire? 



La Iglesia comprendió que, quien poseía 
tan sobresalientes condiciones para el púlpito 
y era también reconocido como admirable di- 
rector de almas, debía dirigir y dar ejercicios 
especiales al clero. Y así, mientras no había 
salido de Cataluña, en las horas misioneras, 
se le designó ya para dictar aquellos altos cur- 



112 • 



sos de moral, que en el primer tercio del siglo 
XIX, inició el Seminario de Vich, y cuyos dic- 
támenes y soluciones, según el Padre Jacinto 
Blanch, eran de tal importancia, que los ma- 
nuscritos corrían de mano en mano, como nor- 
ma segura de conducta. Y es interesante cons- 
tatar que esas conferencias que dirigieron sa- 
cerdotes de indiscutida categoría moral e in- 
telectual, fueron presididas por él, durante va- 
rios años. 

Debió cumplir esa misión con mucha dedi- 
cación y agrado, porque nunca dejó de preo- 
cuparse por la instrucción y educación del cle- 
ro, por considerar que los malos sacerdotes 
constituían la mayor desgracia de la Iglesia. 

Con ellos era pues severísimo. Xo admi- 
tía ni debilidades, ni desconocimiento, y era 
siempre escuchado con la autoridad que le da- 
ba su vida ejemplar y sacrificada. ¿Acaso les 
pedía algo que no fuera el perfecto cumplimien- 
to de su deber? ¿Les exigía más de lo que él 
mismo daba? 



Alguna vez, sin embargo, los oyentes no 
guardaron la acostumbrada religiosidad. Pasó 
por la sala un soplo de inquietud, de distrac- 
ción, o de disconformidad. Pero fué una sola 
vez, porque él, al recomenzar los ejercicios lo 
hizo en estos términos: 

"Hagan el favor de guardar mejor el si- 
lencio, pues esta noche, Dios Nuestro Señor 
me ha reñido duramente porque no lo había 



t H3 



hecho guardar". . . ¿Quién se hubiera anima- 
do a toser, siquiera, luego de tan impresio- 
nante principio? 

Y es que sabía que en ellos nada podía 
tolerarse. 

¿No debían aspirar a ser como él los con- 
ductores de almas? 

Claret exigía que esa misión fuese cum- 
plida en todos los instantes, sin desmayos, sin 
disminuciones. 

Sobre todo, exhortaba a que la misa se 
dijese siempre en buena disposición. Y para 
compenetrarlos con esta necesidad, les advir- 
tió, en algún momento, que había un sacer- 
dote que no celebraba como debía, y que él 
había pedido al Señor que no lo dejara celebrar 
más y que no celebraría más. ¿Habían com- 
prendido? 

¿Acaso ellos podían tener las manchas, las 
pasiones y los errores de los demás? ¿Podían 
andar por el mundo como cualquiera? De ahí 
que cuando el Padre Curríus, que será su se- 
cretario en Cuba, reciba la solicitud de un sa- 
cerdote que quería agregarse a aquella misión 
respondió: 

"Si está pronto a servir a Dios, sin inte- 
rés temporal alguno, entonces puede ponerse 
en camino", y previniendo que había que estar 
pronto a todo para servir a Dios, y hasta a 
dejar la vida si era necesario. 



Es probable que el tono de su religiosi- 
114 ♦ 



dad no fuera fácil de seguir, ni de imitar. Era 
la suya una religiosidad heroica. Vivía con el 
alma en tensión, en estado de sacrificio, aman- 
do el sacrificio. 

Un día, por ejemplo, supo que el Obispo 
de Plasencia había sido desterrado. Para él ese 
destierro era la gloria. Le escribió una carta 
de felicitación, de alegría. Aquél sufría perse- 
cusiones. "Y, éstas nunca han sido motivo de 
tristeza, sino de grande contento y alegría pa- 
ra los verdaderos discípulos de Jesús crucifi- 
cado". 

Envidiaba la suerte de los mártires. Y 
cuando supo que uno de sus misioneros, fué 
asesinado por la revolución, sólo dijo: 

"Me ha ganado la palma". 

Y pedía a todos que rezaran para que él 
también alcanzara el martirio. 



El no se tenía sin embargo por excepción, 
consideraba que era obligación de todos los sa- 
cerdotes ser así, y les decía para que medi- 
taran : 

"¿Qué agradecimiento no manifestaría la 
piedra si la pasara Dios de este ser al de plan- 
ta? Y una planta ¿no lo sentiría si la pasara a 
ser animal? ¿Y un animal si pasara a ser ra- 
cional? Nosotros, pues, de la nada, por un 
efecto de la bondad suma, hemos pasado a ser 
sus Ministros, escogidos entre todos los hom- 
bres para mediar entre el hombre y Dios". Y 



• 115 



para que se compenetraran con esa verdad, 

añadía: 

— "Videte ne in vacuuum gratiam Dei re- 

cipiatis". Haced que podáis decir con el Após- 
tol : "Gratia Dei in me vacua non fuit" . . . 

A veces, asimismo, era preciso amonestar- 
los, porque no todos parecían entender. Y les 
hablaba entonces a puertas cerradas. Pensaba 
que era mejor así, para no confundirlos. 

Pero se corrieron voces de que conspiraba 
y los enemigos de la Iglesia lo denunciaron. 
Se decía que mezclaba la política en los sermo- 
nes y en Lérida, donde esto sucedió, se reci- 
bió orden de investigar. 

La respuesta fué terminante y altamente 
tranquilizadora para las autoridades: sus ser- 
mones no trataban sino del Evangelio y sus 
ideas eran tan puras y santas, que a buen se- 
guro — así se dijo — si todos las siguieran, no 
habrían más revoluciones, y en los pueblos 
donde predicaba "todos lo ensalzaban hasta las 
estrellas". . . 



Pocos días después, sin embargo, y estan- 
do en Torredembarra, dos tiros silbaron jun- 
to al púlpito. Y aunque, serenamente continuó 
su sermón, era evidente que habían querido 
asesinarlo. 

El Arzobispo de Tarragona envió entonces 
un oficio a los curas párrocos para que desmin- 
tieran las groseras imputaciones que se le ha- 
cían y declarasen que nunca había interveni- 



116 • 



« 

do en política, que su conducta privada era in- 
tachable, sus costumbres edificantes y sus obras 
conformes a las de un Ministro de Dios. Y se 
pedía en ese mismo oficio, que se destacara la 
vida de pobreza, de desinterés, de humildad, de 
mortificación y de penitencia que llevaba. Pero 
eran sus virtudes y méritos los que preocupa- 
ban y se buscaba por todos los medios impe- 
dir su evangelización. Fué por eso, en parte 
también, que él pensó que debía difundir sus 
ideas por escrito. Y comprendió además, que a 
pesar de los esfuerzos que realizaba, su doctri- 
na no llegaba a todos, y que debían recibirla 
también quienes no iban al templo. 

Coincidió este pensamiento con el pedido 
de las monjas de Santa Teresa, que quisieron 
que escribiera para ellas las pláticas que aca- 
baba de hacerles, para seguir teniéndolas pre- 
sentes. Y él escribió entonces sus ''Avisos a 
las monjas", que luego pidieron también las 
monjas de Santa Clara y las Dominicas de Vich, 
y que llegó a todas, porque a todas las guiaba, 
a todas les predicaba, dirigía y confesaba a 
muchas, y a todas podía así recomendar que, 
como Santa Catalina de Sena, se sintieran siem- 
pre en presencia de Dios, ya que les decía que 
no tener la presencia de Dios era no ser re- 
ligiosas. 



Terminado ese primer libro escribió en- 
seguida el que tituló "Camino Recto". Y de és- 



te, el Padre Carasa, de la Compañía de Jesús, 
decía que no había palabras para elogiarlo y 
que deseaba que se conociera por todo el mun- 
do. Apenas lo hubo publicado debieron sacar- 
se diez y ocho ediciones en catalán y diez y sie- 
te en español, y ya un tiempo después, las 
ediciones catalanas alcanzaban a setenta, con 
una suma más o menos de trescientos mil ejem- 
plares y las castellanas a ciento setenta, con 
casi medio millón de volúmenes. Y comenza- 
ban ya a hacerse traducciones. Fué una obra 
que se agotaba casi al ser puesta en circulación, 
cosa que después sucederá con muchas otras, 
y de la que algún momento se dieron ediciones 
sin corregir, por lo cual luego estableció 
tener para sus obras, un cuerpo de correctores. 

Era ya el triunfo. Se sumaba ahora su 
triunfo de escritor a sus triunfos oratorios. 

Pero él no buscaba su triunfo. Solamente 
quería que los hombres no cometieran pecados 
con la facilidad con que se toma un vaso de 
agua, por juguete, por risa. Y de ahí que no se 
diera reposo, ni para escribir, ni para misionar. 
Vivía obsesionado con los pecados de los que se 
hallaban en una inconsciencia culpable. 

"No puedo aquietarme, — decía — no ten- 
go consuelo, mi corazón se me va tras ellos. . . 
La caridad me urge, me impele, me hace an- 
dar, me hace correr de una población a otra". 

En toda su obra hay esa como gran raíz 
de piedad. Tenía piedad para los que no en- 

118 • 



tendían y piedad para los que no querían en- 
tender; y aunque éstos se burlaran de él, pen- 
saba que lo hacían porque estaban delirantes. 



Pero, ¡cuántos por el contrario lo escu- 
chaban con unción y hallaban que "su acento 
tenía como el temblor del espíritu" ! Comenta- 
ban sus actitudes, sus gestos, hablaban de su 
contagiosa devoción, de que su verbo era elec- 
trizante, de que su sola presencia magnetiza- 
ba. Cuéntase el caso de una monja francesa 
que aunque no entendía el español, en los ejer- 
cicios se puso a llorar, y, que cuando sorpren- 
dida entonces la superiora, le preguntó si ha- 
bía comprendido respondió: 

"No, no he entendido; pero sentí lo que 
dijo y me inspiró una gran ternura y compun- 
ción'' . . . 

Ya los diarios de Madrid empezaban a ha- 
blar de ese joven sacerdote de treinta y seis 
años que estaba conmoviendo a los pueblos de 
Cataluña y al que éstos seguían con religioso 
entusiasmo. "Recobra vida el espíritu — decía 
uno de ellos — al ver que hay todavía en el 
mundo hombres de bastante virtud como pa- 
ra edificar a sus prójimos y de bastante cien- 
cia como para instruirlos". Y narraban su vi- 
da, sus comienzos, contaban sus luchas, des- 
tacaban su erudición, que llamaban "fabulo- 
sa" y sus virtudes que conmovían a unos y 

• 1 19 



alarmaban a otros. Lo declararon benemérito 
y lo compararon a Vicente Ferrer. 



Pero él huía de los orgullos y las alaban- 
zas no le llenaban. Decía que tenía horror al 
placer que dan las cosas que salen bien. . . 

Así, en las horas culminantes de las mi- 
siones, cuando después de haber sido atacado, 
recibía los frutos de su predicación, confesaba 
que una gran tristeza invadía su espíritu, y 
consideraba que era Dios mismo, quien, por su 
especial Providencia, se la hacía llevar como 
lastre, para que el viento de la vanidad — así 
explicaba — no le diera un vuelco. 

Es que él cuidaba su humildad como un 
tesoro. Cuanto más se le aplaudía, más se pros- 
ternaba y se humillaba. 

— "No soy sino la sierra en manos del ase- 
rrador, exclamaba. 

Y cuando los pueblos se inclinaban ante 
su oratoria y ante su virtud, él más se daba a 
la humildad, más la buscaba, más se empeñaba 
en las virtudes, diciendo que después de quin- 
ce años de esfuerzos para ser humilde, todavía 
no lo era. Y leía para ello a los doctores ascé- 
ticos y las vidas de los santos; hacia dos exá- 
menes de conciencia cada día, se disciplinaba 
y se humillaba. Porque creía que la humildad 
era algo más perfecto, que no había alcanzado 
y así, decía: 

"El verdadero humilde debe ser como la 



120 • 



piedra, que, levantada en lo alto del edificio, 
gravita siempre hacia abajo". 



Después de aquellos primeros folletos es- 
critos para las monjas, siguió ya siempre es- 
cribiendo. Fueron publicados sus "Avisos pa- 
ra los Sacerdotes", "para las Doncellas", "para 
las Casadas", "para los Padres de familia", "pa- 
ra los Militares cristianos", "para las Colegia- 
las"; sus "Máximas de la moral más pura", 
"Los tres estados de alma", "Necesidades y mé- 
todos de meditación", "La Puerta del cielo", 
"La Verdadera Sabiduría", "Máximas escritas 
por el reverendo Antonio Claret", entre mu- 
chas otras obras. Y de algunas llegaron a im- 
primirse hasta cuatrocientos mil ejemplares. 

Hacía de este modo su obra social que com- 
pletaba con fundaciones de gran importancia 
cuya finálidad era siempre la de guiar. 

Entre estas fundaciones algunas tuvieron 
en el público un éxito inmediato. Así ocurrió 
con la "Sociedad espiritual de María Santísi- 
ma contra la blasfemia", en la que tantos qui- 
sieron inscribirse y comprometerse a seguir sus 
preceptos, que se llegaban en avalanchas al 
presbiterio, en el deseo de encabezar las listas y, 
muchos saltaban las barandillas, con el entu- 
siasmo que la fundación despertara en éllos. 

De ahí que Pío XII, al hacer luego el elo- 
gio del Santo, y al recordar entonces su vida 
tan sembrada de persecusiones y de actos he- 



• 121 



roícos, al decir también de los dones de su al- 
ma privilegiada, habla de esa generosidad con 
que él correspondía a la voz divina y muestra 
cómo esto lo elevaba sobre el nivel común. 



Desde ese momento va a escribir, de mo- 
do no interrumpido, hasta la hora de su muer- 
te. Y la mayoría de sus libros, traspasando las 
fronteras y traducidos a distintos idiomas, fue- 
ron leídos también en otros países. Escribió 
obras morales para los pueblos, obras que lle- 
garan a todos los hombres, que todos enten- 
dieran y que a todos pudieran hacer bien. En- 
tre otras, publicó, "Consejos santos y saluda- 
bles para arreglar bien las acciones", "Resu- 
men de los principales documentos que nece- 
sitan las almas que aspiran a la perfección 1 ', 
"Respeto a los templos", "Recopilación de doc- 
trinas para confesores que a todos los sacer- 
dotes presenta el Reverendo don Antonio Cla- 
ret", "Ejercicios espirituales preparatorios para 
la Primera Comunión", "La necesidad de la 
instrucción", que fué considerado un plan de 
gran fuerza catequista, "Vida de Santa Móni- 
ca", "Verdadero retrato de los neofilósofos del 
siglo XIX", y como obra maestra del género, 
así se afirmó "Los ejercicios espirituales de San 
Ignacio". 

Escribió además sus catecismos: el "Cate- 
cismo explicado" y el "Catecismo menor" que 
fué adoptado en España, donde el Obispo Ca- 
sadevall los juzgó admirables, diciendo: "des- 



122 • 



de su aparición ha cesado la duda que los dis- 
tintos catecismos creaban en los instructores" 
y añadiendo que "había que dar gracias al Al- 
tísimo por haberse dignado depararnos el ca- 
tecismo de Mosén Claret", pues consideraba 
que lo había escrito guiado por Dios. Otros sa- 
cerdotes, sin llegar a tanto, dijeron que hizo 
avanzar la enseñanza de la Religión a una per- 
fección hasta entonces insospechada. Y des- 
pués, en Roma, habrá quien considere su cate- 
cismo digno de ser propuesto a todos los pue- 
blos del mundo. 



Asimismo no mencionamos sino una parte 
de lo que escribió Claret. Y lo damos sin or- 
den alguno, y solamente para mostrar su fa- 
ceta de escritor, de propagandista de la fe, de 
luchador cristiano. 

Escribió muchísimo ; y lo hacía de un mo- 
do vertiginoso, y tanto, que, en cierto momen- 
to hizo exclamar al Padre Manubens: 

— "¡Los ángeles le habrán ayudado, por- 
que es imposible que en una sola noche haya 
escrito un libro r. 



Y esa obra amplísima, encendida de fe, 
ha quedado como prueba de su perfecta posi- 
ción de apóstol, pues es la obra de un escritor 
sagrado que no abordaba en ningún momento 
sino los problemas que correspondían a sus cla- 
ros caminos. Sin embargo, cuando estalló la 



• 123 



guerra de Cataluña, quiso ignorarse su posi- 
ción y se le acusó de faccioso, por lo cual hu- 
bo que mantenerlo de nuevo alejado, en un 
pueblo llamado Alforja, de un aislamiento que 
equivalía a un destierro. 

Y el Santo no quería sino paz; paz en- 
tre todos, solamente paz. Todo en él era pie- 
dad, todo comprensión. Y no aspiraba sino a 
tener más piedad aun, más amor. 

"j Oh Madre del Divino Amor, — exclama- 
ba así, — no puedo pediros otra cosa que os sea 
más grata ni más fácil de conceder que el di- 
vino amor!". 

En su generosidad quería amar más todavía, 
ayudar siempre, salvar a todos. ¿Por qué com- 
plicarlo en las miserias humanas? ¿Acaso no 
se le conocía suficientemente? 

Pero el Padre Puigdessens, tantas veces ci- 
tado, sostuvo con autoridad: 

— "Poseía uno de esos corazones que pa- 
recen estar agitados por ráfagas de Pentecos- 
tés"... 



Estaba ya por terminar su prédica en Ca- 
taluña, la cual se había prolongado siete años. 
Andaba cerca de la frontera francesa, por los 
senderos serpenteantes de los Pirineos, cuando 
encontró deshecha una de las cruces limítrofes, 
que al decir de Jacinto Verdaguer, estaban tan 
primorosamente labradas, que parecían erigi- 
das por los mismos ángeles. 

El quedó desolado; y cayendo de rodillas 
junto a aquellas piedras, que durante cuatro- 



124 • 



cientos años habían sido guía y consuelo de 
los caminantes, exclamó: 

— "¡Santa cruz, cruz de Jesucristo! ¿A 
quién perjudicabas en este valle de dolores? 

¿Es posible que manos cristianas te hayan 
derribado al suelo? ¿Es posible que te hayan 
destrozado los hombres ingratos a quienes re- 
dimiste, hijos crueles a quienes diste vida?". 

Y largo rato rezó junto a los trozos sa- 
grados. 

Pasó después de la oración al propósito de 
levantar una cruz inaccesible a todas las inju- 
rias y visible a todos los ojos. Buscó una cum- 
bre a la que ninguna otra hiciera sombra, y una 
cumbre que pudiera verse de los pueblos que 
él más quería. Y venciendo dificultades, que 
significaban escalar la cima altísima, la plan- 
tó sobre el pedestal de la montaña. 

Esa cruz de Claret fué la que llamó Ver- 
daguer, "cruz del camino del cielo", y la que 
Balmes quiso llevar grabada en la hora supre- 
ma, diciendo: 

— Abran la ventana, para morir mirando 
la cruz de Montseny. 



Pero, cada acto realizado por el misione- 
ro aumentaba el disgusto de las autoridades 
civiles, manteniéndose así un permanente con- 
flicto con la iglesia, y por esto, después de al- 
gunas cartas cambiadas entre el Arzobispo de 
Tarragona y el Obispo Caixal, quedó resuel- 
to que pasara a misionar las provincias del cen- 
tro de España y fué entonces, cuando el Obis- 



• 125 



po Codina lo invitó a predicar en su diócesis, 
en las Islas Canarias. 

Hubo que hacer una tregua, por enfer- 
medad del misionero, y en esa espera pro- 
yectó y fundó la Librería Religiosa, obra que 
dejó en marcha antes de embarcarse, y que lle- 
naba una urgente necesidad, porque la falta de 
editoriales demoraba su densa producción lite- 
raria y la de muchas obras de propagación de 
la fe de Cristo. Su iniciativa fué pues un acier- 
to, y su éxito inmediato así lo probó, como tam- 
bién las numerosas obras que fueron publica- 
das y el efecto que ellas produjeron en toda 
España. 

Planeó también dos formas de asociacio- 
nes religiosas. Una de ellas, la primera, simi- 
lar a la actual Acción Católica, que aun no exis- 
tía ni había sido proyectada en ningún lugar 
de la tierra, fórmula que entusiasmó al Obis- 
po Caixal, pero que rechazó el Arzobispo de 
Tarragona, y de la que sólo quedó su ma- 
nuscrito, guardado en el archivo del primero. 

El segundo proyecto fué el de "Las re- 
ligiosas en sus casas, o Hijas del Santísimo e 
Inmaculado Corazón de María", inmediata- 
mente aceptado en todo el mundo. 



Luego emprendió su viaje demorándose en 
cada pueblo de España hasta llegar a su des- 
tino, porque no pasaba en vano por ningún si- 
tio, sino que en cada uno dejaba su enseñan- 
za y su ejemplo, que era también una ense- 
ñanza. 
126 • 



Pero, sobre todo, su presencia en las Is- 
las Canarias fué como una bendición. Trans- 
formó todo, haciendo pasar por aquellos luga- 
res como un soplo milagroso. 

Se lograron numerosas conversiones y de 
los más empedernidos pecadores, se legaliza- 
ron uniones, terminaron los escándalos públi- 
cos y privados, se reconciliaron los enemigos y 
hasta se hicieron restituciones de dineros 
mal adquiridos. 

La gente se prosternaba a sus plantas en 
la calle, le besaba el anillo y pedía la bendi- 
ción; las iglesias se colmaban de público, los 
sermones eran religiosamente escuchados, y se 
hablaba de él en todas partes con elogio y de- 
voción. Pero un joven, en medio de aquel en- 
tusiasmo, se burlaba del misionero. 

Es verdad que era en su casa, entre los 
suyos, pero lo hacía con ironía, e imitaba sus 
predicaciones con el dedo en alto, a la manera 
del Santo, cuando un viento súbito arrancó la 
puerta de la habitación, y tronchó aquel dedo. 

Fué el primer episodio aleccionador que 
sucedía en aquellas tierras, y que impresionó 
más todavía, porque en el mismo instante el 
misionero anunciaba el castigo desde el pulpi- 
to, diciendo que se daba para que ninguno to- 
mara a risa la misión. 



Iniciaba la gira mostrando su poder so- 
brenatural, devolviendo la vista a los ciegos, 
curando a los moribundos. 



• 127 



Tal fué el caso de un niño que estaba gra- 
vísimo, que no levantaba la cabeza de la almo- 
hada ni podía tomar alimento; y el Santo lle- 
vado junto al lecho del pequeño, díjole úni- 
camente: 

— "Pronto estarás bueno". 

Y el anuncio bastó para que así fuese, y 
para que el niño que ya no hablaba, pidiera le- 
vantarse, y como sus padres aterrados no se 
animaban a complacerlo, se vistió solo y se 
fué a jugar al patio, completamente sano y 
fuerte, como si nada hubiera pasado. ¿No era 
para encender la devoción dormida de aquellas 
poblaciones? 

Pueblos enteros esperaban turno en su 
confesionario. Se daban números, se ponían 
guardias, para mantener el orden y, paciente- 
mente volvían una y otra vez los que no po- 
dían ser atendidos. 

— "¡ Padre, dijo alguno, hace seis días que 
tengo mi casa abandonada!". 

Otros callaban, aunque hubieran cerrado 
sus casas y sus negocios, aunque dejaran sus 
cosechas sin recoger, aunque pasaran los días 
acampados en las plazas con sus canastos de 
frutas y sus meriendas y a la noche regresa- 
ran por la negrura de los caminos con hachas 
y faroles, aunque fueran castigados por ello, 
como sucedía a los soldados que por escuchar- 
lo, faltaban a sus deberes militares. 

Reparó el misionero en alguno de ellos y 
dijo al guardián: 



128 • 



— "Procure que éste sea mañana el pri- 
mero, porque lleva esperando once días. . . 



En Agüimes asaltaban su confesonario. 
En algunos lugares hubo que rodearlo de un 
andamiaje de madera para protegerlo del en- 
tusiasmo popular. 

Le llamaban el "Padrito". Afirmaban allí 
también, que la lluvia no lo mojaba, que el fan- 
go no lo ensuciaba, que no dormía, que su voz 
había sido escuchada por unos pastores a dos 
kilómetros de distancia. Se decían mil cosas 
maravillosas. 

Y el Doctor Barjau dijo que él vió de cua- 
tro a cinco mil jinetes acompañarlo de una po- 
blación a otra. Los pueblos lo seguían en pro- 
cesión hasta mitad del camino, donde otro pue- 
blo lo esperaba de rodillas, con rezos y cantos. 

Hacían trizas su sotana para guardar una 
reliquia suya, por lo cual más de una vez de- 
bió exclamar : 

— "¡Me vais a dejar sin sotana!"... 

Pero, es que ya lo habían visto descalzo 
por los caminos con una aureola de luz en la 
cabeza . . . 



Los isleños andaban de sorpresa en sor- 
presa. 

El predijo las cosechas buenas y malas. 
Anunció que los campos se cubrirían de es- 
pinas y que luego esto haría la riqueza de la 



• 129 



isla. Y así aconteció, apareciendo la cochinilla 
roja, que hizo su prosperidad. Dijo de una 
gran epidemia que vendría, pronunciando es- 
tas terribles palabras: 

— "No habrá hijos para padres ni padres 
para hijos". Y dos años después, el cólera cau- 
só seis mil muertes. 

Profetizó la "humillante" caída de Napo- 
león III, y la caída de Isabel II. 



Los pueblos lo esperaban engalanados. Su 
entrada en Araucas fué comparada a la entra- 
da de Jesucristo en Jerusalem. 

En Las Palmas se le recibió con aclama- 
ciones, con los niños vestidos de ángeles y con 
ramas en las manos como a un salvador. En 
las calles se levantaron arcos triunfales, las 
calzadas se alfombraron de flores, los balco- 
nes se adornaron con tapices, en las plazas se 
quemó incienso en hornillos y se prendieron 
fuegos de artificio. La gente gritaba: "¡Viva 
la Religión de Jesucristo! ¡Viva María San- 
tísima! ¡Viva el Padre Misionero!". 

Sin embargo fué en San Nicolás donde 
hizo el más bello de sus milagros. 

Era un pueblo pequeño, ignorante, sin fe, 
con su iglesia abandonada. Y en aquel pue- 
blo no había hostias. Y el Santo dió la co- 
munión a todos como lo habría hecho Jesús. 



Era uno de sus últimos días. Ellos lo se- 



130 • 



guían en una tarde de fuego, como habían sí- 
do todas las de aquel verano. Andaban por un 
camino polvoriento que afixíaba, y no querían 
volverse aunque el Padre se lo pedía. Los cam- 
pos estaban amarillos, los arroyos sin agua, 
y sin quejarse sufrían sed. 

Así llegaron a una fuente que estaba des- 
de hacía tiempo agotada, y en la que él dijo 
que bebieran. V bebieron todos, porque el 
agua brotó enseguida abundante, derraman 
dose como si fuera invierno. 

— ¡Bendito sea Dios que ha usado con 
nosotros su misericordia; alabada sea la San- 
tísima Virgen que ha interpuesto su poderosa 
mediación en nuestro favor! exclamaron. Y 
con palabras fervientes y seguras hablarán de 
sus milagros a las nuevas generaciones. 



Se iba después de llevar a todos a la fe. 
Pero uno asimismo seguía rechazando su doc- 
trina. Y algún día él mismo explicará su caso 
a algún sacerdote, y lo narrará de esta ma- 
nera : 

— "Ha de saber que yo vivía mal, muy 
mal; que tenía pecados ocultos que por nada 
quería confesar, y que sólo fui a oir al misio- 
nero por curiosidad. El predicaba y el público 
estaba apiñado en la iglesia. Pero, en lo más 
fervoroso, dijo, y yo lo oí: que venga el hom- 
bre que me falta" . . . 

El hombre comprendió que se refería a él ; 



• 131 



pero no fué, porque sólo había ido por cu- 
riosidad. 

Volvió a oirlo. Y el llamado fué exacto. 
Pero él no se dió por aludido. 

La última noche, ya sin poderse sustraer 
al interés, volvió a presentarse en el templo. 
Y la voz clamaba por él. 

— "¡Que me voy y el hombre no viene!" 
decía. 

Y confesó el pecador que, al terminar, se 
sintió obligado a acercarse al sacerdote, y que 
ambos se abrazaron, "él llorando y yo tam- 
bién", dijo. Y que el misionero emocionadísi- 
mo le había dicho entonces: 

— "¡Cuánto te he llamado ;mas, al fin has 
venido !". 



De vuelta a España volvió a ocuparse de 
la Librería Religiosa, que dejara en manos de 
los Padres Caixal, Palau, Soler y Curríus, pero 
que reclamaba asimismo su presencia. Se pre- 
sentaban problemas que debían ser resueltos 
por una voluntad enérgica, y nadie mejor pa- 
ra ello, que la de quien había concebido el 
plan, además de regalar la mayor parte de 
los libros que se imprimían. 

Por otra parte, había pensado ahora que 
las grandes editoriales, debían intercalar en la 
producción de cada año, algunas obras católi- 
cas. Consultó su proyecto con destacados sa- 
cerdotes, y el Padre Balmes, secundándolo, se 



132 • 



apersonó a uno de los editores, proponiéndole 
escribir él mismo una obra, la novela ideal, asi 

decía, que comenzó, aunque nunca llegó a dar- 
le fin. 

Parece, según muchas versiones, que la 
producción religiosa de aquel momento, dada 
en gran escala, estaba revolucionando las cos- 
tumbres. El mismo, siempre tan parco para 
hablar de sus cosas, escribía a alguno de sus 
colaboradores, diciéndole que, cuando debía vi- 
sitar por algún motivo al Nuncio o al Minis- 
tro de Gracia y Justicia, estos abordaban el 
tema de dichos libros, a los que tenían por un 
acierto genial. 

Y el mismo Pontífice, en algún momento 
va luego a aplaudirlo y dirá: 

"Veo que tus esfuerzos han sido corona- 
dos por el más feliz éxito, pues la experien- 
cia de muchos atestigua que las Iglesias de 
España han reportado de tu obra muy gran- 
des ventajas y beneficios". 

V se recuerda que alguno de los princi- 
pales del reino, al volver de una larga recorri- 
da por distintas provincias, llegó a Madrid 
llevando la noticia de una gran mutación de 
costumbres — tales sus palabras — y que afir- 
maba que, habiendo preguntado en todas par- 
tes la causa del beneficioso cambio, invaria- 
blemente se le había respondido que era de- 
bido a los libros del Padre Claret. De ahí que 
en Madrid ya todos quisieran conocerlo y mu- 
chos lo visitaran y hasta los mismos reyes le 



• 133 



mandaran ofrecer una audiencia. Y él sola- 
mente decía a todo esto: "Non nobis" ... 



Por otra parte, acababa de recibir la no- 
ticia de que en las Islas Canarias, gracias a su 
influencia, se había fundado la "Confraterni- 
dad del Purísimo Corazón de María", similar 
a la que él estableciera en Cataluña. Y ahora, 
durante su breve permanencia en España, 
creará la "Hermandad de la Doctrina Cristia- 
na", y en otro orden de cosas, más espiritual, 
si así cabe decirlo, dejará establecido el Mes 
de María. 

Pero, su gran obra y, que podrá conside- 
rarse su obra cumbre, va a ser el Instituto de 
Misioneros, Congregación de apóstoles para 
la que pidió ayuda a la Virgen, ofreciéndole 
ocupar el último puesto, por considerarse con 
ello ya excesivamente colmado. 

Escribió pues, a Roma, pidiendo poderes 
especiales para quienes serían sus compañeros 
de cruzada, los padres Soler, Passarell, Puig- 
llat, Aguilar, Bach, Gonfaus, Sala, Subirana, 
Batlle y Vincens. Sólo que él pedía gracias 
que no se daban así a muchos, sino a uno so- 
lo, y a él le habían sido otorgadas hacía tiem- 
po, "Ad-honorem", por lo cual se le decía que 
era ahora él, quien podía dárselas a los otros, 
en conjunto o separadamente y cuando con- 
viniera y por el tiempo que dispusiese. Pero 
esta organización debió ser demorada a causa 
de la guerra civil, y cuando llegó el momento 



134 • 



de iniciarla, muchos de los sacerdotes dispues- 
tos para la fundación, estaban en otra cosa, o 
se habrían ido, y solamente de ellos estuvo a su 
lado el Padre Esteban Sala. 

Esta obra, su "Congregación de Misione- 
ros Hijos del Inmaculado Corazón de María", 
en la que volcará sus energías, su inteligencia, 
su voluntad privilegiada, ese don creador, que 
tanto lo distinguía y, su devoción a la Virgen, 
dice por sí sola de su gratitud y de su fidelidad 
a la Madre de Dios. 



En su Autobiografía han quedado algunas 
líneas que son de promesa y de agradecimien- 
to, y que muestran ya el plan concebido, que 
fué llevado a cabo en toda su integridad : "Yo 
me digo a mí mismo : 

Un hijo del Inmaculado Corazón de Ma- 
ría es un hombre que arde en caridad, que 
abrasa por donde pasa, que desea eficazmen- 
te y procura por todos los medios encen- 
der todo el mundo en el fuego del divino 
amor. Nada le arredra; se goza en las pri- 
vaciones; aborda los trabajos; abraza los sa- 
crificios; se complace en las calumnias y se 
alegra en los tormentos. No piensa sino có- 
mo seguirá e imitará a Jesucristo en traba- 
jar, en sufrir y en procurar siempre y úni- 
camente la mayor gloria de Dios y la sal- 
vación de las almas". 

Era un programa precioso y tremendo, al- 
to y difícil, sacrificado y espléndido. Y algún 
día dirá el Padre Clotet, que sorprendió a to- 

• 135 



dos, porque ninguno, fuera sin duda de ellos 

mismos, podía explicarse tanta grandeza de 
propósitos en medio de tan humilde sencillez, 
de manera que comentaron: 

— "Sería un espectáculo digno de la admi- 
ración de los ángeles." 



El 16 de Julio de 1849 se reunían seis sa- 
cerdotes en una pieza de seminarista, con mue- 
bles prestados, dos largos bancos, una silla pa- 
ra el presidente, una mesa de pino con un cru- 
cifijo, y en la pared, una copia de la "Madre 
del Divino Amor". Allí estaban con el Padre 
Claret, los Padres: Esteban Sala, José Xifré, 
Jaime Clotet, Domingo Fábregas y Manuel 
Vilaró. 

Insistieron en que el Padre Claret presi- 
diera, aunque él no quería. El los había invi- 
tado y los había reunido, y obedeció. 

Habló con palabra exaltada de esperanzas 
y de deseos, y dijo: "Hoy comienza una gran 
obra". Era una obra extraordinaria, que debía 
extenderse por España y por el mundo, grande 
entre las más grandes. Y así ellos también lo 
comprendían. Sus pasos no se detendrían en 
ninguna frontera, no sabrían de obstáculos, ni 
de límites. 

Sin embargo el Padre Vilaró, se animó a 
insinuar: 

— "¿Y cuál puede ser su importancia, sien- 
do nosotros tan jóvenes y tan pocos en nú- 
mero?". . . 



136 • 



— "Si somos pocos — fué la respuesta de 
aquel fundador iluminado — resplandecerá más 
grande el poder de Dios". . . Y añadió: Usted 
no lo cree, pero ya verán, ya verán. . . 

Ese fué el comienzo de la fecunda obra. Y 
desde entonces se inició para ellos la que sería 
vida de dolores y consuelos, como lo dijo Clo- 
tet. 



"Quizá la parte humana amortigüe algo el 
resplandor de la intervención divina; quizá la 
acción de la gracia, sublime con extrañeza el 
proceder de la criatura", escribe su biógrafo 
P. Cristóbal Fernández. Son dos aspectos ex- 
tremos, que casi se oponen y que sin embargo 
completan su figura y hacen su armonía. 

Vivía Claret en la mayor actividad, pla- 
neando, creando, fundando, organizando, en 
permanente lucha, en permanente espíritu de 
misión, como escritor, como predicador, como 
confesor, y de ahí, casi sin transiciones, pasaba 
a la vida de oración y de éxtasis, vida de reco- 
gimiento, vida mística. Se le llamó "comba- 
tiente iluminado", "hombre predestinado para 
la lucha" y en verdad que recibió los consejos 
de la Virgen y escuchó la voz de Dios. 



Inesperadamente para él es nombrado en- 
tonces Arzobispo de Cuba. Confiesa que quedó 
espantado: se consideraba sin ciencia ni vir- 



• 137 



tudes para ello, y además tenía horror a las 
dignidades ; por eso no quiso aceptar. 

Y solamente enteró del asunto al Padre 
Sala. Los demás misioneros ignoraban el caso. 
No quería entristecerlos inútilmente. Pero des- 
de Madrid se insistía. Llegaban cartas del 
Nuncio, y del señor Arrazola, que era Ministro 
de Gracia y Justicia, y aun de otras personali- 
dades. El se excusaba, demostrando, además, 
que no podía abandonar sus obras. Se llegó a 
mencionar entonces que en el Instituto de Mi- 
sioneros podía reemplazarlo el Padre Sala. Y 
se dijo que, sin pronunciar la palabra "mando", 
se hacían las más enérgicas insinuaciones. Ya 
todo parecía perdido. 

En algún momento los misioneros llega- 
ron a enterarse de lo que sucedía, y desolados 
se apersonaron a él. Hablaron como hermanos, 
y él les dijo: "¿No les parece a VV. imposible 
que me hayan nombrado arzobispo?". . . Pero 
quedaron más tranquilos, porque él sostenía: 
¿Acaso un nombramiento no se puede renun- 
ciar?. . . Y como siguió barriendo los cuartos, 
como antes, atendiendo a los enfermos, creye- 
ron que no se iría. 

Entonces se hizo intervenir al superior je- 
rárquico, el Obispo de Vich, y Claret tomó en- 
tonces una actitud de obediencia. Consultó 
con algunos sacerdotes: con Bach, Sala y So- 
ler. Y se retiró a su celda "a tratarlo con 
Dios", y como dijo, a resignar el alma para el 
duro sacrificio. Al fin contestó: 



138 • 



— "Digo que humildemente acepto el Ar- 
zobispado de Cuba". . . 



En la plaza mayor de su pueblo se reunie- 
ron para despedirlo, y él volvió a decir allí, que 
había aceptado sólo por obediencia, y que era 
una carga pesadísima la que Dios había pues- 
to sobre sus hombros, y que sólo podría llevar 
si El hacía de Cireneo. 

Así se lo oyó decir el Obispo Codina, que 
tomó nota de ello. Y en verdad ninguno des- 
conocía que significaba para él un sacrificio. 

Pero hacía los preparativos sin quejarse, 
aunque con tremenda tristeza. 

"Ayer tuve tentaciones de muerte", llegó 
a decir. 

"Necesito de todas las áncoras de la ora- 
ción para no naufragar en la tormenta en que 
me hallo". 

Y mientras se ocupaba de prepararlo todo 
para tan larga ausencia, de todas partes se le 
pedían reglas, estatutos, planes, disposiciones, 
pasando cuatro meses en ese ajetreo, mientras 
las autoridades disponían su partida, y tan ape- 
nado, que enfermó gravemente, y estuvo a pun- 
to de morir. 

Los Hermanos estaban, como él, en gran 
desolación, y como ellos, todos esos pueblos don- 
de era venerado. Y en ese estado de alma llegó 
el momento de la despedida. 



Era en los días Santos. Estaban en la no- 

• 139 



che del Jueves, reunidos para separarse. Se en- 
contraban, además de sus misioneros, el Padre 
Bach y el Padre Caixal y los sacerdotes que 
iban a acompañarlo a Cuba. Después, varios de 
ellos narrarán las escenas de esa noche dolo- 
rosa y solemne. 

El pidió que le fuera concedido un favor, 
el último, y en nombre de todos, lo concedió 
el Obispo Caixal. Pidió besarles los pies. . . 

No podía consentirse. . . Pero estaba pro- 
metido. . . 

El Santo se arrodilló ante ellos. Su cabe- 
za bajó hasta el suelo. Estaban desolados, aver- 
gonzados, y no podían impedirlo. Y con lágri- 
mas dejaron que besara sus pies. 

Cuando hubo terminado aquel acto piado- 
so, el Padre Xifré rogó en nombre de todos, 
que a su vez se les permitiera hacer a ellos lo 
mismo con él. Pero solamente consintió que be- 
saran su crucifijo. 

Mucho tiempo se acordarán después del 
sufrimiento que significó para todos dejarlo 
humillarse. Se acordarán también del ejemplo 
que les dió. 

Muchas veces habrán debido decirse que 
no habían podido pagar su acto de humildad. 

Tuvieron que pensar en Jesús, cuando lavó 
los pies de los Apóstoles. . . Pero asimismo es- 
taban tristes. 



Sin embargo, aquella humildad no podía 
140 • 



ser para ninguno, una sorpresa. Como . dice Pío 
Zabala en su obra, él la observaba en los doce 
grados que quería San Benito, interior y ex- 
terior. 

Pocas eran así las palabras que pronuncia- 
ba, siempre en voz baja y conformes a la ra- 
zón; no empleaba, ni tenía evidentemente, fa- 
cilidad ni prontitud de risa; callaba hasta ser 
preguntado y se tenía por el peor de todos; co- 
nocía sus defectos y los confesaba; estaba pron- 
to siempre para obedecer en las cosas duras y 
tenía paciencia en las ásperas; se sujetaba al 
mandato de sus superiores y no hacía nunca 
cosa alguna por voluntad propia; pero, sobre 
todo temía a Dios y obedecía su Santa Ley. 



Como Arzobispo de Cuba iba atravesan- 
do tierras españolas para llegar a su destino, 
cuando en una de las ciudades en que se detu- 
vo, el azar hizo que lo conociera el que va a 
ser luego, biógrafo suyo, Monseñor Aguilar. 

En el colegio en que había pasado la no- 
che, se había designado a un estudiante para 
que lo acompañara hasta la estación del ferro- 
carril, y el muchacho tomó aquel paquete de 
ropa, que constituía todo su equipaje, y anduvo 
a su lado, sin saber con quien iba. 

Y dice así Monseñor Aguilar: El cura lle- 
vaba una sotana y un balandrán muy usados 
y hasta con algunos remiendos, aunque muy 
limpios. Pero se veía que era pobre y sencillo. 

El, sin embargo, por cortesía, al llegar a 



• 141 



la estación, preguntó al sacerdote en qué cla- 
se viajaría. Y aquél no pudo informarlo. "Me 
han dado seis reales", fué lo que dijo. Porque 
viajaba de limosna, y quién sabe si subía por pri- 
mera vez a un tren. Por lo cual el estudiante, 
que no era rico tampoco, sacó un billete de 
tercera. 

Y él explica, que, sin saberlo, acompañaba 
en ese momento a Antonio María Claret, que 
ya era Arzobispo de Cuba, y el cura más vene- 
rado de los pueblos de Cataluña y de Canarias, 
y famoso ya en toda España. 



Unas horas después, las iglesias de Barce- 
lona estaban repletas de público. Se le quería 
escuchar una vez más, y se le escuchaba aho- 
gando los sollozos y con la garganta anudada. 

Partía para una larga misión. Iban con él 
nueve sacerdotes, cuatro civiles y diez y ocho 
hermanas de caridad. La despedida fué gran- 
diosa. Un gentío compacto invadió las calles y 
los muelles, rezando en alta voz, arrodillándose 
a su paso y agitando luego los pañuelos hasta 
perderlo de vista. 

Los viajes tenían todavía algo de aventu- 
ras, y en la ciudad quedó flotando una gran in- 
quietud. Dos meses, por lo menos, tardaría en 
llegar a su destino, según los vientos, según 
las tormentas. Bailaría el barco peligrosamen- 
te batido por la furia de las olas, o quedaría 
días y días, con sus velas lacias, en un mismo 
punto. 



142 • 



El empleó aquel tiempo en llevar almas a 
Dios. Predicó, dio conferencias teológicas, mo- 
rales y ascéticas; se celebraron dos misas cada 
día. Se rezaba el rosario a la tarde. Dio misio- 
nes a los marineros, éstos se confesaron y co- 
mulgaron todos. Y tuvo el viaje un tono de re- 
ligiosidad perfecta. 



Cuando llegó a Cuba, esa isla rica que 
atraía a los aventureros con sus cuantiosas po- 
sibilidades de fortuna, comprendió que debía 
cumplir una misión social, además de la reli- 
giosa. Se había constituido allí una sociedad 
cosmopolita, que desdeñaba a los nativos, que 
se servía de ellos como de animales domésti- 
cos, que los tenía doblegados bajo sus volunta- 
des injustas, que los negociaba como a objetos, 
que los hacía trabajar a latigazos y los deja- 
ba vivir en una absoluta miseria. Y esta gente 
poderosa tenía la complacencia o la tolerancia 
de las autoridades, cuya política era también 
recia y de incomprensión. Y no recibía tampo- 
co la sanción del clero, porque en aquel ambien- 
te inmoral, los sacerdotes recibían las dignida- 
des eclesiásticas sin estudios ni merecimientos, 
comprando los títulos, o con títulos regalados, 
y lógicamente ninguno sabía cumplir sus altos 
deberes. 

Así, desde el comienzo, el Santo encaró 
aquellos tremendos problemas, sobre todo, el 
de la esclavitud, el de la inmoralidad y luego 
la reforma del clero. 



143 



Atacó valientemente a los culpables de la 

depravación, sin preocuparse de sus fuerzas ni 
de los odios que iba a despertar. Defendió a los 
oprimidos, y habló de libertad y de derechos 
humanos, en medio de quienes pisoteaban esos 
derechos y negaban todas las libertades. Se ocu- 
pó de los niños abandonados, que allí existían 
en proporciones no halladas en ningún otro lu- 
gar. Hizo la defensa de las mujeres negras, de 
esas víctimas de los aventureros europeos, hom- 
bres blancos que formaban con ellas hogares 
de paso, pero despreciándolas y abandonándo- 
las sin legalizar sus uniones, sin reconocer a 
sus hijos, y creando con ello el problema de la 
raza mestiza, ignorante y miserable, y a la que 
el hambre terminaba por llevar a la delincuen- 
cia. La acción del sacerdote indignó a quienes 
no querían que se pronunciara la palabra "igual- 
dad", y a quienes no convenía que se iniciara 
la justicia. Sublevó que hiciera codear en su 
confesionario a los ricos lugartenientes y a las 
damas encopetadas, con sus propios esclavos. 
Y fué mal vista y comentada su respuesta a 
una señora que le pidió su apoyo pecuniario 
para comprarse una esclavita, y a quien él res- 
pondió 

— "Señora, yo no tengo esclavos, ni dinero 
para comprarlos". 



El Arzobispo adoptó una posición que sig- 
nificaba romper con las costumbres locales, que 
era iniciar su misión contando sólo con la bue- 



144 • 



na voluntad de los débiles, y con el más fuer- 
te sector social, no ya solamente resentido y 
disgustado, sino en abierta lucha con quien 
no hacía caso de sus intereses. 

Pero su voluntad era firme, sus sentimien- 
tos piadosos, su conciencia clara, y comenzó 
dispuesto a hacer la defensa de los miserables, 
costara lo que costase. 

Su campaña fué intensa en fundaciones y 
en prédicas y para cumplirla, dió lo que se ne- 
cesitaba y dijo lo que había que decir. 

Asimismo muchos persistían en su error 
y sostenían pruritos de clases. El trataba de 
convencerlos, aunque en algunos, los intereses 
dominaban siempre a la razón. Y al conversar 
un día sobre el punto con un magnate, dueño 
de grandes ingenios y numerosos esclavos, és- 
te le echó en cara esa benevolencia para con 
los negros, que no podía explicarse. Sus pun- 
tos de vista eran opuestos y ciertamente no po- 
dían entenderse. Entonces, en un momento, el 
Santo tomó dos pedazos de papel, uno blanco 
y otro negro, los quemó a la vista del plutó- 
crata y después de mezclar las cenizas, le dijo 
a quien acaso nunca pensara en la igualdad 
de la muerte: 

— 1 Así, ante Dios, somos todos iguales". 



Y para hacer efectiva esa obra social que 
cumplió, y desde luego, su misión apostólica, 
el Santo recorrió la isla cuatro veces en los 
seis años que la habitó. Y lo hizo sin darse des- 



• 145 



canso, ni detenerse nunca ante ningún obs- 
táculo. 

Y allí se añadía al problema de los hom- 
bres, el de esa tierra áspera, a veces casi vir- 
gen, con zonas apenas holladas, con enormes 
despoblados, y por ello tan grandes distancias 
entre pueblo y pueblo, que con frecuencia la 
luz no le alcanzaba para llegar a su destino, por 
lo cual pasaba las noches tirado sobre el sue-. 
lo de los caminos. Llegó a cruzar un río trein- 
ta y cinco veces, a causa de sus vueltas, y su 
misión fué cumplida asimismo, porque las di- 
ficultades no impidieron que llegara a aquel 
pueblo perdido en la maraña, quién sabe si pa- 
ra salvar diez almas, o dos, o una. . . 

No lo detuvieron nunca ni los soles abra- 
sadores, ni los vientos que soplaban aires de 
horno, ni la atmósfera irrespirable, con gra- 
dos no alcanzados en los termómetros españo- 
les, ni las lluvias implacables, ni esos cielos 
que parecían volcarse en rayos, ni la amenaza 
tropical de las fiebres y las pestes, ni la luna 
maléfica. 

"Fuego y calor, bendecid al Señor; frío y 
calor, bendecid al Señor'', así se habrá dicho 
al llevar el Evangelio a todos los lugares, al 
escalar montañas, o al bordearlas a mitad de 
altura por senderos estrechos en los que nadie 
podía arriesgarse, sin hacer sonar antes un 
cuerno marino y esperar la respuesta, porque 
un encuentro era allí la muerte. Por amor a 
Dios y para hacer amar a Dios, cruzó bosques 



146 • 



espesos como muros, penosos a la marcha, des- 
garradores a causa de sus ramas, de sus espi- 
nas, inquietantes, y que guardaban siempre la 
posibilidad bárbara y desconocida. 



Estaba en una de sus primeras misiones. 
Lo acompañaban algunos de sus sacerdotes y 
una pequeña comitiva de fieles isleños, cuan- 
do fueron detenidos por un río desbordado. 
Las tartanas no podían cruzar las aguas tur- 
bulentas, los mayorales se sentían responsa- 
bles y querían dar vuelta y los mismos caba- 
llos, presintiendo instintivamente el peligro, se 
encabritaron. Y sin embargo el Arzobispo, di- 
jo que tenía que seguir, que lo esperaban. 

Pero el río corría impetuoso llevando tron- 
cos y ramas, y hubiera sido la muerte entrar 
en su corriente. 

— "¡Es preciso pasar!" fueron las palabras 
que pronunció de nuevo, insistiendo. Y sin em- 
bargo, no se movían las tartanas, los caballos 
parecían clavados en el suelo, los mayorales 
temían. 

Entonces se oyó un ruido fortísimo como 
de cascabeles, y sin explicárselo, de pronto, mi- 
lagrosamente, se encontraron todos en la otra 
orilla. 

Y así siguió su apostolado. 

Predicó con energía. Corrigió, censuró y 
ayudó. Empezó por dar moral al clero, a esos 

• M7 



sacerdotes que no tenían sentido de su misión, 
que vivían en familia, que no llevaban hábitos, 
que oficiaban en cualquier comercio, en cual- 
quier choza, y dejaban cerradas las iglesias. Y 
les dió ejercicios, les enseñó dignidad y los lle- 
vó al camino de la Ley. 

Eran indolentes, ignorantes, lerdos para 
entender, acaso porque habían tomado el sa- 
cerdocio como un oficio cualquiera. Muchos 
aprendieron y cambiaron de hábitos; otros, 
sin embargo, siguieron en lo mismo, y así, al 
entrar una tarde a una iglesia, encontró que un 
simple sacristán dirigía el rosario. 

El se arrodilló junto al buen hombre y 
rezó lo que correspondía al cura. Lo hizo sin 
decir una palabra, sin hacer un gesto. Luego, 
al terminar, mandó decir al cura que cuando 
sus ocupaciones fueran tantas como debían 
serlo en aquel momento, le mandara avisar, 
porque él, con mucho gusto, lo reemplazaría. 



Comprendió no obstante que había que 
dar a los sacerdotes una formación sólida, que 
había que reorganizar para ello el Seminario, 
donde muchos estudiaban, no con intención de 
seguir el sacerdocio, sino para aprovechar sus 
lecciones; preparó un programa nuevo, un 
completo y fundamental plan de estudios, po- 
niendo allí a profesores de condiciones y dando 
la dirección de todo al Padre Barjau. 

Además fundó escuelas de primera y se- 
gunda enseñanza; escuelas especiales para ni- 



148 • 



ñas; otras escuelas en las casas de caridad pa- 
ra la gente que protegía, y además, escuelas en 
las cárceles, en las que se enseñaba no sólo las 
materias primarias y religión, sino también ofi- 
cios mecánicos. 

Fundó Cajas de Ahorros para mujeres po- 
bres, viudas y solteras. Y creó el primer esta- 
blecimiento de previsión social de la América 
Latina, como se ha dicho. 

Fundó bibliotecas y repartió gratuitamen- 
te y a su costo, numerosos libros, para ayudar 
a dar buenas lecturas, sacando de la circula- 
ción los libros perniciosos, que quemaba en 
fogatas públicas. 

Por otra parte, fundó cofradías, constru- 
yó capillas y reconstruyó iglesias, corriendo 
con los gastos de todas sus obras. 



Su apostolado, que extendía en tantos sen- 
tidos y de tantas maneras, iba tomando pro- 
yecciones alentadoras. En algunos pueblos se 
confesaban ya quinientas personas por día. En 
otros más numerosos se utilizaron ya hasta 
cuarenta sacerdotes, los que sin embargo, no 
alcanzaban para confesar, aunque lo hacían de 
la mañana a la noche. La gente pedía confe- 
sión hasta en la calle. Y el Padre Yilaró dejó 
constancia en su diario íntimo, de que al- 
rededor de cada uno de ellos se formaba un mu- 
ro humano que no los dejaba caminar. 

En el Cobre, una población de tres mil ha- 
bitantes y, adonde, a su llegada existían úni- 



• 149 



camente diez o doce matrimonios legítimos, se 
casaban ahora de treinta a cuarenta parejas 
por día, de modo que como se comentaba, a 
un tiempo se casaban los hijos y los padres. 

En Morón, otro de los pueblos, llegó a dar 
miles de comuniones no sólo a los habitantes 
de la villa, sino también a los campesinos que 
acudían a escuchar la palabra santa, y más de 
una vez tuvo que interrumpir los sermones pa- 
ra consolar a la gente que lloraba arrepentida. 

En Bayamo, la comunión duraba toda la 
mañana, y de tal modo la población había cam- 
biado de costumbres, que el Padre Vilaró es- 
cribía con gracia y verdad: "Se ha verificado 
en ésta una revolución religiosa". 

Y ahora, como en Cataluña, como en Ca- 
narias, los pueblos salían con músicas y pal- 
mas a su encuentro, y al irse lo acompañaban 
a pie durante leguas y a veces formándose cor- 
tejos de miles de jinetes. 



Sin embargo, algunas de estas jornadas 
fueron distintas y hasta bravas. En Puerto 
Príncipe, por ejemplo, acaso porque acababa 
de ser sangrientamente sofocada una revuelta, 
no se demostró interés por escucharlo. Esta- 
ban llenos de indignación, anhelaban la gue- 
rra de independencia, y en cambio la doctri- 
na del Santo era precisamente de paz. Por eso 
lo miraron como a un enemigo. Estaban exal- 
tados por las medidas que había tomado el Go- 



150 • 



bíerno español, encarcelando a muchos y dic- 
tando sentencia de muerte contra los jefes. 

Pero poco tiempo después el Arzobispo es- 
cribía a Caixal: "Sin advertirlo he desarmado 
a los revolucionarios". 

...Había pedido clemencia para los que 
iban a morir e insistido en que no se llevara a 
cabo la condena, que se aplazara para hacer 
una solicitud a la Reina. Porque creía, que una 
vez. terminado el levantamiento, una pena así, 
tendría más visos de venganza que de justicia, 
y hacía esta advertencia: "Si se ejecuta la sen- 
tencia, los ánimos quedarán para siempre ren- 
corosos, y nunca jamás sus corazones perma- 
necerán españoles. 

Y me atrevo a decir — agregaba — que si 
se pasa adelante en la ejecución de esta sen- 
tencia, día vendrá en que la nación española 
perderá esta rica isla". 

Pero el Gobernador, sin dejarse impresio- 
nar, se mantuvo en la rígida posición que adop- 
tara. Y cuando el Santo vio que nada podía ha- 
cer por las vidas de los prisioneros, quiso al 
menos, salvar sus almas y se fué a ellos para 
hablarles de Dios. 

Después logró que fueran perdonados 
los que habían tenido en el movimiento 
una parte de menor responsabilidad. De ahí 
que el pueblo dijera: "De haber estado aquí el 
Arzobispo, no habría pasado nada". Por eso 
cada noche, al retirarse, cientos de personas lo 
seguían hasta su casa, y un testigo ocular es- 



• 151 



cribió: "Qué hermoso espectáculo. La noche se- 
rena, la luna clara, un farol que no luce y una 
masa de gente que no habla alrededor de su 
Prelado". 

No significa esto que no tuviera enemi- 
gos, porque algunos allí mismo sostenían: 

"Ninguno nos ha hecho tanto daño ni cau- 
sado tanto miedo como el Arzobispo". 



Es que según el Padre Cruz Ugalde, el em- 
peño con que combatió el tráfico de negros, lo 
hizo odioso a los que negociaban con ellos. Por- 
que en verdad él actuó en esta emergencia con 
extraordinaria energía, sin preocuparse de ven- 
ganzas, sin hacer caso de amenazas. Y hasta 
publicó un Bando de Buen Gobierno y las Le- 
yes de Indias relativas a la esclavitud. Más 
adelante, el Conde de Cheste que será algún 
día Capitán General de Cuba, a su regreso a 
España, habló de esto diciendo : 

— "Me consta lo mucho que se esforzó por 
suavizar la mísera condición de los esclavos 
hasta alcanzar su libertad". Y agregó que a 
esa empresa santa había dedicado todo su co- 
razón. 



Desde el año 1524 Europa negociaba con 
los negros. Los vendía para que cumplieran los 
más pesados trabajos, sin dejarles siquiera el 
derecho a instruirse y Pío Zabala menciona en 
su obra las protestas que a este respecto hicie- 



152 • 



ron los Papas y como no habían sido nunca es- 
cuchados. Habían alzado su voz ya Paulo 
III, León X, Urbano VIII, Benedicto XIV, 
Pío VII y Gregorio XVI. Pero, al llegar el Ar- 
zobispo Claret seguía igualmente arraigada y 
protegida la inicua explotación. Y de tal mo- 
do estaba generalizada, de tal manera eran po- 
derosos los negreros, que en Dátil, uno de los 
negociantes que poseía más esclavos, les había 
prohibido asistir a las misiones, haciéndolos 
vigilar por un mayoral, y con orden de dar 
cuarenta azotes al que desobedeciera. 

Pero se dice asimismo que muchos se es- 
capaban para escuchar las palabras del sacer- 
dote, diciendo que éstas les daban ánimos para 
sufrir los castigos. 



Estaba de nuevo en Bayamo, en el año 
1852, y rezaba en la Capilla del Santísimo Sa- 
cramento, cuando se levantó agitadísimo, emo- 
cionadísimo, diciendo a los que estaban con él: 

"Roguemos por nuestros hermanos de San- 
tiago, pues se hallan en gran tribulación". 

Santiago quedaba a dos días de viaje. Y él 
habló así en el preciso momento en que comen- 
zaban los terremotos. 

Partieron enseguida. 

A su llegada, ya una enorme multitud lo 
esperaba en un puente de los alrededores. El 
iba a hacerse partícipe de sus penalidades, a 
sufrir con ellos. Iba a correr voluntariamente 
sus riesgos. Y estuvo días y días, noches y no- 



• 153 



ches, sin reposo, atendiendo a los que necesita- 
ban de él, de sus consuelos, de sus limosnas. Di- 
jeron que había sido un ángel tutelar. Tomaba 
las confesiones en la calle, daba Extremaun- 
ción en medio de los temblores, aunque las 
piedras cayeran a su lado, cuando los muros se 
derrumbaban. Dirigía los auxilios, porque los 
males y los peligros iban en aumento. Infati- 
gable siempre, se mantuvo sereno entre tantas 
gentes enloquecidas por el terror, desesperadas 
por las desgracias. 



Entre aquellas noches terribles, hubo al- 
guna más tranquila, así lo iba pareciendo. El 
paseaba entonces por el claustro y hablaba de 
las misiones en China. Mientras hablaba se 
sintió un ruido subterráneo, que a todos pare- 
reció más fuerte que los anteriores. Pero él no 
interrumpió su disertación. Sólo que, al poco 
rato, observó que "yo" — dice alguno — no lo 
escuchaba. "No tema usted" fué lo que dijo, 
aunque temían los fuertes también. Pero agre- 
gó entonces el Arzobispo: "Yo considero estas 
circunstancias, es decir el cólera y los terre- 
motos, como misioneros eficacísimos que Dios 
nos envía en su misericordia". 

Pero ya los demás apenas escuchaban. 

Sólo él seguía tranquilo hablando de los 
que se arrepentían en el dolor, en las tribula- 
ciones y en el miedo a la muerte. 

— "Algunos pecadores son como los noga- 



154 • 



les — agregó — que no dan frutos sino a pa- 
los". . . 



Debía ahora ganar las almas que en la bo- 
nanza y en la felicidad permanecían empecina- 
das, desdeñosas a su voz. 

Y en aquellos días, que fueron tantos, hizo 
levantar una capilla de toldos en la alameda, 
como dijera más tarde, recordándolo, un diario 
local, "junto al sordo murmullo de los mares y 
al seco choque de las olas, en medio de la con- 
moción de la naturaleza toda, cuyas entrañas 
se estremecían, cuyos horizontes se alborota- 
ban". Y de hinojos en el paseo, hasta muchos 
sin poder guarecerse bajo los toldos, soportan- 
do lluvias, asistían a su misa, a sus prédicas, y 
pareció a todos, como un profeta de Is- 
rael, que consolaba a los hombres, o les anun- 
ciaba nuevas desdichas. 

Hasta dijeron que, "a algunos no causaba 
menos estupor la serenidad de su alma que las 
conmociones de la tierra". Y los que pudieron 
valorar esa calma, esa indiferencia de sí, tan 
excepcionales, creyeron que no podrían com- 
prenderla en toda su grandeza, sino los que 
hubieran experimentado terremotos. 

En una de las madrugadas más lívidas, 
después de una terrible noche, los mismos sa- 
cerdotes, tan acostumbrados a su serenidad, 
quedaron ellos también admirados. Habían 
pasado una de las peores noches, y él salió de 
la pieza tranquilo y complaciente, como cual- 



• 155 



quíer dia, y con su acostumbrada calma, dijo a 

quienes lo esperaban. 

— "Vamos a dar gracias a Dios/' 

Alguno de ellos, escribió: 

— "A ninguno nos pareció natural lo que 
estábamos viendo. Comparábamos su paz con 
nuestra zozobra. Nunca como ese día compren- 
dí tan bien su santidad". 



Pasaron luego días de calma, que aquellos 
desgraciados sin hogares tomaron por defi- 
nitiva. Y quisieron empezar a reconstruir la 
ciudad, como si ya vivieran los días del per- 
dón. Había prisa por deshacerse de aquellas 
ruinas, de tanta desolación, y los picos darían 
para ellos el cántico de la esperanza. Pero él 
les dijo que no lo hicieran, que vendrían nue- 
vos terremotos, y que todo sería inútil. ¿Cómo 
había comenzado entonces hacer él las obras 
del Palacio Arzobispal? — Lo hago para dar 
trabajo a los que vinieron de La Habana — res- 
pondió — pero sé que todo es en balde". 

Y esperaron entonces entre escombros, y 
aterrados por lo que iba a venir, porque sa- 
bían que todo volvería a caerse. 

Y fué así como lo había dicho. Porque 
nuevos terremotos, aun más fuertes, hicieron 
temblar las casas y los palacios, y lloraban to- 
dos como si hubiera llegado ya el fin del 
mundo. 

Pero ahora iban a poder reconstruir sus 
habitaciones. Y él hizo comenzar las obras de 



156 • 



la Catedral, porque no se producirían sino te- 
rremotos leves, que no harían mal. 



Varios meses antes de ocurrir estos suce- 
sos, y estando en Manzanillo, él ya los había 
anunciado, así como otras desgracias, en las 
que acaso no pensaban: él les había dicho tam- 
bién de pestes y guerras. 

Después van a acordarse de estas otras 
predicciones. Había dicho a los españoles que 
serían perseguidos de muerte, "como los cone- 
jos en los bosques". . . Pero ellos se creían se- 
guros y entonces lo estaban. 

Los Padres Barjau y Curríus también lo 
habían oído. 

— "Tiempos pasados Dios me dió a cono- 
cer tres castigos que habrían de venir: el pri- 
mero, temblores; el segundo, enfermedades; el 
tercero. . . éste ya se está acercando y será te- 
rrible". . . 

En noviembre de 1852 escribía también al 
Padre Sala acerca de la futura pérdida de Cu- 
ba para España, que ocurrió efectivamente en 
1898. Y al terminar la carta, añadía, que pen- 
saba que ésta no tardaría en suceder y que es- 
peraba ya no estar allí. Y se dijo que muchos 
de los españoles que fueron muertos en la gue- 
rra, habían escuchado sus proféticas palabras. 



Estaba de misiones cuando comenzaron 
las pestes, y enseguida se trasladó a Santiago. 



• 157 



Era el cólera morbo, que aun no se conocía, y 
que él había anunciado. La ciudad acababa de 
ser reconstruida, y a todos pareció ahora que 
aquéllo era peor que los temblores. No alcan- 
zaba el tiempo para sepultar a tantos muertos; 
más de una calle quedó en dos días sin habi- 
tantes. 

El estuvo junto a los enfermos, cuidándo- 
los, consolándolos, dándoles los sacramentos, 
y se dijo que ninguno murió sin ellos. 

Ni él ni sus misioneros vacilaron ante el 
sacrificio. Y uno de ellos pagó con su vida el 
desvelo. Porque para eso, para cumplir, habían 
ido a aquel infierno. 

— "¡ Bendita y alabada sea la bondad y mi- 
sericordia de nuestro buen Padre por toda su 
clemencia y su consolación". 

Fué una hora heroica. 

Y más adelante en Roma al hablar del 
"egregio" arzobispo y de sus "prodigios de con- 
versión", se dijo que en el momento de las ca- 
lamidades "a todos pareció un San Carlos Bo- 
rromeo redivivo, para consuelo de la humani- 
dad doliente". 



El Padre Puigdessens destaca el carácter 
humano de su santidad. Y habla de una fuer- 
za triunfadora llevada a campos de acción ca- 
da vez más dilatados. Distinto a la mayor parte 
de los santos, llevaba una vida de actividad in- 
cesante, sin desdeñar el cuidado de las cosas 
de la tierra, la salud, los derechos, las necesi- 



158 • 



dades de los hombres, al extremo de no poner 
en práctica un bello propósito, por no desam- 
parar a los que vivían de sus beneficios. 

Había reunido a sus familiares, como lla- 
maba a los sacerdotes (|ue le acompañaban en 
la Misión, y les consultó sobre su deseo de 
renunciar a las rentas arzobispales, que suma- 
ban veinte mil escudos, para vivir de li- 
mosna. . . 

Hacía tiempo que estaban con él, que lo 
conocían ; sin embargo sus pensamientos les 
sorprendían continuamente. Y ahora les habla- 
ba de una cosa desacostumbrada. Pero en rea- 
lidad aquellas rentas habían sido dadas siem- 
pre a los pobres, a las iglesias, y servían para 
sostener el culto y para obras piadosas. ¿Aca- 
so gastaba algo en él?. . . 

Andaba como en su juventud, con la ropa 
remendada, como en los días en que las mon- 
jas ocupadas de su lavado, le cambiaban las 
prendas sin que él lo supiera. Tenia el sombre- 
ro vieio como aquél que los sacerdotes de San- 
ta María del Mar. habían escondido poniendo 
otro en su sitio, para que no lo usara más. Su 
reloj estaba siempre de arreglo en arreglo v 
nunca en hora. Como en Cataluña, los zapate- 
ros podían ahora también reemplazar los za- 
patos que mandaba componer, porque de tan 
viejos, ya daban lástima. Y entre sus gastos, 
figuraba como muy principal, el regatón de su 
bastón . . . 

Como antes, y como siempre, su cuarto 



• 159 



era de una severidad y pobreza que admiraba. 
Sólo tenía un catre, una mesa tosca, con 
una silla, y un estante con libros. Y su co- 
mida era escasa y aun ordinaria, porque no 
quería darse ningún placer. 



Eran las diez de la noche, no se sabe el 
día, el mes, ni el año . . . Algunos de los auto- 
res que tratan el episodio, dicen que, por algún 
fenómeno místico que no se especifica, el Pa- 
dre Claret vió la representación, o consideró 
de extraordinaria manera el contenido de los 
seis primeros versículos del capítulo X del 
Apocalipsis. 

"Otro ángel fuerte bajaba del cielo envuel- 
to en nubes, con el iris sobre la cabeza, su ros- 
tro como un sol, sus pies como dos columnas 
de fuego, con un libro abierto en la mano. 
Hundiendo su pie derecho en el mar y asen- 
tando el izquierdo sobre la tierra, gritó con voz 
potente como rugido de león, reproducida lue- 
go por el eco fragoroso de siete truenos. Apenas 
se habían extinguido éstos, San Juan se dis- 
ponía a copiar sus conceptos, pero se lo pro- 
hibió una voz de lo alto que decía: "Sella lo 
que han hablado los siete truenos y no lo es- 
cribas". Y el ángel que estaba sobre el mar y 
sobre la tierra, levantando la mano al firma- 
mento, juró por el que vive por los siglos de 
los siglos y creó el cielo, la tierra y el mar con 
todo lo que contienen, que el tiempo se acaba 

ya". 



160 • 



La impresión que recibió fué tremenda. 
La visión lo llenó de inquietudes, y era como 
si aquéllo debiera tener con él una relación que 
no comprendía. 

Al día siguiente la Virgen le habló que 
no dudara. Pensó en San Juan, se acordó de 
San Vicente Ferrer, que habían recibido la vi- 
sita del ángel. Pero la visión no podía dirigirse 
a él. Hubiera sido desproporcionada. 

"Sólo que yo sea un instrumento", se 

dijo. 

Veía su pequenez. Le parecía imposible 
que él fuera un elegido de Dios. 

Pero pensó que asimismo podía ser, como 
aquél a quien toca representar un papel de 
rey, siendo un infeliz. 

Y seguro ya de que era así, habló de la 
visión con Curríus, su secretario, y con Gon- 
zález de Mendoza, a fin de que lo ayudaran a 
encontrar una explicación. 

Quizá debiera emprender alguna obra 
grande. Y creyó que podría ser la reforma del 
clero. 



Pero el Santo tenía que seguir misionando 
en Cuba. Acababa de predicar en San Isidro, 
donde los fieles, fervorosos, gritaban: "¡Viva 
el santo Arzobispo ! ¡ Viva el Padre Claret ! Y se 
disponían ya a sacar los caballos de su coche, 
para llevarlo ellos mismos hasta el pueblo ve- 
cino. 



• 161 



No captaban evidentemente aquella humil- 
dad suya tan de adentro, aquella sencillez tan 
sincera y distinta a la corriente. No podían sa- 
ber desde luego, que poco antes, al pasar por 
un convento, había pedido como un favor, que 
lo dejaran servir la mesa. 

Querían hacerle un homenaje. Pero a él 
le molestaban los aplausos y las dignidades, y 
ni siquiera había querido ser arzobispo. 

De ahí que su secretario, que vivía en 
constante admiración por sus virtudes, excla- 
mara : 

— "No sólo no noté en él un hecho menos 
edificante, sino que cuanto más me acercaba 
al hombre,' más de cerca veía al santo". 



Muchos, al contrario, lo atacaban. No com- 
prendían su posición. Sin embargo, él estaba 
allí en aquel alto cargo, sólo para hacer amar 
a Dios, como dijo, y para ayudar a los 
hombres. 

"El día en que vea que se pone el menor 
tropiezo a mi misión, el día que vea que se 
me atan las manos para hacer el bien o que 
no se escuche mi voz cuando mis pretensiones 
se funden en la justicia y en la misma caridad, 
que son los únicos estímulos que para obrar 
bien reconozco, ese día dejaré mi puesto y na- 
da perderé por cierto en cuanto a mí persona, 
porque el carácter de misionero me basta pa- 
ra ser pobre, para amar a Dios, para amar a 



162 • 



mis prójimos y ganar sus almas al tiempo que 
la mía". 

Y si esa conducta tan bella y recta, 
disgustaba a algunos, en cambio Pío IX, em- 
pleaba al escribirle estos términos: 

". . .Levantando los ojos al Señor, hemos 
tributado bendiciones a Aquel que en la suma 
necesidad en que se hallaba esa Iglesia, le ha 
suscitado clementísimamente un pastor según 
su corazón. A ti y a Nos, Venerable Hermano, 
nos damos el parabién por esa tu clarísima vo- 
luntad con que cumples los deberes del cargo 
episcopal". 



Una mañana predicaba en la Catedral. Jun- 
to a los parroquianos, oían su misa los mari- 
nos de una fragata española que estaba ancla- 
da en la bahía de Santiago. Pero, estando aún 
él en el pulpito, el comandante del buque dió 
una orden imperceptible, que hizo que inmedia- 
tamente los marinos se retiraran. 

Claret conceptuó que tal acto significaba 
un desaire, acaso una ofensa a la palabra sa- 
grada, y uno de los oficiales creyó entreoír una 
insinuación. 

Sin embargo se había dado esa orden, pa- 
ra que pudieran asistir a la misa siguiente, los 
tripulantes que habían quedado a bordo. No 
había existido otra razón. Y al saber que se le 
daba una interpretación distinta, el Comandan- 



c 163 



te envió sus excusas al Arzobispo, y éste, al re- 
cibirlas anunció una visita al barco. 

La oficialidad de la fragata lo esperó pa- 
ra tributarle los honores correspondientes, pre- 
sentando armas: pero, apenas él pisó la cu- 
bierta pidió de rodillas perdón al Comandante 
por la ligereza con que juzgara el hecho. 

Fué un gesto inesperado y emocionante, 
que empañó los ojos de los marinos. Y se pro- 
metió la asistencia de la tripulación para el 
próximo sermón. De ambas partes se hicieron 
cortesías. Pero, lo que es más raro, es que el 
Arzobispo, en la iglesia se excusó de nuevo 
con palabras que nunca son cómodas de de- 
cir, y que él, pronunció desde el pulpito. 

Pero su actitud no significaba blandura 
sino humildad, ya que era un hombre fuerte 
cuando había que serlo. De ahí que no vacilara 
en excomulgar a un rico comerciante, cuya con- 
ducta vergonzosa era un permanente motivo 
de escándalo. Y quién lo oyó aquel día, ha- 
bló de su "voz de trueno", diciendo que ella 
"erizaba los cabellos". 

Y luego, como evocando la visión magní- 
fica, añadió: 

— "Temblaban las columnas del templo...". 



Como Jesús, cuando sacó a latigazos a los 
mercaderes del templo, este Santo arrojaba del 
seno de la Iglesia a quienes se cubrían con sus 



164 • 



prácticas, llevando asimismo una existencia de 
infamias. De ahí que ese mal católico a quien 
él excomulgara, tratara en vano, que se levan- 
tara su condena, pero cuando se convenció de 
la inutilidad de sus gestiones, su cólera ya no 
tuvo límites y, con quienes estaban en posi- 
ciones semejantes, buscaron vengarse. 

¿No sería ahora el momento de su desqui- 
te? ¿No tratarían de dar muerte al Arzobispo? 
El lo sabía. 

Sin embargo conversaba tranquilamente 
en la casa parroquial, mientras llegaba la ho- 
ra de ir a pronunciar su sermón. Y de pronto, 
sin que ninguno supiera por qué, en algún mo- 
mento, preguntó a sus acompañantes, si ellos 
habían visto algo. 

Dijeron que no habían visto nada. 

Y él, sin dar explicaciones respondió: Eso 
es lo que quería saber. 

Narraba a su auditorio hechos de su vida, 
acordándose de que la Virgen lo había salvado 
en distintas oportunidades, y exclamó: 

— Y, ¡quién sabe si esta misma noche no 
me salva de algún peligro! 



Sus enemigos no se darían tregua y an- 
daban ya a su alrededor. Y ahora, un hombre 
que él había hecho sacar de la cárcel, por lás- 
tima a la familia, que había ido a rogarle por 



• 165 



él, a llorarle, lo venía siguiendo desde el pue- 
blo vecino. 

Se ocultaba, pero sin perderlo de vista. Se 
sabía que iba a aparecer en las esquinas, en los 
recodos. 

Era en Holguín, un pueblo que el Santo 
había ganado para el cielo. 

Sus acompañantes, nerviosos por aquella 
persecusión, miraban disimuladamente, y co- 
mo si no lo vieran. Quizá temían precipitar al- 
gún hecho. 

Y lo presentían más bien; sabían de su 
presencia cuando se acercaba. 

El individuo entraba con ellos, con él, a 
las iglesias; se quedaba en la puerta de los hos- 
pitales, entre las tumbas de los cementerios. 

Lo esperaba, y después volvía a seguirlo 
con pasos calculados y siniestros. 

Pero Claret serenamente continuaba el ca- 
mino de sus obras, repitiendo las palabras de 
San Francisco de Sales: 

— "No es necesario que yo viva; pero sí 
es necesario que yo cumpla mi deber y mi mi- 
nisterio". 



Al salir de la iglesia anduvieron por ca- 
lles de tinieblas. Llevaba a su lado al vicario 
foráneo y a su capellán y el pueblo entero lo se- 
guía. Un sacristán, un poco más adelante, mos- 
traba el suelo con un farolillo. 



166 • 



Hombres y mujeres se arrodillaban a su 
paso, y ligeramente le besaban el anillo, crean- 
do en la calle como una atmósfera de templo. 
Pero quién sabe si alguno entre tantos, si qui- 
zás aquél, se acercaría para darle el beso trai- 
cionero de Judas. 

Pudo ser su hora. Pero el que se acercó, se 
incorporó sin rozar siquiera su mano. No se 
veían las caras. Pero estaba a su lado. Y con su 
sevillana intentó degollarlo. 

Algún movimiento casual impidió el pro- 
pósito. Sin embargo hundió el arma con furia 
y cortó la mejilla hasta llegar a los huesos, y 
aún tajeó el brazo. 

El pueblo, en olas enfurecidas, avanzó pa- 
ra dar muerte al individuo; pero los soldados se 
interpusieron, a fin de entregarlo a la justicia. 

El iba desangrándose, mientras apresu- 
radamente era llevado hasta una farmacia para 
ser atendido, y ya por la calle, antes de aque- 
lla primera cura, pedía perdón para su asesino. 
Y volvió a pedirlo mientras se le curaba. 



En medio de la confusión y agitación de 
todos, él sentía que había llegado la hora tan 
deseada de derramar su sangre por Jesucristo. 
Y en el drama se halló colmado. Así lo afirmó 
el Padre Carmelo Sala, su capellán, que estaba 
junto a él y dijo: "Era tal y tan grande el con- 
tento y satisfacción de su alma y de su cuerpo, 



• 167 



que todo su ser se hallaba como sumergido en 
un baño suavísimo de dulzura, que penetraba 
sus potencias y sentidos", y afirmó que le había 
oído decir: "que sólo en el cielo podía experi- 
mentarse un gozo semejante, y que aunque no 
fuese más que por golosina, pudiera uno dejar- 
se acuchillar con frecuencia"... 

Agradecía las heridas y sufrimientos co- 
mo un favor que hubiera recibido, y en cuanto 
pudo escribir, expresó a sus misioneros de Vich 
el deseo de que ellos también dieran gracias a 
Dios por ese beneficio. 

Y más tarde en su Autobiografía, escri- 
birá: 

— "No puedo explicar yo el placer, el gozo, 
la alegría que sentía mi alma al ver que había 
logrado lo que tanto deseara, que era derramar 
la sangre por amor de Jesús y de María y po- 
der sellar con la sangre de mis venas las ver- 
dades evangélicas". 

"Cuando la sangre manaba de mis heridas, 
parecía que se me abrían los cielos". 

Luego escribió al Gobernador para pedir 
la libertad del asesino. Y Se ofrecía a costear 
el traslado de éste a un país lejano, a fin de 
sustraerlo a la condena de quienes villanamen- 
te lo habían utilizado y no le perdonarían la 
torpeza de su brazo. Pero si consiguió lo pri- 
mero, en cambio no llegó a salvarle la vida. Y 
la venganza cayó sobre aquél. 



Durante su convalecencia proyectó algu- 



168 • 



ñas obras, entre ellas, la muy importante de la 
Academia de San Miguel, que debía ser una 
asociación de escritores y artistas unidos al ser- 
vicio de la religión. Y escribió entonces una 
página explicativa, dando su plan, y que tan 
buena acogida tuvo en España. Así, gracias a 
su iniciativa quedó pronto constituido ese cen- 
tro, del que partieron luego muchas obras, y 
que dió numerosas producciones tanto en las 
letras como en las artes. 

Se ha dicho que tenía el genio de la pro- 
paganda. Su mentalidad ágil, segura, práctica, 
clara, era propia para abrir caminos e inducir 
a hacerlos recorrer. Algunos han creído ver en 
esto la influencia de San Ignacio. Y en verdad 
pocos santos han hecho una obra tan nutrida 
y tan llena de hechos, de actos, de iniciativas, y 
tan tonificante y enérgica. 

La Academia de San Miguel, en la que pen- 
sara en ese momento de obligado reposo, dió, 
gracias a su entusiasmo, a su empuje, infinidad 
de obras, ya suyas, ya de otros autores. Publicó 
una biblioteca predicable, con sermones y plá- 
ticas dominicales de los más importantes sa- 
cerdotes, desde Granada, Santander, Bossuet y 
Masillón, hasta los modernos. Creó con los ar- 
tistas que lo siguieron, una corriente más pura 
y como un clima religioso, que dió a España 
muchas obras de gran valor. Y durante muchos 
años esta Academia impuso también por medio 
de sus escritores, un estilo puro, elevado, que 



• 169 



tuvo influencia en los distintos núcleos socia- 
les. 



Inmovilizado por la terrible herida, el Ar- 
zobispo estaba todavía en Holguin, sin poder 
continuar sus misiones, ni presentarse en el 
pulpito. Así, cuando se anunció que, ya repues- 
to, iba a rezar un Te-Deum, en acción de gra- 
cias, fué un día de júbilo para el pueblo. 

Desde temprano se habían abierto todas 
las puertas, repicaban las campanas, y con sus 
trajes de fiesta, hombres y mujeres invadieron 
las calles, con sus almidones, con sus terciope- 
los, con sus mantillas, que se dirían florecidas 
de colores. 

Bajo el palio, el Santo entró a la catedral 
alfombrada y resonante de voces, y llevaría de 
ellos este recuerdo alegre y fervoroso. Ahora 
todos se sentían aliviados del peso del crimen, 
cometido allí entre ellos, aliviados también del 
miedo que habían tenido de perderlo. 

Pero a la noche, cuando fueron a despe- 
dirlo, los embargó de nuevo el pesar y lloraban 
todos en un desolador acompañamiento de ve- 
las encendidas, de manos que temblaban, de 
pañuelos en la cara, de pasos tristes. 



El tenía que seguir su destino misionero 
por las destrenzadas sendas de la isla, pero la 
persecusión continuaba. Así al pasar por Alta- 



no • 



gracia, adonde debía detenerse, vio que la casa 
que iba a albergarlo ardía por todas partes. 

El Dios de la Justicia impidió aquel nuevo 
crimen que se preparaba, deteniéndole a tiem- 
po, demorando su marcha. Pero la casona en la 
que pasó luego unas horas, fué hecha cenizas 
al día siguiente. 

Desde entonces, él ya no aceptó hospitali- 
dad alguna. Sabía que sus enemigos no se da- 
rían reposo. Que lo habían condenado. Pero en 
Santiago, adonde habían seguido con indigna- 
ción y angustia las vicisitudes del viaje, arre- 
batados por el entusiasmo de su llegada, lo 
vivaban, gritando: 

— "j Ya lo tenemos aquí ! ¡ Ya lo tenemos 
aquí!" 

Hasta los Cabildantes fueron a recibirlo 
como en los grandes acontecimientos, con sus 
casacas color coral y todas sus cruces prendi- 
das. Y en el salón arzobispal, le fué entregado 
un cáliz de oro y un pergamino lleno de firmas, 
en el que se leía que el Padre Claret, al igual 
que Isaías, podría decir a Cuba: 

— "¿Qué habría que hacer por ti, que yo 
no lo haya hecho ?". . . 



Aquellas horas que parecían allí sólo de 
agradecimiento, coincidieron con el final de los 
ministerios moderados españoles, y la subida 
de Espartero al poder, volvió a dar a la campa- 



• 171 



ña contra el Arzobispo un tono aun más violen- 
to, llegando a hacerse cargos a sus misioneros, 
y debiendo él tomar su defensa ante la Justicia. 
Personas autorizadas dijeron que el informe 
que presentó entonces, voluminoso y detallado, 
estudiaba el asunto bajo su faz social, jurídica, 
civil y religiosa, como cuestión de hecho y de 
derecho, y que era una enérgica defensa de la 
sociedad y del individuo, de sus libertades, y 
de los derechos humanos. 

Y en el libro que escribiera el Padre Clo- 
tet, llamado "Resumen de la admirable vida 
del Excelentísimo señor Clareé', en una de sus 
páginas se recogen noticias dadas sobre este 
asunto por un padre de la Compañía de Jesús, 
que entonces estaba en La Habana, y que 
dicen: "Sé por juez competente en tal materia, 
que fué alegato tan bien escrito, que además 
de dejar asombrado al señor Regente (y eso que 
le era hostil) que éste pidió licencia a su autor 
para copiarlo como modelo, pues dijo que me- 
recía que se propusiera como obra maestra; ha- 
biendo quedado en su virtud absueltos en el tri- 
bunal Prelado y Misioneros". 

De su parte habían estado siempre los ele- 
mentos sanos de aquella isla. Y hasta el Arzo- 
bispo de La Habana, que había discrepado en 
ciertos puntos con él, dijo entonces: 

— "Ayudémosle todos en su santa obra y 
demos gracias al cielo que nos ha concedido 
tan buen pastor". 

Quedaban, sin embargo, de pie los irre- 



172 • 



conciliables enemigos de ta Iglesia. En Puer- 
to-Príncipe, donde su asilo estaba terminado, 
el comandante de las milicias que acababa de 
llegar, exclamó al visitarlo: 

— "¡Magnífico! ¡Magnífico para un cuar- 
tel!" 

Asi, con ese sarcasmo, daba destino a la 
gran obra del Santo, a aquel asilo que signifi- 
caba su mejor esfuerzo. 

Durante años, esforzadamente, había sido 
levantado, con sus pabellones para ancianos y 
sus pabellones para huérfanos, con sus tierras 
para labrar, con sus instrumentos apropiados, 
con su granja experimental, con su gabinete 
de física y su biblioteca, y sus salones de clase, 
y el bello plan terminado. 

Y él había dado a esa obra sus dineros, su 
inteligencia y su tiempo. 



Pensó entonces que debía retirarse de Cu- 
ba, renunciar a su cargo. Pero no lo haría sin 
consultar con la Santa Sede, y escribió ense- 
guida. 

Meditaba en la conducta que habían se- 
guido otros sacerdotes en situaciones análogas, 
en la posición que adoptaron ilustres obispos. . . 
Bartolomé de los Mártires, Arzobispo de Bra- 
ga, se había opuesto, en situación también muy 
dificultosa, a que renunciara San Carlos, Arzo- 
bispo de Milán, y éste no renunció. Se acor- 



173 



dó de San Anastasio, a quien se presentó una 
situación similar a la suya. . . Pensaba en San 
Juan Crisóstomo. . . 

La respuesta del Vaticano decía: 

"Grande es por cierto el gozo que senti- 
mos, viendo ¡oh venerable Hermano! con cuán- 
to esmero trabajas asiduamente en cumplir en 
todas sus partes el oficio de buen Pastor". El 
Pontífice aludía después al atentado, diciendo 
que él también "había dado gracias al Dios Al- 
tísimo e infinitamente bueno, por haberlo sa- 
cado benignamente de tan grande peligro de 
vida". , 

Elogiaba luego su actitud piadosa frente al 
asesino: "No ignoramos Nos la singular vir- 
tud que en ti resplandece". . . Y ese era el tono 
de todo el mensaje. Alabanzas y aprobaciones 
por la manera como profesaba la santa doctri- 
na y la llevaba a la perfección. Hacía notar que 
imitaba los ejemplos del Divino Redentor 
cuando con obras y palabras enseñara a amar 
a los enemigos. . . "Arrebatan nuestro espíritu 
los eximios y religiosísimos sentimientos de 
que está llena tu carta, con lo cual vemos con- 
firmarse el buen concepto que de ti habíamos 
formado", y le pedía que continuara en Cuba. 



La aprobación de Roma debía ayudarlo a 
resistir las duras pruebas a que lo sometían los 
hombres. Seguiría en la isla. Tal vez fuera su 
deber morir allí. 



174 • 



Había evangelizado cuatro veces cada pue- 
blo, y aun continuaría. 

Así, misionando, esperaría los días terri- 
bles que se aproximaban. 

Y fué entonces cuando le comunicaron que 
acababa de ser declarado dogma de fe el mis- 
terio de la Concepción Inmaculada de María. 

Daría ahora a la Virgen su palabra encen- 
dida y fervorosa. Su estado de alma era emo- 
cionado y a un tiempo doloroso, pues si había 
estado en trance de morir por la religión, y 
por la religión estaba siendo perseguido, por 
otra parte acababa de recibir el apoyo y la 
bendición del Santo Padre. 

¿Cómo no escribir en esa hora y circuns- 
tancias la más bella de sus bellas pastorales? 
Y así lo hizo. Y su pastoral fué luego impresa 
en Barcelona y, más tarde, dada a los moldes 
en París y Madrid. 

Escribió transportado de fe y de agradeci- 
miento, y cuando puso su firma, quedó en éx- 
tasis. 

Entonces oyó una voz clara, clarísima, la 
voz de la Virgen, que dijo: 

— "Bene escripsisti" . . . Has escrito bien. 



Casi todos los sacerdotes que llevara a 
Cuba estaban ahora en otros destinos, y el Pa- 
dre Lobo había entrado, en ese momento, en la 
Compañía de Jesús. El Santo no lo había des- 



• 175 



animado, al contrario, aprobó su resolución, 
pero el Papa la censuró, diciendo: 

— "Más gloria daría a Dios peleando en 
un campo de batalla, que combatiendo desde 
una fortaleza". . . Sabía que Cuba era un cam- 
po de batalla y que allí se precisaban buenos 
sacerdotes. 

Pero el Santo respetaba sus vocaciones y 
dándoles consejos, los ayudaba a partir. Sin 
embargo con cada partida se aumentaba su so- 
ledad. Así, al salir de unos ejercicios exclamó 
con melancolía: 

— Vae soli . . . 

Y agregó las palabras de Job : 

— "Dios me los había dado, Dios me los 
ha quitado, bendita sea la voluntad de Dios". 



Pronunciaba un sermón en Baracoa, en la 
cátedra del Espíritu Santo, cuando le fué en- 
tregada una urgente esquela, que él guardó sin 
abrir. 

El Capitán General de la Isla le comuni- 
caba : 

"S. M. la Reina desea que V. E. pase in- 
mediatamente a Madrid". 

Y por su cuenta agregaba aquél: 

"Creo que será para hacerlo Arzobispo de 
Toledo". 

El cargo había quedado vacante, y la su- 
176 • 



posición era así bien fundada. Pero Claret no 
deseaba ser Arzobispo de Toledo, ni quería as- 
censo alguno: prefería quedarse en su cargo de 
combate. 

Pero ya había sido puesto a su disposición 
un barco de guerra. 

Consultó con sus familiares. Estos opina- 
ron que una invitación de la Reina era, en ver- 
dad, una orden. ¿ Podía vacilar? 

Alguno de los sacerdotes le hizo notar que 
una desatención podría causar graves daños a 
la Iglesia, con lo cual ya no dudó. 

— "Pues basta, ya está resuelto." Y habló 
de irse enseguida, de embarcarse aj día si- 
guiente. 

No pasó por su mente la idea de que no 
debía presentarse en la Corte con aquella sota- 
na descolorida y remendada que llevaba pues- 
ta, con la que había hecho sus misiones, que 
habían empapado los arroyos y desgarrado los 
montes. Y costó convencerlo que esperase dos 
días a fin de que le confeccionaran una nueva. 

Y es singular que sea este sacerdote, al que 
despreocupaban las apariencias mundanas, el 
que fuera llamado a los círculos aristocráticos, 
a relacionarse con la nobleza, que tendría en- 
trada en todos los palacios y acaso sería hués- 
ped de los propios reyes . . . 



El Arzobispo partió de Santiago el 22 de 



• 177 



febrero de 1857. Con pena dejaba su diócesis y 
la ciudad quedaba en duelo. 

Iba hacia La Habana, y allí se embarcaría 
en el Pizarro con destino a Cádiz. En La Ha- 
bana, durante su breve estada pronunció algu- 
nos sermones que comentó elogiosamente la 
prensa, y que llenaron de fieles las iglesias. 

Durante la travesía, bastante accidentada, 
redactó sus "Apuntes", que así llamó al pro- 
grama que se había propuesto seguir cuando 
se le presentó el ángel, pensando de nuevo, que 
su llamada a la Corte, pudiera estar relaciona- 
da con el ansiado mejoramiento de la clase sa- 
cerdotal. 

Y al llegar a Cádiz, se los dió a leer al 
Obispo Arbolí, obteniendo de éste una entu- 
siasta aprobación. "No debe tocarlos ni corre- 
girlos", fueron sus términos. "Esa es la doctri- 
na que todos debemos esforzarnos por seguir". 

El Obispo Caixal, que leyó el proyecto 
también, lo consideró de tal modo valioso, que 
lo mandó imprimir sin pérdida de tiempo. Y 
luego el Padre Claret, para llamarle alguna vez 
como él deseaba que se le llamase, envió los 
apuntes a todos los obispos, a modo de con- 
sulta. 

Y esa manera hábil de difundir sus ideas, 
hizo exclamar al Padre González de Mendoza: 

"Solamente Dios pudo haberle inspirado la 
ingeniosísima idea de darlos a leer a los señores 
obispos por vía de. consulta, pues, una vez leí- 



178 • 



dos, no podrán menos de causarles grande im- 
presión, despertándoles del letargo en que al- 
gunos se encuentran". Y así fué. 

Los obispos respondieron en términos elo- 
giosos y en absoluta conformidad, menos al- 
gunos que quisieron mostrarse prudentes, pe- 
ro diciendo asimismo que todo estaba bien. 

Con ello emprendía una obra de gran tras- 
cendencia, porque la reforma, con sus reajus- 
tes y sus exigencias, dió a la Iglesia Española 
un grado de virtud extraordinariamente alto, 
que llegó a llamar la atención en el propio Va- 
ticano. 



El 26 de mayo estaba ya en Madrid. 

En las esferas de gobierno se sospechaba 
también que había sido llamado para que ocu- 
para el Arzobispado de Toledo, y quién sabe, 
si se temía que así fuese... Algunos decían 
que, cuando debió ser presentada a la Reina la 
lista de los obispos españoles, con motivo de 
esa vacante, la recorrió, y pidió luego que se 
le diera la de los obispos de Ultramar, y que, 
al ver su nombre, se detuvo sonriente, y que 
enseguida ordenó que se le llamara. 

Pero los políticos no lo querían. Precisa- 
ban sacerdotes más fáciles de manejar o de 
convencer, sin su rigidez, capaces de hacer 
concesiones, y en cierto modo también, hom- 
bres de mundo. Por lo tanto, si llegaba a plan- 
tearse el nombramiento, ellos se opondrían. 



• 179 



Se oponía también a esa posibilidad, aque- 
lla extraña confidente de la Reina, Sor Patro- 
cinio, que por todos los medios a su alcance lo 
evitaba, ya fuera hablando de otros con elogio, 
ya objetando que por ser éste catalán, no sería 
nunca del agrado de los madrileños. 

Y, en cuanto a los ministros, manejaron 
las cosas con tal habilidad, que el Arzobispo 
de Burgos pasó a ocupar el cargo en Toledo. 

Todo esto sucedía mientras Claret iba ha- 
ciendo la travesía, sin aspirar al cargo, presen- 
tándose únicamente por obediencia, y no por 
ambición. 

Pero, ¿por qué se pensó en él? 

Algunos creyeron que su nombre debió 
ser pronunciado por la Nunciatura, debido al 
concepto que de él se tenía en Roma. Pero la 
Reina negó esa intervención, y dijo que lo ha- 
bía hecho llamar porque recordaba que hacía 
tiempo había oído alabar sus virtudes, y sabía 
de algunos de sus milagros. 



Esta vez los políticos habían vencido a la 
Reina y habían desbaratado sus planes. Por 
eso fué que ella resolvió hacerlo su confesor. 
Pero no dejó que su proyecto trascendiera y 
sólo habló del asunto con Madre Micaela del 
Santísimo Sacramento, la que será más tarde 
fundadora de la Congregación de las Adora- 
trices, y a quien ella pidió que la preparara pa- 



180 • 



ra hacer confesión general con un sacerdote 
que había mandado llamar. 

Pero a pesar de sus precauciones, se quiso 
impedir que lo designara y ella tuvo que sos- 
tener con energía que la penitente debe ele- 
gir su confesor, como el enfermo elige su mé- 
dico; así, al recibir al Arzobispo Claret, le ofre- 
ció el cargo. 



— "¡Qué sorpresa! ¡Qué confusión!", con 
esos términos escribía al Obispo Caixal. 
Y le decía: 

"Yo no soy a propósito, yo no tengo genio 
palaciego". . . 

Pero aún no sabía a lo que se exponía. Esa 
penitente, además de ser reina, era una mujer 
ingobernable, que llevaba en las venas sangre 
de aquella Princesa de Parma, su abuela, la 
esposa de Carlos IV, de vida tan ostensible- 
mente pecadora; era hija de Fernando VII, el 
príncipe que no vaciló en acusar a su padre y 
a su madre ante el pueblo y ante un monarca 
extranjero, para conseguir el trono; era hija 
de María Cristina de Nápoles, princesa de tem- 
peramento arrebatado, y que, en las horas de 
la Regencia, levantó las iras españolas; y era 
impulsiva y ligera ella también. Y en ese mo- 
mento tenía un amante. 

De físico opulento como el de una figu- 
ra de Rubens, muy blanca de tez, de ojos cla- 
ros, rosada, alegre, divertida, frivola, lógica- 



• 181 



mente festejada y mimada, tal era a grandes 
rasgos la futura penitente del Santo. 

Y él seguiría humilde, sencillo, virtuoso, 
él que sólo amaba la pobreza, él que sólo pen- 
saba en Dios. ¿Sería escuchado por los cora- 
zones orgullosos de aquella corte? ¿Tendría 
influencia con aquellos hombres indolentes pa- 
ra la piedad, desobedientes a los mandamien- 
tos de la Iglesia? 

¿Qué podría hacer entre ellos quien toda- 
vía no había aprendido a mirar de frente a las 
mujeres, y acaso ni a persona alguna? 



De él se contaba que, cierta vez, que an- 
daba recorriendo pueblos, una mujer le detuvo 
preguntándole : 

— ¿No me conoce?. . . 

Nunca la había visto, ni la veía tampoco 
en ese momento. 

Yo soy el ama de la casa del cura de tal 
pueblo, adonde usted estuvo haciendo misio- 
nes. . . 

Y por única respuesta, él dijo: 
— Y ¿el señor cura está bueno?. . . 
No eran las suyas, evidentemente condi- 
ciones para figurar en una corte, ni para en- 
contrarse cómodo, ni acaso para resultar a los 
otros agradable. 



Fué instado a aceptar y para ello se le exo- 
182 • 



neró de su cargo en Cuba. Pero él impuso con- 
diciones. Exigió que no se le hiciera interve- 
nir en política; que cumplida su misión, que- 
dara libre para ocuparse de sus obras; que no 
viviría en Palacio, como lo hacían sus antece- 
sores; y aún, que no se le obligaría a hacer 
antesalas. ¿Hubo error en aceptar?... 

Las autoridades eclesiásticas pidieron que 
aceptara por el bien de la Iglesia, y se cree que 
hasta el Sumo Pontífice le escribió. Se pensa- 
ba que su virtud y su piedad tendrían allí cam- 
po más ancho para defender la religión. 

Pero el cargo era muy delicado. La com- 
plicada situación política, con un gobierno ad- 
verso a la Iglesia volvía en extremo difícil la 
misión. Asimismo todos sus biógrafos han sos- 
tenido que supo manejarse bien. Y Monseñor 
Buenaventura Monzón, Arzobispo de Granada, 
que estudió después su actuación de entonces, 
demostró cómo las supremas autoridades apre- 
ciaron favorablemente la que él llamó "sabia 
conducta", diciendo que "en su comprometida 
situación gobernaba lo mejor posible la con- 
ciencia de la pobre Isabel, presa y juguete de 
las ambiciones políticas. Y creyendo que fué 
elegido "providencialmente" dijo que "fué un 
excelente confesor y director, no sólo de la 
Señora y de la Dama, sino también de la So- 
berana y de la Reina, como no podían en con- 
creto separarse". Sostuvo que "supo como po- 
cos, y quizá como nadie, conciliar la sencillez 
de la paloma con la astucia necesaria de la ser- 



183 



píente, para no enredarse nunca ni dejarse en- 
redar ni por las secretas tramas palaciegas ni 
por las intrigas de los partidos políticos que se 
disputaban el Poder y se quitaban de las manos 
las riendas del gobierno, y para conservar ín- 
tegra e inviolable la santa libertad e indepen- 
dencia de su sagrado ministerio". Y en su lar- 
ga exposición, en aquella defensa del pre- 
lado, decía también: 

"Yo creo que el señor Claret, en el difici- 
lísimo cargo de confesor de Su Majestad la 
Reina no procedió ni se gobernó por las so- 
las luces de la razón y por las solas reglas 
de una prudencia meramente humana, sino 
que... procedía impulsado por el divino Espí- 
ritu que moraba en su corazón, y dirigido por 
las luces sobrenaturales de la prudencia infusa, 
que sin duda le comunicó el Señor que lo eli- 
gió para aquel cargo y lo obligó a permanecer 
en él hasta el fin". . . 



En verdad su presencia repercutió en la 
corte y en Madrid de manera muy sensible. Se 
habló de muchas conversiones, de que las igle- 
sias estaban ahora concurridísimas, que en los 
hospitales se le esperaba como a un ángel, — tal 
la palabra pronunciada; — se dijo también que 
quinientos sacerdotes habían concurrido a los 
primeros ejercicios que dió en la casa de los 
Padres Paúles, y muchos más, en los siguien- 
tes. 



184 • 



Los opositores, advertidos, maquinaban 
maneras de alejarlo. ¿Qué mejor que simular 
ante la Reina el propósito de una reparación, 
y proponerle que le ofreciera el Arzobispado 
de Zaragoza?. . . Y ella, sin estudiar el asunto, 
satisfecha con lo que parecía ofrecerse, se lo di- 
jo. Pero, ¿acaso podía ocupar honestamente 
un cargo en Zaragoza y, a un tiempo, otro en 
Madrid? Ella no vió la incompatibilidad, ni que 
era para comprometerlo y para alejarlo. 

Para él, es cierto que hubiera sido la libe- 
ración y así respondió que, si ella lo deseaba, 
iría, pero para quedarse allá y no ser ya su con- 
fesor. 

Fué entonces cuando Isabel comprendió lo 
que se quería, y qué sentido tenía lo que llama- 
ban reparación. Y él tuvo que seguir en Ma- 
drid, que era entrar definitivamente en la tor- 
menta. 



Su penitente oía misa a las siete, comul- 
gaba a menudo, parecía arrepentida y prome- 
tía cambiar de conducta, realizando, además, 
obras piadosas; pero próximo ya el nacimiento 
de quien iba a ser Alfonso XII, daba motivos 
todavía para que se murmurara. 

El Gabinete había intervenido y hasta 
amenazado con una dimisión colectiva. El 
Nuncio tuvo con ella infructuosas entrevistas. 
Su confesor, que la había amonestado ya, 
anunció su viaje a Roma, previniendo que no 



• 185 



volvería a la corte. Ella se mostró dispuesta a 

enmendarse, y llorosa le pidió que no se fuera. 
Pero en la Reina todo era contradicción. ¿Có- 
mo creer entonces en sus palabras? El Padre 
Claret exigió que el oficial que motivaba el es- 
cándalo saliera inmediatamente de Madrid. Y 
se le dieron a aquél sus pasaportes. 

Era una batalla ganada. Hubo como una 
pausa de cordura, de recuperación moral, de 
sentido de su responsabilidad. Pero unos me- 
ses después, normalizada su vida, volvía a su 
actitud desafiante, y hasta despreciativa para 
su pueblo, que exigía una dignidad real. 

Narváez y los demás ministros tenían re- 
sueltas ya sus renuncias. El Padre Claret no 
iba a Palacio, y había cancelado hasta las lec- 
ciones de la Princesita, y preparaba su partida. 
Solamente un diplomático, como lo era Mon- 
señor Antonelli, Nuncio de Su Santidad, po- 
día creer en soluciones y buscarlas. Y él fué 
quien concertó una entrevista de la Reina con 
su confesor, que se llevó a cabo, y que éste 
calificó de muy severa. 

En ella el Padre impuso exigencias y pre- 
vino que se alejaría hasta que ellas se cumplie- 
ran. • 

La Reina tuvo para ello, un término. De- 
bía cohabitar con el Rey, el favorito tendría 
que salir de Madrid y debía ser alejada de la 
corte la camarera infiel, que había ayudado al 
deshonor de la Reina. 



"Dichosos los que caminan sin mancilla, 



186 • 



los que andan en la Ley del Señor". La ver- 
güenza no los toca ni tendrán asco a los re- 
cuerdos. 

El meditaba en el perdón de los pecados. 
Pero a pesar de su piedad, sabía que aquella pe- 
cadora se arrepentía y volvía a sucumbir. 

Por eso ahora seguía en Yich. 

Había regresado a los suyos y recomen- 
zaba las evangelizaciones. Como al principio 
estaba rodeado de conciencias puras. Y daba 
otra vez ejercicios. 



De todos los conventos acudían ahora pa- 
ra pedirle reglas. 

Los suyos querían imitar su virtud, copiar 
sus sacrificios, trataban de dormir apenas, no 
querían comer. El tuvo que decirles: 

"Si el Señor me ha concedido la gracia de 
poder vivir sin comer, no es necesario que la 
haga a los demás'', y quiso que tomaran tam- 
bién el indispensable descanso. E hicieron co- 
mo él mandaba, porque va para todos era un 
Padre. 



Mientras tanto seguían llegando de Ma- 
drid insistentes cartas. Le decían que el oficial 
que él exigiera alejar, estaba en Yenecia : que 
el Rey había sido visto repetidas veces en Pa- 



• 187 



lacio; y la Reina pedía recomenzar los ejerci- 
cios espirituales. ¿No debía volver? 

El nunca la había acusado totalmente. La 
tenía lástima. Sabía sus dificultades. "¡Qué pe- 
ligros hay en los palacios para salvarse!" de- 
cía. 

Y "el ángel del Buen Consejo", como lo 
llamó alguno de los Papas, consideró que de- 
bía volver a la zona de fuego. 



En algún momento el Santo había dicho: 

"Dios se sirve de los mundanos para pu- 
lir nuestra alma". Comprendía las tentaciones 
que ofrece el mundo y que hay que rechazar, 
que obligan a estar en guardia. No era igual 
que vivir en los campos o en las aldeas. Pero, 
no por ello había que sucumbir. 

Al llegar a Madrid encontró a un sacer- 
dote, que andaba por las calles disfrazado de 
civil. Dicen que lo miró de tal manera, que, sin 
palabras, lo condenó. Y el sacerdote, que ha- 
bía cedido un instante a aquel medio turbador, 
decía : 

— "¡ Oh la mirada del Padre Claret ! No la 
puedo olvidar. Parecía que leía los repliegues 
de mi corazón" . . . 



Sin embargo la alta sociedad madrileña 
veneraba ya al Santo, como lo veneraban los 



188 • 



campesinos y los aldeanos. En Santo Tomás, la 
gente "se apiñaba'' para escucharlo. La pren- 
sa comentaba que la Corte había cambiado de 
costumbres y que se notaba en ella una orga- 
nización "casi conventual". Era ya el confesor 
de la mayor parte de las camaristas y de las 
azafatas, y la Reina había mandado imprimir 
para ellas, ediciones de lujo, del "Camino Rec- 
to" y de los "Ejercicios Espirituales''. 

También llamaba la atención que la Rei- 
na no asistía ahora a las actividades puramen- 
te mundanas, que los teatros daban piezas mo- 
rales, que no se gastaba tanto en "convites", 
como él pidiera y que empleaban grandes su- 
mas en obras piadosas. 

Pero ni sus gustos ni su modalidad eran a 
propósito para la corte, aunque muchos igno- 
raran hasta qué extremo esa vida le era pe- 
nosa. 



Pío Zabala dice que resignadamente acep- 
taba aquellos sinsabores como amargos sorbos 
de un cáliz de pasión. 

Algunos conocieron el fondo de su amar- 
gura, de su secreta desesperación, si esta pa- 
labra puede emplearse. Hay cartas suyas re- 
veladoras de aquel estado de ánimo tan sacri- 
ficado. En una, a la Madre París, aquella monja 
fundadora, expresa que "estar en la Corte era 
el mayor contratiempo de su vida, y que a ve- 



• 189 



ees le daban ganas de salir corriendo como un 
loco". 

A muchos habló de su desagrado, y de que 
si no hubiera tenido tanto que hacer, se habría 
muerto de pena. 

Le confesó al padre Sala que se encontra- 
ba como un perro atado a cadena... Y a la 
Madre Sacramento escribía también en térmi- 
nos angustiados: "Me siento como enclavado 
en la cruz", agregando, "Ayúdeme a desencla- 
varme!" Era su destierro, según decía; era su 
suplicio. Y hasta dijo: "Si oye que me he es- 
capado, no se extrañe". . . 

"Dios me ha mandado a este destino pa- 
ra que sea mi Purgatorio". . . Y en cierto mo- 
mento confidencial murmuró a los oídos del 
Padre Curríus que oir a la Reina era para él 
una penitencia. . . 

"Siempre estoy suspirando por salir; soy 
como un pájaro enjaulado que va siguiendo las 
varitas para ver si puede escapar". . . 

¡Hasta llegó a desear, así consta, que se 
produjera una revolución que lo echase! 



"Yo mismo no sé que razón darme". Pen- 
saba que debía ser una gracia que el Señor le 
otorgaba para que no pusiera afición en las 
grandezas, honores y riquezas del mundo. 

"Reconozco que esta repugnancia que sien- 



190 • 



to es un gran bien para mí, y todos los días ha- 
go votos de resignación a la voluntad de Dios" 
porque constataba: "Sólo me agrada que nada 
me agrade". . . 

"Estoy convencido Señor, que así como al 
agua del mar le habéis dado el salobre y la 
amargura para que se conserve pura, así a mí 
me habéis concedido la sal del disgusto y la 
amargura del fastidio en la corte para que 
me conserve limpio del mundo". 



Así, se daba en lo posible a su vida de igle- 
sia, de prédicas, de ejercicios, de oración". Hoy 
a la una — decía en algún momento — celebra- 
ré de Pontifical en la Capilla Real del Palacio 
a la que asistirán los reyes y los príncipes: a 
las seis empezaré la novena que predicaré en 
los Italianos: a las diez rezaré las vísperas de 
la Purísima: luego los maitines: y a las doce 
en punto cantaré la misa Pontifical... 

El Obispo de Avila, admirado en cierta 
ocasión de esa actividad suya, no tenía pala- 
bras para elogiarlo, v afirmaba que desde el 6 
de diciembre en que había empezado a confe- 
sar, hasta terminadas las ceremonias del 8, no 
había tomado ni un vaso de agua. Y esa 
era su vida en la corte. De ahí que hasta en la 
prensa se comentara "su fecunda incansabili- 
dad'\ Se dijo que habiendo tantos confesores 
reales, desde el tiempo de los Ramones Nona- 



• 191 



tos y de los Vicentes Ferrer, ninguno podía 
compararse con el Padre Claret en ese minis- 
terio no interrumpido, en el que pasaba de la 
predicación al confesionario, y de las pláticas 
o ejercicios a las Hermandades, de las visitas a 
los enfermos y a los hospitales, a las cárceles y 
a los indigentes, y de los ejercicios a los niños, 
a su obra de escritor, y, que en dos años, se 
había hecho moralmente dueño de Madrid. 
"El Nuncio exclamaba: "Es una bendición de 
Dios para Madrid el que a ella haya llegado 
el egregio Arzobispo: por él se aviva el espí- 
ritu católico, los eclesiásticos que desean cum- 
plir su ministerio tienen un guía y un maestro; 
la palabra de Dios fructifica y convierte a des- 
creídos y corrompidos". 

Don Juan Vargas, Canónigo de Puerto 
Rico que recién lo había conocido, lamentaba 
no haberlo encontrado antes. Consideraba que 
"era angelical", tal su término. Y que asimis- 
mo, aunque fuera tarde para él, podría "toda- 
vía seguir sus máximas", ya que no podía imi- 
tarse su ejemplo, como decía, por ser inimi- 
table. 

No había hora para cumplir con la gente 
que asistía a su confesionario. Se dijo que en esa 
última Semana Santa se habían confesado, gra- 
cias a sus prédicas, más penitentes que en toda 
la Cuaresma del año anterior; que la misa de 
las Agustinas, que celebraba a las tres de la 
madrugada, estaba concurridísima y que en 
las calles se embotellaban los coches pertene- 



192 • 



cientes a todos los que a esa hora esperaban 
confesión. 

Pronunciaba ya entonces hasta tres ser- 
mones diarios. Los periódicos elogiaban sus 
"sublimes discursos" ; hablaban hasta de su 
manera de santiguarse, de prosternarse, y se 
decía que tenía conmovida a toda España. 
"Mosén Claret está en los dinteles del cielo", 
se escribía. Hasta la prensa de París hablaba 
de él, diciendo "que había que llamar a la fuer- 
za pública, por los tumultos que se hacían en 
las calles, de tantos que acudían a escucharlo. 
Dijeron también que los oyentes entusiasma- 
dos lo vivaban; y que, como en Cuba, habían 
sacado los caballos de su coche. 

"Parece un Apóstol de los tiempos pasa- 
dos"... 

"La voz es de Jacob, pero las manos son 
de Esaú", dijeron, acordándose de aquella de- 
finición del Patriarca Isaac, y afirmaban que la 
voz era humana por el sonido, pero que las 
palabras eran divinas. . . "Voz de Dios y no de 
hombre; jamás ha hablado hombre alguno co- 
mo este hombre" . . . Cuando apoyó la obra de 
San Vicente de Paul, se sostuvo que ésta ha- 
bía recibido los cariños de Dios. . . "Es uno de 
los ángeles humanizados"... "Desarmaba los 
odios". . . Hasta se dijo que por él se había de- 
sistido de llevar a cabo una revolución, que es- 
taba pronta a estallar. . . 

Y la Reina pidió al Nuncio, que, de ser 



• 193 



posible nombrar otro cardenal español, se le 
designara cardenal. 



Todo eran alabanzas. Sólo se escuchaban 
elogios. Y según el Conde Cheste, recibía gran- 
des muestras de respeto, pudiendo ser confir- 
mación de sus Palabras, el relato de un epi- 
sodio de Palacio, contado por un testigo pre- 
sencial. 

Estaban en las antecámaras reales como 
unas trescientas personas esperando paciente- 
mente su turno. Entre ellas pasaban los impor- 
tantes personajes políticos y militares y los no- 
bles allegados a los reyes. Pero nadie se inmu- 
taba y a su paso no se hacían muestras de 
aprecio ni de admiración. Se seguía esperando. 
Pero cuando fué anunciado el Confesor, todos, 
precipitadamente y contraviniendo órdenes, 
dejaron sus sitios y fueron hacia 61 para be- 
sarle el anillo, y dicen que, de no poder hacerlo, 
besaban los extremos de la muceta y la mante- 
leta de sus capisayos. Y que se había dicho en- 
tonces que así era siempre. 



Pero él huía a esos ambientes amables y 
mundanos. Asistía a las fiestas oficiales que le 
era imposible rechazar y se advertía el sacri- 
ficio. 

Se sentaba a la mesa de los banquetes sin 



194 t 



apartarse de su línea de privaciones, sin probar 
carne, ni aves, ni pescado, ni manjar alguno, ni 
tampoco vino, y pasaba el tiempo jugando con 
el tenedor para disimular. 

Sin embargo, en una ocasión, hizo una 
protesta formal. ¡Cuántas veces había callado 
cosas que juzgaba inconvenientes! Pero ahora 
una dama principal, que ocupaba el asiento 
frente al suyo, llevaba un vestido en extremo 
escotado, que él consideró escandaloso. Miró 
entonces a la Reina con severidad. Pero el ves- 
tido se encuadraba en las normas de la etique- 
ta palaciega... La Reina, nerviosísima, vaci- 
laba. No sabía* que actitud asumir. Posible- 
mente no podía asumir ninguna. Pero él insis- 
tió con una mirada severa. 

Por los asistentes pasó como un escalofrío. 
El conflicto estaba planteado. Y en medio de 
una gran inquietud y de aquella incertidumbre, 
dijo lo suficientemente fuerte para ser oído: 
— "O se cubre, o se marcha, o me marcho". Y 
la dama ofendida se retiró, quedando en los 
comensales esa serenidad que adquiere el mar 
después de los temporales, con una capa lisa 
sobre la turbulencia de adentro. 



No iba a perdonarse sin embargo a este 
sacerdote, el dominio que tenía sobre la Reina 
y también sobre los pueblos. 

Además, le había tocado actuar en uno de 



• 195 



los momentos más difíciles de la España ca- 
tólica, y lógicamente fué el centro de todos los 
odios y de todos los ataques que a ella se ha- 
cían. Un violento laicismo, consecuencia, aun- 
que tardía, de las ideas de la Revolución Fran- 
cesa, había invadido a España, y desde 1835 
el clero venía siendo tenazmente perseguido. 
Los librepensadores, con osadas directivas, 
arrastraban a elementos irrespetuosos, y lo pre- 
sionaban con su campaña virulenta. Y lo gra- 
ve es que Isabel tenía que gobernar con ellos, 
con sus adversarios, y éstos eran los que le ha- 
cían la guerra. No iban por cierto contra ella, 
que era fácil de someter y de engañar. No preo- 
cupaba tampoco la monarquía, porque el pue- 
blo español amaba la monarquía y los republi- 
canos aun contaban poco; pero había que des- 
hacerse del Arzobispo Claret, que era una de 
las cumbres de la Iglesia de aquel país, y que 
muchos tenían ya por "el hombre moralmente 
más fuerte del siglo XIX". 

Se le calumniaba precisamente porque 
molestaba su ética, y para destruir la impresión 
que provocaba en tantos. Se quería terminar 
con su prestigio, derribar su pedestal. Y la 
campaña fué implacable. No se vaciló ni en es- 
grimir la infamia, ni el veneno, ni el puñal. Por- 
que el hecho de que no interviniera en política, 
de que no censurase actos, ni siquiera se inclina- 
ra a hombres, ni pronunciara una palabra a fa- 
vor de ninguno, ni para la obtención de un 
simple empleo, no bastaba a sus enemigos, y 



196 • 



aunque se mantuviera aparte de las cosas del 
mundo, se sabía que su sola presencia marcaba 
normas. 



Bajaba los escalones del pulpito en la igle- 
sia de San José, cuando un hombre conmovido 
corrió hacia él, y lo abrazó llorando, lo besó, 
y repetidamente le pedia perdón. Se había 
comprometido a asesinarlo. Le habían dado 
cuarenta días para cumplir su juramento. Y he 
aquí, que al ir a poner en ejecución el plan, se 
había arrepentido. 

Como éste, otro llegó a su casa, diabóli- 
camente enviado, y frente a él no pudo actuar. 
Xo podía decir a qué iba, y ante las bondado- 
sas preguntas del prelado, como respuesta, en- 
tregó su arma. 

Muchas veces fué así. 

Un gentilhombre de Palacio, cuyo nombre 
no importa, contaba que oyó cómo Claret sa- 
liendo del confesionario, dijo enérgicamente a 
un hombre de blusa, que se acerca como pe- 
nitente: 

— "¡Arroje usted ese puñal!" V que a su 
vista, el otro lo había tirado. Eran los posibles 
ejecutores de los solapados planes de sus ene- 
migos. Ninguno de ellos iba a obrar por sí 
mismo, y esto es lo que interesa saber. 



Y ahora la Reina lo designaba Protector 

• 197 



de la Iglesia y del Hospital de Monserrat, re- 
liquias históricas, que había que salvar de la 
desidia y del abandono en que iban quedando. 
Eran edificios construidos en 1616, y que es- 
taban por desmoronarse. No podía celebrarse 
acto alguno en la iglesia y el hospital estaba ce- 
rrado. 

El lo hizo todo. Dirigió la reconstrucción 
arquitectónica, mandó apuntalar los muros, 
afirmar las torres y cambiar las tiranterías y 
los pisos. Después ensanchó la sacristía que 
casi no tenía espacio. Mandó remozar los alta- 
res. Compró un órgano. Encargó casullas, dál- 
máticas, capas pontificales y cuanto era nece- 
sario. Y todo quedó pronto y los actos religio- 
sos empezaron a cumplirse como al principio. 

Después se ocupó del hospital, desde el edi- 
ficio, hasta las camas, hasta las ropas, hasta la 
farmacia. Escribió sus reglamentos y puso al 
frente del establecimiento a las Carmelitas de 
la Caridad. 

Estudió luego el archivo de la Iglesia, que 
también reorganizó y estableció clases para 
mujeres y niñas. 



Este Santo de vida tan devota, de oración 
y de éxtasis, llevaba esa existencia activísima 
y de lucha, de iniciativas y de obras difíciles. 
Pero el día que no pasaba trabajos, él, como 



198 • 



Santa Teresa, se quejaba a Dios, exclamando: 
— "¡ Señor! ¿Qué os he hecho hoy para que 
no me favorezcáis? O sufrir, o morir; no 
morir, sino sufrir. Dios haga de mí que soy un 
mal sacerdote, un buen mártir". 

Y Dios lo oyó, porque su vida fué un per- 
manente martirio. 

¿No se le llamaba ya entonces, "el gran 
perseguido" ? . . . 

Sólo que ese perseguido era también un 
combatiente. 



El ángel se le presentó de nuevo en Ma- 
drid. La aparición era igual, pero ahora supo 
mejor lo que debía combatir. Lo instruyó con 
palabras más precisas, designando como peli- 
gros el comunismo, y los cuatro archidemonios 
que traerían, el amor de los placeres y el amor 
al dinero, en primer término. Habló de las gue- 
rras que vendrían y de sus consecuencias, y de 
que él y sus compañeros debían imitar a los 
Apóstoles Santiago y San Juan, en su celo, en 
su castidad y en el amor a Jesús y a Alaría. 

Ahora sabía claramente cual debía ser su 
misión y que debía enseñar a sus misioneros 
también a cumplirla y a mortificarse. Y la Vir- 
gen se le presentó después de la aparición y 
cuando tenía ya hecho su propósito y le dijo: 



• 199 



— "Así harás fruto, Antonio". 



¡Con qué fervor cumplía ahora su misión, 
en Madrid, en La Granja, en todos los pueblos, 
en todas las ciudades! 

Nada lo distraía, no perdía un segundo en 
cosas vanas. Al visitar San Sebastián, alguien 
se ofreció a mostrarle las bellezas urbanas, el 
puerto, los alrededores. Su respuesta suavísi- 
ma, de agradecimiento, de excusa, fué sin em- 
bargo, definitiva: 

— "Yo sólo quiero almas". . . 



Y él iba recogiendo almas. 

Un día predicaba elocuentemente en una 
iglesia nueva. De pronto quedó absorto, como 
en contemplación de cosas únicamente visibles 
para él. Y un momento después, con voz segu- 
ra, terminante, dijo que un alma acababa de 
convertirse. 

Los que llenaban la iglesia quedaron inte- 
rrogantes y deslumhrados. Pero él no los veía. 
Solamente veía aquella alma. Y dijo: 

— "¿Me oyes pecadora?". . . 

Y se dijo que en el impresionante silencio 



200 • 



de la espera, se escuchó un sollozo, y tembló 
un "sí", que hizo llorar a todos. 



Las multitudes lo seguían como antes. Iba 
ahora por un pueblito montado en un pollino, 
como Jesús, y al modo de los apóstoles lo acom- 
pañaban varios sacerdotes. Y la gente no lo de- 
jaba andar, porque todos querían recibir su 
bendición, y se cruzaban por ello en su camino. 

Revolucionaba a los pueblos, los conmo- 
vía, los transformaba. Tenía sobre ellos el as- 
cendiente que alcanzara con las primeras evan- 
gelizaciones. 

Cuando fué a Segovia, se leyó en los dia- 
rios: "Aunque la jornada de SS. MM. al sitio 
Real de San Ildefonso no nos hubiera repor- 
tado otras ventajas que la venida del Excelen- 
tísimo Señor Arzobispo don Antonio Claret, 
deberíamos estar agradecidísimos a la miseri- 
cordia y admirable Providencia de Dios". 

Se dijo que allí los sacerdotes combinaban 
las horas de sus ocupaciones para poder escu- 
char los ejercicios que daba, y que en la igle- 
sia de San Esteban, repleta siempre, podía 
oírse la respiración. . . 

"Ha pasado el invierno — se decía — ha 
desaparecido la frialdad, la pereza, el pecado 
que tanto ofende a Dios", porque se realizaba 
como un renacimiento y todo se despertaba a 
su paso, que daba a los pueblos una vida nueva, 



• 201 



y que era como un soplo de esperanza y de 
fervor. 

Y fué así en Aranjuez, en Córdoba y en 
todas partes. 



La Reina, con su comitiva y el Arzobispo 
estaban ahora en Arévalo, y allí las autorida- 
des y vecinos de Avila se presentaron para pe- 
dir que fuera restablecido el culto en El Esco- 
rial. 

En 1847, don Pedro Egaña, había hecho 
esa misma gestión sin resultado alguno. Poco 
tiempo después era el Marqués de Miraflores 
el que se presentaba con igual solicitud y tam- 
bién sin resultado. En 1854, por una Real Or- 
den, se había establecido una comunidad de 
Jerónimos, que un mes después, un cambio de 
gobierno hizo reemplazar por seglares, y desde 
entonces el Monasterio de San Lorenzo se ha- 
llaba abandonado. 

Ante este pedido, la Reina, con esa espon- 
taneidad característica suya, se volvió hacia su 
confesor, mandando: 

— "Usted se encargará de esto''. 

Y esa misma noche el Padre Claret per- 
maneció en el monasterio hasta el alba para in- 
formarse y estudiar todas las posibilidades. 



La obra que se le daba para restaurar, era 
202 • 



nada menos que el monumento que se tenia 
por la Octava Maravilla del mundo. Construido 
por Felipe II, en sus horas de esplendor, era 
palacio v tumba de reyes, iglesia, monasterio, 
museo, biblioteca y archivo. Y todo había (fuc- 
ilado abandonado y estaba ruinoso. 

Había soportado temblores de tierra; cua- 
tro rayos habían atravesado sus techos ; un in- 
cendio mantuvo ardiendo durante quince días 
una de sus alas y había sido saqueado repeti- 
das veces, robadas valiosas joyas, importantes 
obras de arte. Y a todo había que restituir su 
vida y su belleza. 

Ya no se abrían las ventanas; estaban mu- 
das sus cincuenta y nueve campanas; en la 
Iglesia no se celebraba. Habían sido saca- 
dos sus muebles. Los corredores estaban de- 
siertos y en los que fueran sus espléndidos jar- 
dines pastaban los animales. 

El 5 de agosto de 1858 el Padre Claret to- 
mó posesión oficial del monumento. Se ocupó 
de todo lo que correspondía a su restauración 
arquitectónica, embaldosamiento y pinturas. 
Amuebló después sus trescientos dormitorios, 
sus salas de estudio, organizó sus archivos, el 
gabinete de física y el de historia natural. Res- 
tauró las imágenes, enmarcó los cuadros, com- 
pró cinco pianos y un armonio, mandó arreglar 
el órgano, luego los candelabros. Embelleció 
sus jardines, mandó plantar diez mil árboles; 
se ocupó del molino, que no funcionaba; del 



• 203 



palomar, en el que hizo poner quince mil nidos; 
se construyeron acueductos para subir el agua 
a las fuentes y pisos altos; y todo, sin pesar 
en las finanzas públicas. 

La Reina asi lo dirá un día, ante sus minis- 
tros y el Rector de la Universidad, que, en rui- 
nas le costaba veinte mil duros anuales, y aho- 
ra en plena marcha y con su Comunidad de 
religiosos, sus oficios y sus colegios de prime- 
ra y segunda enseñanza, no pesaba ni sobre el 
Estado, ni sobre la Corona. 



Aquella reconstrucción de El Escorial era 
tarea abrumadora, y era una de sus muchas 
tareas. Había que rehacer la obra, y darle es- 
píritu a esa obra. Y él logró todo. Instaló aho- 
ra la Comunidad "españolísima 1 ', como se di- 
jo, de los Jerónimos, que ya en otros tiempos 
habían tenido a su cargo el monasterio, pero 
que en este momento lo hacían con reglas pa- 
recidas a las que él fijara para los Hijos del 
Corazón de María. Y él siguió ocupándose del 
colegio, del seminario, de los profesores, eli- 
giéndolos, y disponiéndolo todo. 

Deseaba hacer una obra perfecta, que lleva- 
ra a perfectos resultados. Y tanto se cuidaban 
los detalles, que cuando su secretario escribía 
a las parroquias para que enviaran aspirantes 
a seminaristas, compenetrado con el espíritu 
del Director, decía que no mandaran sino 
elementos con buenas condiciones intelectuales 



204 • 



y morales, para que no se avergonzaran luego 
junto a los otros. Pero Claret, sobre todo, exi- 
gía que tuvieran el espíritu del sacerdocio. 

— "¡Dios mío, exclamaba con frecuencia, 
haced que los que os sirvan no desmaven nun- 
ca r. 

Y echó del seminario a diez y siete estu- 
diantes, porque su indisciplina perjudicaba. 



Preparó también los programas de estudio 
de cada materia por separado, disponiendo la 
forma en que habían de ser estudiadas. En lite- 
ratura hacía alternar autores religiosos y pro- 
fanos v estudiarlos también gramaticalmente. 
Y se ocupó de que estudiaran ciencias y músi- 
ca, y muy especialmente también idiomas, des- 
de los corrientes hasta el árabe y el sánscrito. Y 
debido a esta enseñanza tan intensa, se dice 
que los seminaristas llegaron a cantar el 
Evangelio en diez lenguas. Sus programas, por 
otra parte, no sólo fueron seguidos en muchos 
otros seminarios, sino aprovechados también 
y tomados como ejemplo para legislar. 



El Arzobispo de Toledo negó sin embargo 
a estos estudiantes el título que les correspon- 
día, y que debía dar el Seminario de Tole- 
do, por depender de éste, el de El Escorial. 

¿Qué razón tuvo?. . . 



• 205 



No se sabe sino que hubo un raro empe- 
cinamiento. 

Y el Obispo de Avila, decía: 

— "¡ Ojalá hubiera tenido yo en mi dióce- 
sis una proporción semejante!" 

El conflicto fué solucionado después por 
el Arzobispo de Salamanca, que se ofreció a 
dar el título negado. 

Pero este hecho muestra una mala volun- 
tad, ya muchas veces sospechada. 

Y el Padre Aguilar narra en su obra un 
hecho que informa a este respecto: 

"Acompañaba una vez don Dionisio Gon- 
zález al Siervo de Dios en ocasión en que el 
Cardenal Fray Cirilo de Alameda reprendía a 
éste con severidad, por un hecho del que era 
del todo inocente. Media hora había durado 
ya la increpación, cuando don Dionisio, no 
pudiendo soportar más, se levantó, acercóse 
al oído del Cardenal, que era muy sordo y le 
dijo: "Eminentísimo Señor, sobre el Cardenal 
de Toledo está Dios". Y así cesó la reprensión, 
que no recibía de parte del Padre Claret sino 
esta respuesta: 

"¡Bendito sea Dios!". . . 

Y comenta a este propósito el Padre Gon- 
zález de Mendoza que el Padre Claret tenía un 
genio fuerte y propenso a la ira, pero que nun- 
ca cambiaba el tono ordinario de la voz, ni 



206 • 



cuando tenía razones, — como en este caso — 
para perder la calma. 

Por eso hablando de él, el Rmo. Xifré 
decía : 

— "Poseía una mansedumbre heroica". 



Tal vez su silencio animaba a algunos a en- 
sañarse con él. No se precisaban causas para 
ello. Bastaba saber que él no se iba a defender. 
Así, fué cómo un parlamentarista, Ruiz Zorri- 
lla, interpeló en cierto momento, al Ministro 
del Interior, y dijo que la fundación del Cole- 
gio de El Escorial no se había ajustado a las 
leyes. Directamente se quería atacar a Claret. 
Pero la mala fe quedó demostrada, cuando, des- 
pués de una larga hora de violencia, debió con- 
fesar que en verdad no había visto los docu- 
mentos a que se refería. 

Y este no fué un caso aislado. Se procedía 
de esa manera, para crearle un ambiente hostil, 
para desprestigiarlo, y a muchos las mentiras 
llegaron a parecer verdades. 

Un personaje, alejado de los ambientes 
gubernamentales, que fué llamado a ocupar un 
ministerio debió expresarse así: 

— "Yo creía como el vulgo que el Padre 
Claret manejaba las cosas de Gobierno — que 
era una de las tantas falsedades que se divul- 
gaban — y, agregó: y lo creía hasta que entré 



• 207 



en el Ministerio; porque entonces conocí por 
experiencia que el vulgo y yo estábamos equi- 
vocados". 

Pero ¿quién engañaba al vulgo, si no eran 
precisamente los políticos? 

Así, hasta después de muerto, todavía, se 
hacían correr las mismas falsas versiones. El 
señor Pérez Cantalapiedra sostuvo en la Cáma- 
ra "que en la época isabelina se había dado el 
caso de un confesor que representaba en el or- 
den político un papel más importante que el 
de los ministros de la Corona y de las mis- 
mas Cortes". Y tuvo que desmentirlo el Obis- 
po de Urgel, para que aquél, al hallarse en 
blanco, dijera que él no había pronunciado 
nombres. 



Pero había una razón, una enconada ra- 
zón, de los días en que era Confesor, y es que 
con frecuencia se le pedía su intervención, sin 
que nunca se lograra. Alegaban que con ésta 
o aquélla actitud defendería la posición católi- 
ca, y así mismo se mantenía inflexible. Com- 
prendía que aquéllos jugaban como en una 
mesa de juego, — así decía: — y que cada par- 
tido se movía por intereses personales o me- 
diocres; y ningún caudillo le perdonaba que 
rehusara auxiliarlo con su influencia que hu- 
biera sido decisiva. 

Cada palabra que se pronunció contra 



208 • 



él fué movida por la baja venganza de los 
ambiciosos, que exaltaban al pueblo. 

Sin embargo, mientras pasaban las tur- 
bas vociferando bajo sus ventanas, no se le 
oyó una sola palabra de enojo, y sí sólo 
decir: 

"El Día del Juicio me devolverán la fama". 



"Aceptaré gustoso todos los desprecios 
de cualquier parte que vengan" . . . 

Y era así en él, que entre las gran- 
dezas andaba despojado, y que pasó junto 
a las cosas más bellas y tentadoras, con 
aquel mismo viejo deseo, de morir en un 
hospital, o en un patíbulo. 

;Para qué había de defenderse entonces, 
si aquellas calumnias podían llevarlo por su ca- 
mino? 

Pero mientras era discutido, era también 
venerado. Sólo que él, se sentía como el polvo 
que está sobre las cosas, y que se debía qui- 
tar. . . 



Estaba, y había estado siempre, por enci- 
ma de los honores y de las alabanzas. Y en 
aquél instante vivía todavía con una humil- 
dad asombrosa. Así se le veía muchas veces, a 
altas horas de la noche, barrer la Iglesia de 



• 209 



El Escorial, o lavar los pisos con un balde y 
un trapo, y fregar la cocina con los legos, y 
servir la mesa a los estudiantes, y salir a abrir 
la puerta, o con un farol, acompañar a los 
visitantes que se demoraban. 

Había renunciado antes a los privilegios 
y comodidades, a los placeres, a los gustos; 
también renunciaba al amor propio. . . Porque 
sólo así daba a Dios su corazón, todo su cora- 
zón, sin dejar nada para él. 



Pero ni las calumnias, ni los ataques, ni 
las humillaciones, disminuían la autoridad del 
Prelado. Y cuenta a este propósito, uno de 
los confesores de El Escorial, don Jenaro Es- 
pina, un episodio lleno de un interés distinto. 

Un sacerdote joven, sobrino del que na- 
rrara el hecho, pronunciaba un sermón en 
el mismo Escorial y ante un auditorio que con- 
taba con la propia Reina Isabel, con la Empe- 
ratriz Eugenia, con el Emperador de Marrue- 
cos Muley Abbas y el Patriarca de las Indias, 
cuando el predicador, cometió un error o des- 
lizó una inconveniencia. Y entonces, Claret que 
estaba de espaldas al pulpito, tal vez con sor- 
presa, tal vez con desagrado, volvió la cabe- 
za, — dijo aquél, que "majestuosamente" — y 
le lanzó dos miradas fulminantes. 

Y tan grande pareció el reproche, la recon- 
vención, que el joven sacerdote empezó a tar- 



210 • 



tamudear, y vacilando y a tropezones terminó 
su discurso, que empezara con tanta sol- 
tura. 



Regularmente daba entonces pláticas en 
una casa de corrección fundada por quien será 
un día Santa Micaela. Era una obra piadosa, e 
importante, también, desde un punto de vista 
social. Pero sus prédicas encontraban en mu- 
chas, una dura resistencia. De las asiladas, una, 
sobre todo, mantenía siempre una posición in- 
solente, y reía con sarcasmo, cuando él habla- 
ba. Pudo agotar la paciencia del Santo. Sin 
embargo, suavemente él seguía enseñando su 
doctrina redentora. 

Pero, un día, aquella mujer pareció ya in- 
domable, y a los consejos respondía jactándose 
de tener veinte años, como si la rectitud, la mo- 
ral, la fe, fueran problemas de ocasos, y el sa- 
cerdote apenado tuvo que decirle: 

— "Hija mía, mira que acaso no puedas re- 
petir tus expresiones" . . . 

Aludía a sus atrevidas respuestas, a su ac- 
titud de desafío a Dios. Pero él sólo pronunció 
aquellas escasas palabras. 

¿Anunciaban un castigo?... A la noche 
la pecadora enfermó de la lengua, y pocos días 
después moría sin haber podido hablar. 



• 21 1 



— "Yo soy solamente un instrumento de 
Dios", exclamaba él. 

No era su voluntad la que se cumplía. Co- 
mo las gracias, también los castigos venían de 
arriba, y unos y otros llegaban a quienes de- 
bían recibirlos. Asimismo mucha gente negaba 
sus verdades o las desdeñaba. 

— "¿Os resolverías a creer, dijo en otro 
hospicio, si Dios hiciera entre vosotros un pro- 
digio?" 

Ellas dijeron que así creerían. 

Entonces el sacerdote anunció que algu- 
nas de ellas morirían pronto. Y no dijo una, si- 
no algunas. . . ¿Cómo creer que decía verdad, 
si estaban sanas, si eran jóvenes, robustas, y se 
sentían llenas de vida? 

Pero unos días después, cayó el techo de 
uno de los dormitorios, mientras dormían, y 
varias de ellas murieron. 



Su poder era grande. 

Pero llevaba una vida de pruebas. 

En medio de un temporal, cuando el vien- 
to sacudía su puerta, se oyeron golpes más 
fuertes. Era un hombre que llamaba al sacer- 
dote para dar los sacramentos a un moribundo. 

Bajo una fuerte lluvia caminaron largo 
rato. Una iglesia dió las doce. Entraron en los 

212 • 



barrios bajos, hasta llegar a una casa mísera, 
con la puerta abierta y la escalera a oscuras. 

El hombre que lo guiaba había explicado 
por el camino que el moribundo no quería con- 
fesarse sino con él. Iba preocupado, y apenas 
hablaron. Allí le dio unas cerillas para que se 
alumbrara, pues él quedaría abajo para no in- 
comodar. 

Con la llama vacilante, Claret entró al 
cuarto fúnebre y se acercó a la cama, en la que 
el penitente esperaba inmóvil. 

Había llegado tarde. 

Llamó, y su guía subió espantado. 

Aquella sorpresa le reveló todo. Entonces 
levantó las sábanas, y debajo, la mano muerta 
apretaba un puñal. 

El cómplice lloraba ahora pidiendo per- 
dón. Confesó sus planes. Entre ambos habían 
querido matarlo. La razón no importa. El sa- 
cerdote no se inmutó. "Bendita sea la Provi- 
dencia y alabados sus inexorables designios", 
fueron sus palabras. Y lo dejó ir sin darlo a la 
Justicia, pero haciéndole ver cómo Dios casti- 
ga sin palo ni piedra, y que ese es el castigo 
que hay que temer. 



Es que se iba buscando su muerte para ha- 
cer cesar su apostolado, para acallar su voz. 

— "El amor de Cristo nos apremia" decía 



213 



él mientras tanto, siguiendo apuradamente sus 
misiones. 

"El amor de Cristo nos apremia" era el 
lema de su escudo arzobispal : "Charitas Christi 
urget nos". Y vivía para cumplir el precepto. 
¡A cuántos llevó así al buen sendero! Y, ¡cuán- 
tos hombres doctos buscaban su consejo! 

El Obispo de Avila decía a la Madre Sa- 
cramento, esa fundadora que luego será cano- 
nizada : 

— "Dé gracias a Dios que le ha concedido 
tan buen piloto". Y cuando ésta, por algún mo- 
tivo acudía a él, volvía a elogiar a su insustitui- 
ble director, agregando: 

— "Usted alcanzará la paz del alma cre- 
yendo y dejándose llevar por el Señor Claret". 



Y ese mismo Obispo que se expresara en 
términos admirativos sobre la inteligencia y 
la piedad del Santo, solía decir: 

— No he encontrado en mi vida personas 
más virtuosas que la Hermana Caridad y el 
Padre Claret. . . 

Esa opinión debía ser general entre quie- 
nes, por seguir su mismo camino, apreciaban 
mejor las condiciones del Santo. Por eso es que 
lo llamaban de todos los conventos, de todas 
las congregaciones. El canónigo de Monte Rey, 
de Granada, le pedía un plan para las Religio- 



214 • 



sas de Cristo. El Instituto de Siervas de Jesús, 
en ese mismo momento, le pedía otro, y 
uno más las Hermanas Filipenses. Querían su 
aprobación las Hijas del Inmaculado Corazón 
de María; guiaba a las Terciarias Capuchinas, 
a las Terciarias Dominicas y a las Terciarias 
Carmelitas. Intervino en la fundación de las 
Hermanas Capuchinas de la Divina Pastora, 
en la fundación de las Hermanas Dominicas de 
la Anunciata; dió un reglamento al Instituto 
de María Inmaculada y de la Enseñanza, y a las 
casas de Cuba, Tremp y Reus, de la Madre 
París. 

Era el conductor, el consejero. Asimismo, 
él, que podía enseñar, teniéndose por menos 
que ninguno, decía a un penitente muy devoto: 

— "Usted que tanto ama a Dios, enséñeme 
a amarlo más" . . . 



Era amar a Dios, sin embargo, ofrecerle 
su vida, como él lo hacía. Era amarlo, llevarle 
cientos de almas, miles de almas. Era amarlo, 
mantener aquella constante evangelización, el 
permanente sufrimiento a que lo exponían sus 
enemigos, y la exaltación con que ayudaba a 
su gloria. Era amor también su fervor encen- 
dido, ese amor que inundaba todo su ser, se- 
gún decía, en forma tal, que al terminar la mi- 
sa, quedaba siempre durante media hora aniqui- 
lado. 



• 215 



Y era amar a Dios, evidentemente, pasar 

veinticuatro horas orando de rodillas, sin levan- 
tarse un segundo, sin hacer un gesto, como al- 
gunos lo vieron en la Basílica de El Escorial, 
inmóvil como una estatua. 



— "¡Oh Dios mío! Vos sois mi gloria y mi 
fin". Así decía, y así era. 

Y Dios correspondió a aquel amor. 

Era el 26 de agosto de 1861. Rezaba en la 
iglesia del Rosario, en La Granja, aquella pro- 
piedad de los reyes. Daban las siete de la tar- 
de, una hora todavía de luz. Largo rato llevaba 
el Santo recogido, absorto, cuando el Señor se 
le presentó para concederle la gracia de la con- 
servación de las especies sacramentales y tener 
siempre día y noche, el Santísimo Sacramento 
en el pecho. 

— "Glorifícate et pórtate Deum in corpore 
vestro", le había dicho. 

La gracia mística iba a ser ahora continua. 
Ya no pasaría por el Santo, como por los otros, 
solamente durante el breve instante de la co- 
munión. El espíritu de Dios permanecería en él. 

Su emoción debió ser inmensa. Pero sólo 
habló de que ahora debía andar muy recogido 
y devoto interiormente. 

Y en el documento autógrafo que guardan 



216 • 



los Archivos Claretianos de Vich, según afir- 
man los autores españoles, está escrita una me- 
ditación, la número 27, con fecha de 12 de oc- 
tubre de ese mismo año, que dice : 

— ''En mi vivir ya no soy quien vivo; es el 
mismo Cristo quien vive en mí". 



Al otorgarle tan preciosa gracia, el Señor 
recomendó también al Santo que debía hacer 
frente a los problemas de España, a un tiempo 
que le recordaba cómo sin méritos ni talento 
y sin influencia de personas, lo había hecho su- 
bir de lo más humilde de la plebe al puesto 
más encumbrado, al lado de los reyes de la 
tierra, y ahora lo ponía al lado del Rey del 
Cielo. 

Entonces él comprendió por qué estaba allí 
y por qué debía quedarse. 

Las palabras de Dios habían sido precisas, 
y el mandato lo recibía el Santo justamente en 
el año en que la unidad del Reino de Italia cau- 
sara a la Iglesia la pérdida de los Estados Pon- 
tificios. 

Aquel grave acontecimiento ya tenía o es- 
taba teniendo repercusión mundial. Se consi- 
deraba un acto de guerra al Catolicismo y un 
agravio a sus supremas autoridades; y de 
acuerdo a sus distintas ideologías, muchos paí- 
ses iban manifestando sus opiniones. ;Oueda- 



• 217 



ría España al margen, sin pronunciarse en nin- 
gún sentido? 

España, con su reina católica y su gobier- 
no liberal, tenía un problema difícil de resolver. 
Beneficiaba en ese momento a la monarquía, el 
hecho de que Narváez, temperamento modera- 
do, espíritu conservador, que seguía una políti- 
ca de equilibrio, estuviera al frente del Gabi- 
nete. Pero los ministerios se sucedían con ra- 
pidez de vértigo. Ninguno contaba seriamente 
con el apoyo parlamentario, se volvían ense- 
guida impopulares y debían dimitir. ¿En quién 
se apoyaría la Reina cuando la Corte exigiera 
una decisión? Hasta el Rey consorte, esa 
figura incolora y que carecía de todo as- 
cendiente, por circunstancias especiales, iba a 
ser un adversario de la Reina. Llegaba en ese 
momento de Francia, al parecer comprometido 
con Napoleón III a apoyar la unidad italiana. 
Pero Isabel había dicho que prefería perder la 
vida a firmar el reconocimiento. ¿ Fué acaso, por 
eso, que con un pretexto cualquiera, Narváez 
perdía la dirección del Ministerio, y se obliga- 
ba a la Reina a sustituirlo con O'Donnell, sea 
como fuere? 

Fué la forma de preparar su claudicación. 



Las bellas palabras de la Reina iban a ve- 
nirse abajo con estrépito. 

Tal vez nunca pensó que tuvieran que 
218 • 



cumplirse. . . Y había escrito al Papa a fin de 
llegar a una solución, porque esperaba una res- 
puesta amable y conveniente a sus intereses. 

La contestación fué clara y categórica, y 
decía : 

"No se me oculta la difícil situación en 
que se halla Vuestra Majestad y conozco que 
en el sistema parlamentario el Soberano se ha- 
lla muchas veces impedido de poner por obra 
las resoluciones que conoce se habrían de to- 
mar; sin embargo estas resoluciones jamás 
pueden ni deben admitirse si ellas son contra 
la justicia. Por esta sola razón comprenderá 
fácilmente Vuestra Majestad que mi consejo 
será siempre contrario al reconocimiento de 
una usurpación". 

¿Esperaba ella esta respuesta? 

Pero ya antes el clero español le había in- 
dicado su deber. Los obispos dieron una comu- 
nicación que era una censura a la posibi- 
lidad del reconocimiento y, en la que se esta- 
blecía su posición. El manifiesto, tomado por 
desafío al gobierno liberal, tuvo por conse- 
cuencia la separación del Obispo de Burgos, en 
su cargo de Ayo del Príncipe, pero todavía la 
Reina vacilaba. 

Al verla titubeante, su Confesor le había 
hecho sentir el significado de la grave decisión. 
Y había prevenido que se retiraría de la Corte, 
si la eventualidad llegaba a producirse. 

Por su parte, él también había pedido ins- 



• 219 



trucciones a Roma, para ajustarse a los más 
estrictos intereses de la Iglesia y esperaba la 
respuesta, que, en ese tiempo de correos moro- 
sos, aún no había llegado. 

Eran los prolegómenos. 



En aquel verano presagioso, la Corte, 
igual que los días esplendorosos, vivía despre- 
ocupadamente, horas casi bucólicas en la pose- 
sión de los reyes, en San Ildefonso. 

El Confesor, mientras tanto, repartía sus 
tareas entre Madrid y La Granja. 

Nada parecía precipitarse. 

Y él estaba en la capital, cuando los minis- 
tros se presentaron a la Reina, a fin de tratar 
asuntos urgentes, y entre ellos, éste tan grave. 

Es probable que se haya aprovechado el 
momento en que ella, sin la presencia de su 
director espiritual, pudiera ser presa más fácil. 
Sabían que su voluntad era débil, y desde luego 
que no conseguiría argumentar frente a ellos, 
que no podría defender su posición. Se le dijo 
que con ese acto desarmaba a la oposición y al 
pueblo que estaba ya enconado contra la mo- 
narquía, pronto a levantarse, y que era enemi- 
go de la religión, y que al firmar salvaba la co- 
rona. Fué como un asalto de jauría, con el que 
se le iba encerrando. Pero asimismo, esa no- 
che no firmó. 

220 • 



V 



¿Por qué firmó al día siguiente?... Aca- 
so tuvo miedo al fantasma del destierro. Cedió, 
porque debe costar renunciar al hábito de vi- 
vir coronada, cuando no se poseen las dotes y 
la dignidad que para ello deben tenerse. De 
ahí que sus manifestaciones anteriores se des- 
hicieran como fuegos de artificio. Ni supo de- 
fender su fe, ni ser fiel a sí misma, ni pensó en 
las consecuencias que iba a crear a su concien- 
cia. Obró para congratularse con la oposición 
que, con zalamerías y argucias la engañaba. 

; Cabía que se le tuvieran luego considera- 
ciones? Con la tinta húmeda, los ministros se 
retiraron, llevando el documento en triunfo, 
como un trofeo. Y ella, asimismo, no lo com- 
prendió. 



— "¡ Señora! ¿Qué ha hecho Vuestra Ma- 
jestad?". 

El Padre Claret llegaba desolado. Era ya 
tarde, y todo se había perdido. 

La Reina explicaba el asunto como si éste 
pudiera borrarse, y lloraba con desconsuelo in- 
fantil. Pero superficial en su pena, como había 
sido ligera en su resolución, y como si el acto 
trascendente no tocara sino a su persona, pre- 
guntaba: 

— ¿Ahora qué haré?. . . 

— Señora: una piedra que se echa a un po- 

• 221 



zo, difícilmente se saca. Yo me voy. Esa fué su 
respuesta. 

La Reina pidió, lloró, le negó su autori- 
zación, le hizo negar los pasaportes. 

Pero, el Cristo del Perdón, ante cuya ima- 
gen fué el Santo a rezar, le dijo: 

— Antonio, retírate !" 



Unos días después, Antonio . Claret salía 
para Vich. 

En la hora de su Beatificación se dirá que 
cumplió en llevar el nombre de Dios a los hom- 
bres y a los reyes; se le llamará Venerable; se 
le tendrá por Apóstol ; se pensará que su sitio 
debía ser ya el de los Bienaventurados; y se 
dirá de él : 

— "Escogido por Dios como Pablo, para 
vaso de elección". . . 

Entonces esta tormenta y todas, ya ha- 
brán pasado. Habrá pasado así la hora injusta. 
Se dirán sus méritos, y muy en alto sus ala- 
banzas. Pero será después de haber estudiado 
su causa, durante años y años, cuando reciba 
la aprobación formal del Pontífice Pío XI y 
la aprobación del Consistorio de los Car- 
denales. 

Pero estamos en ese tiempo crucial, que 
será el único que él verá con ojos mortales. 



222 • 



Entonces sólo los suyos lo defendieron, sólo 
ellos supieron ver su "resignación heroica'' y 
dijeron indignados que lo atacaban porque 
no lo conocían. Y tenían razón: fué injusta- 
mente perseguido, calumniado, sacrificado, 
aunque alguien, Francisco de Asís Aguilar, ha- 
blando a sus discípulos con proféticas palabras, 
al anunciar la visita del Padre Claret a su Se- 
minario, dijese: 

— "Fijaos bien en el que os va a visitar, ya 
que algunos de vosotros lo veréis en los alta- 
res"... 



La prensa española mencionará al Padre 
Claret, al comentar los sucesos. Los diarios del 
gobierno dijeron de su conformidad con el re- 
conocimiento, haciendo circular noticias falsas. 
Pero "La Regeneración" insertó ya en sus co- 
lumnas un desmentido. Y este diario, sin duda 
autorizado, decía: "El señor Claret está de- 
solado al ver la prudencia carnal, los miramien- 
tos humanos y las ideas impías que le atribu- 
yen los periódicos amigos del Gobierno. 

...El señor Claret dice a todo el que le 
habla de este asunto, que se arrancaría mil ve- 
ces la lengua antes de concitar contra su ca- 
beza la indignación del cielo... Tiembla sólo 
al oir de que se le supone capaz de contempo- 
rizar con los enemigos de la Santa Sede. . . El 
señor Claret aprueba todo lo que el Papa aprue- 



t 223 



ba y reprueba todo lo que el Papa reprueba. 
Desmienta usted a todos los que osen calum- 
niar a este Venerable Prelado diciendo otra 
cosa... El señor Claret, según su costumbre, 
vive muy alejado de los ministros, ni los ve, 
ni los oye, ni los autoriza para que tomen su 
nombre para nada"... Y añadía después de 
otras puntualizaciones : 

"Los autores de ciertas noticias saben que 
el señor Claret es sufrido hasta el heroísmo, y 
que sabe pasar años sin desmentir ni declarar 
apócrifas las obras infames que se le han atri- 
buido para deshonrarlo. Con todo, crea usted, 
me consta lo que digo, que todo tiene su tér- 
mino, y que no tardará mucho en que reciban 
un mentís tan terrible como solemne los ca- 
lumniadores del señor Claret". 



Pocos días después, otro periódico, "La 
Esperanza", publicaba, la respuesta del calum- 
niado Arzobispo, escrita en estos términos: 

"Durante mi viaje a Cataluña he leído que 
los periódicos dicen que el Arzobispo de Traja- 
nópolis no siente como los demás Prelados de 
España y que reprobaba lo que ellos habían 
dicho en sus representaciones relativas al reco- 
nocimiento del Reino de Italia. Como seme- 
jante impostura podría ocasionar alguna deses- 
tima de mis amadísimos hermanos los Obis- 
pos, digo que siento como ellos sienten y que 



224 • 



si me hubiera hallado en su lugar habría he- 
cho lo que ellos han hecho y habría dicho lo que 
ellos han dicho en sus representaciones", fir- 
mando, Antonio María, Arzobispo de Trajanó- 
polis. 

Jamás se había defendido de una falsedad. 
Pero comprendió que debía asimismo hacerlo, 
y había escrito una réplica tan violenta y enér- 
gica, que, se dice que debió suavizarla, como lo 
hizo, a pedido del Arzobispo de Barcelona. Con 
todo, se creyó que con ésta, no volvería a Ma- 
drid y que dejaría de ser Confesor de la Reina. 



Predicaba, mientras tanto, por Zaragoza, 
por Barcelona, como antes, por Lérida, como 
al principio. "¡Alma mía, bendice al Señor!". . . 

Había vuelto a los días humildes de mi- 
sionero. Las mujeres se acercaban a él, con los 
hijos en brazos para que los confirmara. Otra 
vez pareció que los ángeles caminaban a su 
lado. 

Aquella vida de lucha, de trampas, de ac- 
cidentes, habían dejado intacta su pureza. Te- 
nía todavía su antiguo candor, aquella senci- 
llez primera, sus virtudes transparentes. El Pa- 
dre Carmelo Sala, su confesor durante muchos 
años, dijo alguna vez, que su alma nobilísima 
y ferviente no fué nunca manchada por una 
falta grave, y que las faltas veniales carecían 
de toda deliberación y consentimiento. Aquellos 
vendavales de odio que contra él se desataban, 



• 225 



solamente consiguieron darle el raro goce del 
menosprecio, el santo goce del sufrimiento. De 
los combates salía más purificado y desprendi- 
do de las pasiones de la tierra. El Cardenal 
Lluch y Garriga, Arzobispo de Sevilla, sorpren- 
dido, elogiaba sus virtudes, su laboriosidad, su 
sabiduría, su vida ejemplar, su celo apostólico y 
el Obispo de Almería pronunció de nuevo un 
término, ya muchas veces dicho, al afirmar que 
era un santo. 

Pero él seguía tan lejos de las alabanzas 
como de las ofensas. Eran palabras que no lle- 
gaban a sus oídos, o que era como si no lle- 
garan, y que quizá nunca llegaron. 

Estaba en Cataluña, esperando órdenes 
de Roma. 

Recibía mientras tanto cartas de la Reina 
y de O'Donell, su primer ministro, pidiéndole 
que volviera. Y las cartas, o las pruebas de esas 
cartas, figuraron luego a modo de comproban- 
tes de esta hora, en el Proceso Informativo de 
Tarragona y en el Proceso Apostólico. 



Al fin fué recibida la respuesta de la Santa 
Sede. Se comunicaba a la Nunciatura que se 
consideraba beneficiosa su permanencia en el 
cargo, tales eran los términos ; pero Monseñor 
Antonelli recomendaba que no se le violentara 
"Creando perturbaciones a su conciencia deli- 
cada". Y se le decía que el Sumo Pontífice, le 
encargaba que rogara a Dios para que lo ilu- 
minara. 



226 • 



Sin embargo el Nuncio, en su carácter di- 
plomático, recalcaba los términos que estaban 
más de acuerdo con su criterio. Y lo hacía co- 
mo si pudieran separarse la conveniencia de la 
Iglesia y la tranquilidad de conciencia del Pre- 
lado. Al servir de intermediario para trasmitir 
las instrucciones, las presentaba como posicio- 
nes antagónicas o por lo menos distintas, cuan- 
do nunca, en verdad, se había tratado de su pro- 
pia paz. Sólo importaba saber si beneficiaba 
más a la Iglesia el consejo que podía dar a la 
Reina en los asuntos eclesiásticos, o sancionar 
el desaire y la injusticia hecha al Vaticano. 
Evidentemente el Nuncio trataba de que per- 
maneciera en su cargo. Pero él consultó con 
algunos obispos, sin que coincidieran sus amis- 
tosas insinuaciones. El caso era muy grave. El 
Rmo. P. Xifré propuso entonces que se con- 
vocara al Gobierno de la Congregación, y los 
votos también se dividieron. 

El se hallaba cada vez más afectado y 
más indeciso. Pidió entonces al Padre Clotet 
que lo acompañara a rocrar a Dios, y ambos, de 
rodillas en las losas, permanecieron ante el 
Santísimo Sacramento por espacio de más de 
media hora.. Después, oyó esta respuesta: 

— "Irás a Roma". 



Nada mejor en su situación que ir a incli- 
narse ante la suprema autoridad de la Iglesia. 



Abrumado por la responsabilidad, porque era 
hombre de muchos escrúpulos, así se ha dicho, 
cuidaba de no llevar la severidad a la injusti- 
cia, pero no era cosa, desde luego, que los inte- 
reses altos y puros de la Iglesia de Dios, que- 
daran empañados por razones del mundo. 

El Padre Xifré lo acompañó a Roma. En 
el libro del Padre Aguilar se dice, que "dió 
cuenta a Su Santidad de la situación española, 
de su vida, influencia y trabajos en la Corte, 
de los motivos por que la había dejado y de 
sus vivos deseos de no volver más a ella, aca- 
bando empero por ponerse enteramente a las 
órdenes del Padre Santo". 

Ya en distintas ocasiones Pío IX se ha- 
bía mostrado benévolo y generoso con él, ya fue- 
ra para juzgarlo, ya para comprenderlo. Ahora 
lo escuchó con simpatía y con piedad, y se oyó 
que le llamaba "querido mío". Pero asimismo 
consultó su caso con el Nuncio y algunos obis- 
pos españoles, para saber hasta dónde era in- 
dispensable la permanencia del Arzobispo en 
la Corte. Debieron estudiarse todos los matices. 

Su vida había estado enteramente dedica- 
da al deber. Sólo podía hacérsele, como único 
cargo, aunque no consta que se le hiciera, el 
hecho de haberse alejado de la Reina, para 
cumplir deberes, cuando un día o unas horas, 
podían volverse como se volvieron trascenden- 
tales. Sin embargo, aparentemente era aquel un 
día cualquiera. Así, ni siquiera podía pensarse 



228 • 



en una imprevisión, pero si la hubiera habido, 
habría que acordarse de los Apóstoles, que se 
habían dormido cuando tenían que velar. 

No era pues culpa suya. 

El se había opuesto con energía. Había 
defendido la causa de la Iglesia, como la causa 
de Dios. 



El Vaticano estudiaba el pro y el contra 
del asunto prescindiendo de que la resolución 
fuera de sacrificio para él. Y en Madrid, aquel 
pueblo ya sublevado, aquella prensa malevo- 
lente, aquellas turbas desaforadas, que los po- 
líticos habían agitado para su conveniencia, 
gritaban para que no volviera y diciendo que 
no lo dejarían entrar en Madrid. 

El por su parte, había entregado su causa, 
y serenamente, resignadamente, esperaba. Con 
todo, la resolución le produjo, como dijo, "un 
sentimiento de muerte". 

Tenía que volver. 

Era volver a los tormentos. Era volver pa- 
ra seguir siendo denigrado, insultado. Era re- 
gresar para que se le escupiera. Para seguir 
acribillado por los odios de los liberales, pa- 
ra que se siguieran inventando todas las mise- 
rias, con esa bajeza y ese sentido criminal de 
los que imaginan que así se levantan ellos. 

Pero obedeció, y fué, como se hizo notar, 
con sentimientos de obediencia y resignación 
parecidos a los de Isaac. 



• 229 



El Padre Puigdessens, dice que en el es- 
píritu de este Santo se juntaban una potencia 
titánica para obrar con una resistencia heroica 
para sufrir. Y así fué. Y así quiso él que fuera. 



La resolución española había causado dis- 
gusto en los medios allegados al Vaticano, y 
esto contribuyó a que se discutiera la persona- 
lidad de Claret. Así, aun de los diarios adictos a 
la causa, alguno, si bien le llamaba "varón 
eminente en santidad, sacerdote sabio en doc- 
trina, conocedor de la moral, excelente direc- 
tor de almas", y "lumbrera eclesiástica", le 
llamaba también "nulidad política". 

Pero el Papa, en carta a Isabel II, tenía 
al Confesor, "por un hombre todo de Dios", y 
decía que: "aunque ajeno a la política, harto 
conoce las destemplanzas de la misma y la ma- 
licia de los hombres que son católicos sólo de 
nombre". 

Las distintas opiniones prueban que en él 
se habían cifrado toda clase de esperanzas, in- 
cluso la de que hubiera podido vencer a los 
liberales. 

Pero ahora, ¿debía seguir en el cargo? Los 
obispos españoles, que fueron consultados, con 
rara unanimidad, sostuvieron que debía volver. 
Es que el solo hecho de anunciarse su regreso 
a España era importante, y fué beneficioso pa- 
ra Roma. Así, la Reina, en su discurso con mo- 
tivo de la apertura de las Cortes, como si pun- 



230 • 



tualizara ahora su posición de soberana cató- 
lica, dijo: 

— "Motivos de diversa índole, fundados en 
los intereses y sentimientos permanentes de la 
Nación, me han impulsado a reconocer el reino 
de Italia. Este reconocimiento no ha podido 
entibiar mis sentimientos de profundo respeto 
y filial adhesión al Padre común de los fieles, 
ni menoscabar mi firme propósito de mirar por 
los derechos que asisten a la Santa Sede''. 

La oposición recibió con disgusto sus ma- 
- nif estaciones ; pero el Nuncio escribió a Claret, 
quien esperaba órdenes en Barcelona, que se 
dirigiera inmediatamente a Madrid. 

Y al saberlo, uno de los obispos, compa- 
decido, exclamó: 

— "¡Qué Dios le dé paciencia para sufrir 
los sinsabores!" 



Cuando el Padre Claret llegó al Palacio 
Real de El Pardo, donde reyes y príncipes lle- 
vaban todavía una agradable vida de halagos, 
rodeados de cortesanos adictos y bosques mag- 
níficos, fué recibido jubilosamente. 

Pero allí cerca, en la capital, el panorama 
era otro. Recorrían las calles grupos populares 
dando gritos hostiles no sólo a la Iglesia, sino 
también a la monarquía. Habían llevado tam- 
bién el incendio a las iglesias y el saqueo a los 
conventos, y se decía que la Reina no volvería 
a pisar Madrid. 



• 231 



Era éste el principio de la guerra civil. Los 
liberales, que habían tenido en sus manos las 
riendas del poder, molestados por las manifes- 
taciones conciliadoras de la Reina hacia el Pa- 
pado, venían provocando ese descontento, con 
su prensa exaltada, sus oradores de barricada 
y sus agitadores de bajas ambiciones. Sus ata- 
ques más fuertes eran dirigidos lógicamente 
contra el Confesor real, cuya presencia era con- 
siderada por ellos, como el precio de la casi 
retractación de la Soberana. 

De ahí también que dos veces seguidas, 
durante esos días, se atentara contra su vida. 
La primera vez, en el Hospital de Monserrat, 
donde un supuesto enfermo, por un milagro no 
pudo llevar a cabo el acto fatal. El segundo in- 
tento debió ser realizado en una iglesia, cuan- 
do el criminal se arrepintió instantes antes de 
cometer el crimen. 

Y el Santo, a modo de comentario, sólo 
dijo entonces :* 

— "Bendito sea Dios que me brinda el 
cáliz de la pasión de Jesucristo !" 



Su serenidad no era alterada por aconteci- 
miento alguno. Sabía que querían su muerte, y 
escribía: 

— "De un tiempo a esta parte soy muy per- 
seguido y calumniado", pero gracias a Dios 
por ahora voy llevando bien la prueba. 



232 • 



No se quejaba del mal que le hacían, más 
bien le agradaba, y hasta llegó a decir: 

— "Si ellos supieran el bien que me hacen, 
dejarían de calumniarme o perseguirme" . . . 

Asimismo, entre los que estaban con él, 
v muchos le pedían que se defendiera. El se ne- 
gaba a hacerlo, sosteniendo: 

— "Dios sabe mejor que yo los males que 
para mi bien espiritual debo sufrir. Si yo hu- 
biera pedido una cruz no hubiera acertado a 
pedirle la que necesito". 

¿Qué se podía responder a esa fe y a esa 
conformidad? 

Pero en algún momento comprendió que 
debía renunciar a su cargo en El Escorial. 

Todos pensaron que, a pesar de su pacien- 
cia, la saña con que lo perseguían debía serle 
ya intolerable y aprobaron su decisión. 

Veían que esa vida de apretados sufri- 
mientos lo iba envejeciendo. Hasta su salud y 
su resistencia física se quebraban. 

— "¡ Con qué gusto moriría si Dios me lo 
permitiera!" exclamaba ahora. 

Y escribiendo al Rmo. P. Xifré para anun- 
ciarle que había estado muy enfermo, agre- 
gaba: 

— "Pero ya estoy bien, frustradas mis es- 
peranzas de muerte próxima!" 

Era éste todavía un descenso maravilloso 
de dulzura, de paciencia, de resignación, de 

• 233 



mansedumbre, de santidad. Seguía aceptando 
los oprobios como gracias. Ninguno colmaba 
para él la medida. Y cuando en un momento el 
Padre Clotet, indignado, quiso tomar su defen- 
sa, lo hizo callar, diciendo: 

— "No hablen ustedes de esto, que yo sé lo 
que me conviene y lo que Dios exige de mí". 

La prensa católica sin embargo le ofreció 
sus columnas. Todos estaban de acuerdo en 
que debía defenderse, o en que dejara que se 
le defendiera, y él, para terminar, dijo al Rmo. 
Xifré: 

— "Recuerde usted que este es el patrimo- 
nio que nos ha dejado Jesucristo y que ésta es 
la paga que nos da el mundo", diciendo siem- 
pre: "In silentio et spe erit fortitudo vestra..." 

Su posición no fué nunca otra. 

— "Cuando nos hacen una injuria — decía — 
primero la hacen a Dios... ¿Por qué no la 
sufriré y no la perdonaré yo, vil gusano y mi- 
serable pecador?" . . . 



Fué con los reyes a Segovia, luego a Cas- 
tilla, después a Andalucía. Para la Reina el 
viaje tenía algo de marcha triunfal. Los pue- 
blos la aclamaban. Quizá estaban agradecidos 
a su presencia, a la que era una desacostumbra- 
da presencia. Y la vivaban, a veces, hasta en la 
iglesia. De ahí que él tuviera que hacer callar a 
los entusiasmados pueblos, que perdían el con- 
trol y tuvo que decirles que en el templo de 



234 



Dios inmortal, no se ciaban vivas a ningún 
mortal. Y el acto y la reprimenda se repitieron 
en Asturias algunas veces, luego en Yillafran- 
ca del Yierzo y en Badajoz. 

Parecían, en verdad, días sin inquietudes. 
Pero él veía en aquel momento de esplendor 
sólo una tregua, un pretexto, acaso una prepa- 
ración, y le decía a su primo Magín Claret, jo- 
yero en uno de los pueblillos asturianos : 

— "Magín, este entusiasmo y este recibi- 
miento tan inusitados me recuerdan demasiado 
exactamente la diferencia que hubo en Jerusa- 
len, entre el Domingo de Ramos y el Viernes 
Santo." 

Y añadía: 

— "Isabel tiene demasiados enemigos"... 



Por las poblaciones parecía que pasaba 
también una hora fervorosa. Quizá fuera su pa- 
labra, la que los llenaba de fe y de piedad. Pro- 
nunciaba discursos y sermones en todos los 
pueblos, y en las iglesias, en los conventos, en 
las plazas, y a veces, al detenerse el tren en 
las estaciones del ferrocarril. Valencia entera 
lo proclamó santo y mártir. En la ciudad de 
Alicante se solicitó a la Reina para que dejara 
al Arzobispo, a fin de que les hiciera unos días 
de misiones. Se dijo que en muchos conventos 
lo contemplaban como si hubiera bajado del 
cielo. Se dejaba escrita constancia de su visita, 
y se hablaba "de aquella persona tan venera- 



• 235 



ble, con su rostro como de santo, y sus pala- 
bras como del cielo". . . En León los diarios es- 
cribieron sobre "el ilustre apóstol que la Pro- 
videncia ha suscitado en estos tiempos tan ca- 
lamitosos" . . . 

"Es un santo — afirmaban — un inspirado 
del Señor... Es un verdadero prodigio de la 
Omnipotencia". Y añadían: Mucho nos edifi- 
caban sus obras, mucho nos sorprendía lo que 
se decía de sus misiones, pero lo que hemos oído, 
lo que hemos visto en dos días que hemos te- 
nido la dicha de tenerlo con nosotros, excede 
a todo lo que habíamos podido imaginar. 

Era ya todo como antes. Lo vieron entre 
resplandores. Los fieles sollozaban en las igle- 
sias al escucharlo. Se arrodillaban en la calle a 
su paso. 

"Conozco que Dios quiere que predique, 
decía, pues me hallo tan tranquilo, tan descansa- 
do y con tantas fuerzas como si nada hubiera 
hecho". . . y agregaba: "El Señor lo ha hecho 
todo. Bendito sea para siempre". 

Y en ese tono, pronunció en aquellos cua- 
renta y ocho días de viaje, doscientos cinco ser- 
mones . . . 



Era un dulce reconocimiento. ¿Cómo no 
sentirlo después de tantas persecusiones ? Los 
Dominicos de Ocaña, por ejemplo, escribían en 
su libro de visitas, que "habían besado el anillo 
de un santo". Los Hijos de San Vicente de 



236 • 



Paul guardaron para siempre el recuerdo de 
una medalla suya. En el Beaterío de San José 
se va a conservar religiosamente el alba con 
que dijo la misa, y se tendrá como reliquia. Las 
Hermanas de la Caridad harán unas mangas 
para comulgar con un balandrán suyo. Y las 
monjas de la Visitación imprimirán una hoja 
diciendo: "Este santo pastor es una de las gran- 
des almas que la Divina Providencia envía de 
tiempo en tiempo, según las necesidades de su 
esposa, la Santa Iglesia". 

Juzgaba así la Iglesia al que fuera el hom- 
bre más perseguido — como se dijera — del siglo 
XIX r Pero, había sido así siempre, y antes ya el 
Padre Sala, escribía: 

— "Yo no acabo de admirar este portento 
de gracia, y de bendecir al Señor que en su mi- 
sericordia me concede este don precioso, y de 
confundirme con lo que aprovecho con tan buen 
maestro". 



¡ Cuántos consideraban al Santo fuera de la 
tierra! Y, sin embargo, cuando la revolución 
preparada por Espartero, se hizo inminente, 
él, que había salido del horror de Madrid, y 
que era el blanco de los odios del pueblo oposi- 
tor, le dijo a la Reina con toda energía, como lo 
oyó el Padre Puig: 

— "Señora, vamos a Madrid, que la revolu- 
ción va a estallar". 

Pero la Reina no comprendía. Tal vez no 



• 237 



quería creer. Era una mujer inconsciente, y ha- 
blaba de los baños que tenía que tomar por in- 
dicación médica. El Arzobispo le habló enton- 
ces, no como a una reina, sino con la severidad 
con que se debe detener al que por estupidez va 
a cometer un irreparable error. Le dijo que lo 
secundario no podía anteponerse a lo principal. 

Pero los que formaban todavía su corte, 
callaban temiendo encontrarse en más compro- 
metida y grave situación. Y mientras ella se- 
guía invocando zonzas excusas, sus ministros, 
sus amigos, guardaban silencio. "Si Su Majes- 
tad fuera una muñeca — dijo Antonio Claret — 
me la pondría en el bolsillo y echaría a co- 
rrer a Madrid para salvar a España de la Re- 
volución". Pero no fué escuchado. Todas las 
actitudes eran circunspectas. Estaba rodeado 
de personas prudentes, y unos días después, 
aquel reinado había terminado. 

Sus ejércitos habían perdido la batalla de 
Alcolea, y la Junta Revolucionaria dictó la des- 
titución de la Reina. 

Posiblemente aquella actitud que aconse- 
jara el Padre Claret no hubiera contenido el 
movimiento. Pero sí habría hecho caer a la Rei- 
na con grandeza. Y ahora emprendía el destie- 
rro. 

Al pasar por la frontera algunos oficiales 
todavía presentaron armas. Ese fué el último 
homenaje que recibió. Pasó llorando... Prác- 
ticamente no tenía subditos, tampoco tenía 
amigos, ni siquiera cortesanos, y España pa- 



238 • 



saba a ser un sueño; y en el coche con los reyes 
y los príncipes, iba al destierro también el 
Santo. 



Hasta París llegó la saña de los políti- 
cos españoles; hasta allí persiguieron al Santo 
con sus calumnias y sus infamias. La prensa es- 
taba plagada de mentiras y se le enviaba per- 
manentemente una correspondencia insultan- 
te. Y todavía no conformes con esto lo acusa- 
ron ante los tribunales, diciendo que habían 
desaparecido joyas en El Escorial 

Los Reyes, indignados quisieron tomar su 
defensa, y hubo que hablarle de ese asunto. 

¿Tendría que defenderse?. . . 



Algunos años antes, él había tenido un 
sueño. Se vió preso por una cosa de la que era 
inocente. Y decía ahora al relatarlo: 

— "Yo no dije nada, pensando que era un 
regalo que me hacía el cielo, que me trataba 
como a Jesús" . . . 

Y explicaba: 

— "Y me callé como Jesús; y todos mis 
amigos me abandonaron, como a Jesús". 

Sin embargo en el sueño también, uno lo 
había querido defender, como Pedro a Jesús v 
a éste él le había dicho: 

• 239 



— "¿Tú no quieres que yo beba el cáliz que 
me ha enviado mi padre?". . . 



Era difícil, pues, defenderlo. El no lo ad- 
mitía. Sin embargo, ahora, cuando se le acusó 
infamemente de ese robo de joyas, González de 
Mendoza, que era Vice-Presidente de El Esco- 
rial en el momento en que él era presidente, 
sin atender sus protestas, tomó su defensa, y 
mostró a los acusadores, dónde estaban las jo- 
yas, guardadas desde hacía nueve años, sin que 
nadie las hubiera tocado, con sus cajas cubier- 
tas por el polvo de nueve años. 

Si todo aquello tuvo por objeto despresti- 
giarlo, quizás en algunos creó dudas; pero los 
que se proponían principalmente mortificarlo 
perdieron su tiempo. 

— "Procuraré la paz interior — decía el 
Santo — sin enfadarme ni disgustarme por cosa 
alguna de este mundo". . . 



El estaba fuera de la batahola infernal y 
exclamaba: 

¡Hace doce años que no paso un invierno 
más feliz! 

Era feliz en aquel retorno a la pobreza, vi- 
viendo de caridad en los conventos, escribiendo 
las Constituciones de la Congregación de 
Hijos del Inmaculado Corazón de María, 



240 



pronunciando conferencias para arbitrar re- 
cursos para los otros exilados... 



En algún momento surgió entre los espa- 
ñoles la idea de intentar la recuperación del 
trono y se pensó en el Principe de Asturias. 
En cuanto el Santo se enteró del proyecto, re- 
solvió alejarse de París, e instalarse en Per- 
pignán o en Prades, para mantenerse ajeno a 
las conversaciones, e ignorar lo que se pensa- 
ra, o dijese. Personalmente, sin embargo, él pre- 
fería que la Reina delegara sus poderes en el 
Príncipe, porque ese acto le devolvería su li- 
bertad. 

Pero el movimiento seguía sin resolverse, 
y él decidió entonces partir para Roma, dis- 
puesto a no volver. 

Un tiempo después, la Reina pedía al Nun- 
cio su intervención para que se le enviara a su 
Confesor, pero sin conseguirlo. 

El se había instalado en el convento de 
San Adrián, y allí alternaba sus ocupaciones 
de escritor con sus tareas de lego, y llevaba vi- 
da de extrema pobreza, satisfecho de aquellas 
privaciones y trabajos que lo ayudaban a per- 
feccionarse, aunque tantas penalidades, la fal- 
ta de fuego en aquel invierno frío, el excesivo 
trabajo, iban venciendo su cuerpo. 



Con todo, su presencia tan oscura, tan ca- 

• 241 



liada, no pasaba desapercibida, y Pío IX lo 
recibió, diciéndole: 

" — Sé las calumnias y maldades que se han 
dicho contra usted. Yo he leído todo". Y lo 
animó citando autoridades de las Escrituras y 
dándole razones muy poderosas para conso- 
larse. 

Y fué en esa entrevista cuando el Santo 
anunció al Papa la entrada de los piamonteses 
en Roma, diciéndole que le había sido revelada 
por Dios. 



Una vez más había estado en comunica- 
ción con el cielo. Porque era como una vida vi- 
vida entre el cielo y la tierra. 

— "Dios nos ve. . . — decía. Dios está pre- 
sente". 

Y muchos asistieron a sus éxtasis y com- 
prendieron que el Santo estaba ante la presen- 
cia divina . . . 



Estaba ya enfermo y sabía próximo su fin 
cuando asistió al Concilio de la Basílica de San 
Pedro. Llegaba al término del alto camino, e 
impresionaba por su sencillez, por su humildad, 
por su recogimiento, por aquella actitud tan 
piadosa y suya de estar con los ojos bajos. 

Uno de los sacerdotes, el Padre Goyaz, 
que va a ser más tarde Arzobispo del Brasil, 
dirá entonces, que, cuando con un grupo de 



242 • 



clérigos, recibió la comunión de sus manos, las 
palabras que pronunciara estaban tan "llenas 
de celestial ambrosía y de ternura indecibles 
que agregaba: 

"Y juzgo inútil decir que para todos nos- 
otros aquella comunión fué la más fervorosa 
que llevamos hecha" . . . 

Pero ya estaba señalado su tiempo. Ya 
era considerado por todos, "verdadero mártir 
de la causa católica"; ya los Obispos españoles, 
allí en Roma, unánimemente defendieron su 
obra. Ya comenzaba el reconocimiento y se le 
llamaba el Sacerdote más edificante del Conci- 
lio. Se iniciaba la justicia con la decadencia fí- 
sica. Se empezaba a ver claro en él, casi al sa- 
ber que se alejaba. Ahora, sin hablar, llamaba 
la atención; sin palabras, era un guía. 



El mal que avanzaba en él, lo había deja- 
do con dificultad de palabra. Pero asimismo 
cuando se discutió un tema que le había intere- 
sado siempre: la virtud y la honestidad del cle- 
ro, dijo su opinión categórica, definitiva. 

Allí, en esa hora última fué aprobado tam- 
bién su proyecto de Catecismo Universal. Y el 
día que se trató de la infabilidad del Papa, en- 
fermo como estaba, subió las gradas y cerca 
de la muerte, defendió la posición dogmática 
con tanta energía y fervor, que impresionó a 
los congregados. "Esta es mi creencia y con 
toda ansia deseo que ésta mi fe sea la fe de 



• 243 



todos". "No temamos a los hombres que no 
tienen otro apoyo que la prudencia de este 
mundo, prudencia que a la verdad es enemiga 
de Dios". Y recordó a todos las palabras de 
Jesucristo a Santa Teresa, y de cómo existen 
los que no quieren entenderlas, porque no quie- 
ren obrar bien. 

Y luego de su discurso, los Obispos impre- 
sionados hablaron del Santo y lo comparaban 
a Pafnucio y a Potamón, diciendo "Verdadera- 
mente, Monseñor es un confesor de la fe". 



Después, próximo su fin, resolvió ir a Pra- 
des, para quedarse con sus Misioneros. Pero to- 
davía quiso llevar una vida corriente. Dió con- 
ferencias y clases a los novicios y estudiantes, a 
fin de prepararlos para la ciencia de la lucha 
interior, que él había poseído en tan alto grado, 
para enseñar a tonificar la voluntad, para exal- 
tar la esperanza y la devoción, y enseñar a amar 
a Dios y a la Virgen. Y en esos momentos sor- 
prendía a los nuevos con su fervor, con su ma- 
nera de decir la misa y de pronunciar el nom- 
bre de María. 

Y aun allí escribía. 

En los meses que permaneciera en Roma 
había publicado un "Triduo a María Santísi- 
ma, en desagravio'', una "Vida de San Pedro 
Nolasco", una obra sobre "La devoción de San 
José", "La refutación a Renán o la Divinidad 
de Jesucristo", y una pequeña obra titulada 



244 • 



"Las dos banderas", y ahora, en Prades, ter- 
minaba su último trabajo: "Libro de vida". 



A pesar de su decadencia física, él era 
quien daba ánimo a los Misioneros persegui- 
dos: Y les decía: 

"Cuando considero que Dios es tan sabio, 
bueno y poderoso que aun de las cosas malas 
saca bienes, espero que la Congregación saca- 
rá un gran bien de estas tribulaciones''. 

Creía firmemente que la persecusión que 
venían soportando desde hacía veinte años no 
debía ser para extinguirse, sino que la sufrían 
para que, perseguidos se hicieran más per- 
fectos y dieran más frutos, y que la Congrega- 
ción seguiría el destino que se había planeado 
en sus comienzos. 

Y entonces fundaron dos filiales: una en 
Africa y otra en Chile, y él mismo llegará a 
saber de once casas, aunque es probable que 
vislumbrara ya, o que ya supiera de las dos- 
cientas que son ahora y de sus cuarenta cole- 
gios, y de las que se seguirán fundando en esa 
obra lenta y fuerte, bella y grande, de una evan- 
gelización sin límites geográficos, para la que 
no existen obstáculos y para la que no se mi- 
den sacrificios. 



Un día, uno de aquellos últimos días, lla- 
mó al Padre Clotet y le dijo: 



• 245 



— Me moriré pronto. 

— "Este librito que estoy escribiendo será 
el último" y dió a propósito de él, las instruccio- 
nes necesarias. Empezaba asi ya la despedida. 
Era el alejamiento lógico, suave, lento. Los 
que estaban con él no querían entender esas 
palabras; tan dolorosas eran; sin embargo, en 
algún momento, ante tantas explicaciones, el 
Padre Clotet, traspasado de pena, debió decir: 

— Pero, Excelentísimo Señor, ; tan pronto 
hemos de perderlo?. . . 

Presidió asimismo una distribución de pre- 
mios del Colegio, en un acto íntimo y extraor- 
dinario por aquella presencia ya casi transfor- 
mada. Porque a su alrededor todo iba tomando 
ahora como un tono de oración, de lejanía que 
empezara, de hora de serenidad, como ésa en 
que la luz de un día esplendoroso empieza a 
irse. 

Y en aquellos momentos de placidez y de- 
solación de la última paz, llegó la noticia de 
que las autoridades francesas, ahora de acuer- 
do con las españolas, a pedido de éstas, iban a 
prenderlo. Pretextaban para ello que reunía ar- 
mas y que conspiraba. 

Los del convento, sin decirle aún lo que 
sucedía, vieron que había que sacarlo de allí 
y le prepararon otro asilo. La noche fué para 
todos tristísima. Pero él no protestó, sólo dijo: 

—"¡Bendito sea Dios!". 

Y salió de madrugada con el Padre Supe- 



246 • 



rior, apenas unas horas antes de llegar la po- 
licía. 

— ¿Dónde está Monseñor? fué la pregun- 
ta. El interrogatorio resultó esta vez inútil. Di- 
jeron que se había ido. 

Pero aquéllos insistieron, volviendo al 
convento. Y entonces hubo que decir que esta- 
ba en Fontfroide. 



La persecusión quiso hacerse también en 
Fontfroide, y él entonces habló de volver a 
Roma, a fin de no quedarse "como uno que se 
esconde de la Justicia"... Pero ni el Padre 
Xifré, ni los monjes de Fontfroide admitie- 
ron que se fuese. 

Es:aba así en un monasterio del siglo XI, 
olvidado de los hombres y mitad en ruinas, 
donde once monjes cistercienses cumplían re- 
glas semejantes a las de San Benito. 

Estos, impresionados con su situación, con 
aquel. a decadencia física y aquella brutal per- 
secusión, buscaban palabras y atenciones que 
lo consolaran. Pero él tranquilizó sus espíritus 
diciendo que no necesitaba de consuelos, por- 
que toda su vida había deseado acabar sus días 
en un hospital o en un monasterio. 

Y así iba a ser. 



El mal iba agravándose por días. Ya, a 
veces casi no se entendía lo que hablaba. Y a 



• 247 



su pedido se le dieron los últimos Sacramentos. 
Su mirada era tranquila y de comprensión y 
preparó su alma sonriente. 

Los médicos, alarmados, previnieron a los 
monjes, aunque para él pronunciaron las natu- 
rales palabras alentadoras. No sabían que él 
quería morir. Pero como dijo el Padre Clotet, 
todo se iba haciendo según su deseo; así los 
sinsabores, las penas, el martirio, y ahora esta 
muerte. 

El quería que llegara la hora, y el mé- 
dico le dijo entonces que no debía desear la 
muerte. 

— "Es pecado desearla". 
Pero el Santo incorporándose en un gran 
esfuerzo, respondió a esto con autoridad: 
Cupio dissolvi et esse cum Christd". 

Y ya ninguno volvió a hablarle de vivir. 



Se sucedieron diez días cada vez más peno- 
sos. Y una noche quedó entre la vida y la 
muerte. 

Clotet, que había tenido que irse, fué lla- 
mado de urgencia. Sus misioneros rezaban ya 
permanentemente en su capilla, allá en Pra- 
des. Y él temía llegar tarde. 

¿Vive todavía Monseñor?... Venía an- 
gustiado. Y supo que aun vivía. Ansiosamente 
subió la larga escalera de piedra, abrió aque- 
llas grandes portadas de cristales, pasó apo- 
sentos, y en la última puerta, encontró un car- 



248 • 



tel que prohibía la entrada. Pero el Superior 
lo hizo pasar. El enfermo, su enfermo, divaga- 
ba y hablaba de ir a Gerona y no lo conoció. 

Tenía horas de inconsciencia y horas de 
agitación. El viajero veló toda la noche. Y di- 
jo de un silencio que no conociera. 

Fué una noche sin voces, sin pasos, sin 
viento, sin alas, sin un canto de gallo, sin un 
ladrido, sin un reloj. A aquella celda no llega- 
ba sino un imperceptible murmullo de la fuen- 
te del patio. 

Pero a las tres, antes del alba, una cam- 
pana llamó a los monjes. 

El que velaba comentó más adelante, con 
la voz cortada de emoción: En esa noche de 
calma y de oración el Padre Claret estaba ago- 
nizando. Iba muñéndose en aquellas soleda- 
des, entre aquellos santos". . . 



En un momento de lucidez reconoció al 
Padre Clotet; éste, que veneraba al Santo, le 
pidió de rodillas que rogara por él cuando es- 
tuviera en el cielo y que le pidiera a Dios que 
lo hiciera santo a él también. 

"Ya lo haré", fué la respuesta. 

Y un rato después recomenzaba el delirio, 
que a todos se hacía angustioso. Entonces al- 
guno de los monjes, queriendo hallar el mo- 
do de que callara, le hizo acordar cómo el Se- 
ñor había guardado silencio en la Cruz. Y pasó 
horas y horas sin hablar. 

• 249 



"La paz lo iba invadiendo", dijo Clotet. 

Oscurecía en un gran silencio, en una in- 
mensa quietud, y los monjes empezaron a can- 
tar las jaculatorias, que a veces él repetía, por- 
que de pronto dejaba de oir también. Tomó 
entonces los rosarios y los besó, y se le dió a 
Clotet, diciendo: 

"Toma mis rosarios, consérvalos"... 



En un momento el Padre Benoit, uno de 
los monjes, pidió a Dios morir en su lugar. Y 
fué emocionante para todos, aquel deseo, aquel 
ruego. 

Pero, durante las alternativas y los desve- 
los, frente a aquellos espíritus tan llenos de 
piedad y de grandeza, la miseria de los hom- 
bres del mundo hacía que la prensa francesa y 
la prensa española, con aquella misma política 
de bajezas que habían usado antes, siguieran 
sus ataques. Y hasta se volvió a decir de pren- 
derlo. 

— Canallas ¡exclamó el médico! indig- 
nado. Yo soy responsable de su vida y no per- 
mitiré que entren. Y con iguales términos ya 
se había pronunciado también el Padre Clo- 
tet, proponiéndose servirle de escudo. 

Pero no se animaron a presentarse. 



Mientras de aquél hablaban y escribían y 
decían de proceder así, él ya estaba lejos. Sola- 



250 • 



mente hablaba de la Pasión. Casi no entendía 
otro lenguaje. Estaba en los versículos de los 
Salmos. No se le oían sino expresiones de la 
Biblia. Y con el crucifijo en las manos o en 
los labios, seguía con una paz y alegría inde- 
cibles. 

Tres monjes blancos lo rodeaban perma- 
nentemente, atendiéndolo y confortándolo, y 
dijeron que a veces, como si bajara a la tierra, 
como si hablara un ángel, les decía con voz sua- 
vísima: Tened paciencia conmigo. 

Ellos volvían a las jaculatorias, y viendo 
llegaba el término, el que tanto sufría con esa 
muerte, le dijo: "V, E. quiere morir con Jesu- 
cristo y con él morirá". Entonces el Santo que 
parecía ya no oír, respondió: "Diga esto. Dí- 
galo. . . Con él morirá". . . 



El 24 de octubre de 1870 amanecía en 
Fontfroide con la claridad, rara allí y deslum- 
bradora, de la aurora boreal. Y dijeron que era 
como si el cielo se abriera para recibirlo, y pen- 
saron en aquel carro de fuego en el que Elias 
había sido arrancado a la tierra. 

Pero adentro, en la celda no había llegado 
la hora, y los monjes blancos seguían cantando 
las jaculatorias de la muerte. 

Por instantes el pulso se hacía débil. 

Pero aún no se sabía nada en la Abadía, 
hasta que una campana tocó sola la hora del 
tránsito. 



251 



Y ella fué oída hasta casi en los horizontes, 
hasta en los lejanos conventos, hasta por los 
oídos ignorantes e incrédulos. 



Desde aquel momento las oraciones se- 
guían rezándose en la cámara, entre velas que 
lloraban cera, y fueron así tres días con la 
muerte presente, y en ningún momento deja- 
ron de rogar los monjes y los Hermanos, por 
quien se iba limpio de corazón, porque llegó al 
último límite sin pecados, sin apartarse de su 
alto camino. ¡ Bienaventurado tú que has creí- 
do, y has amado a Dios y le has servido, y se- 
renamente esperas su juicio! 

Con cuidado embalsamaron entonces su 
cuerpo, flexible todavía y como si tuviera vida, 
y así flexible siempre, llegado el tiempo, fué 
colocado en su ataúd. 

Después, en la Abadía, frente a su túmu- 
lo, cantaron los funerales aquellos once mon- 
jes y los que habían ido de lejos a despedirlo 
y un pájaro que nunca se había visto antes, y 
que acompañó el tono del coro y calló cada 
vez que cantaba el celebrante, y voló y no se 
vió más, apenas terminó la ceremonia. 

Y después fué llevado a la fosa común. 
Porque le fué negado todo otro lugar, y tam- 
bién que fuera enterrado entre aquellos muros, 
como se había pedido. 

Llegó así la malicia hasta manifestarse 



252 • 



en esos actos. Por eso los monjes, en desagra- 
vio, doblando las rodillas besaron el suelo de 
su cámara y derramaron lágrimas de venera- 
ción, y uno de ellos escribió en su lápida: Mu- 
rió en el destierro porque amó la justicia. 

Pero pudieron decir también: 

— u Tú le has colmado Señor", por el goce 
que debió recibir con ese último desprecio, con 
la venganza de los enemigos de Dios. 

Después los Misioneros retornaron sin 
consuelo doblados por la pena y junto a ellos, 
el Padre Clotet, que era su discípulo y que 
amaba al Santo como Juan a Jesús. Y será él 
quién escriba el primero su vida espiritual con 
estos últimos recuerdos, y él, quien concentre 
entonces en una sola frase, su inmensa orfan- 
dad: 

— En esta tumba se me ha quedado en- 
terrado el corazón. 



• 253 



OBRAS DE LA AUTORA: 



1931. -MIS CUARTOS DE HORA. - (Inédita). 

1934. -A MEDIA VOZ. (Editorial Alfar). - Premiada 
por el Ministerio de Instrucción Pública del 
Uruguay. 

1938. -ENTRE LINEAS. - Premiada por el Ministerio 
de Instrucción Pública del Uruguay. 

1 940.- CRISTALIZACIONES. - Premio de Honor en 
el Concurso de la Biblioteca de Matanzas. Cuba. 

1943. -REYLES (Biblioteca de Cultura Uruguaya). 
Premiada por el Ministerio de Instrucción Pú- 
blica del Uruguay. 

1944. - ANTOLOGIA DE POETAS ARMENIOS. - 
(Aprobada y editada por el Centro de Estudios 
Armenios del Uruguay). 

1948. -VARELA, EL REFORMADOR. - (Segundo Pre- 
mio en el Concurso de Biografías de José Pe- 
dro Várela. 1946. Dirección de Instrucción Pri- 
maria y Normal). 

1 948.- CONTRALUZ. - Premiada por el Ministerio 
de Instrucción Pública del Uruguay. 



En preparación: "DEL ESPIRITU DE PAZ" 



Este libro se terminó de impri- 
mir el dieciséis de julio de mil 
novecientos cincuenta y cinco, 
centésimo sexto aniversario de 
la Congregación Claretiana, en 
los talleres gráficos de Manuel 
Iglesias, Avenida Agraciada 
mil novecientos veinte y tres. 



I. O. D. G 



V 



DATE DUE 





-7 







































































































































Demco. Inc. 38-293